En 1983, un joven zoólogo pasó semanas enteras siguiendo por radio la señal de un jaguar hembra en pleno corazón de la selva beliceña, durmiendo en un campamento improvisado, esquivando serpientes y sufriendo la humedad asfixiante de la cuenca. Lo que descubrió cambió la historia de la conservación en América: esa porción de selva escondida al pie de una sierra con forma de cresta de gallo tenía, hectárea por hectárea, más jaguares que casi cualquier otro lugar del continente. Así nació, casi por accidente, la primera reserva del mundo creada específicamente para proteger al jaguar. El nombre de Cockscomb proviene del inglés y significa, literalmente, 'cresta de gallo'. Hace referencia a la silueta de la cadena montañosa que domina la cuenca: la Cockscomb Range, un cordón de las montañas Maya cuyos picos dentados, vistos desde cierta distancia, recuerdan la cresta serrada que corona la cabeza de un gallo. Esa imagen evocadora bautizó toda la región: la cuenca (basin) que se abre al pie de esas montañas pasó a llamarse Cockscomb Basin.
La cuenca es, geográficamente, una gran depresión rodeada de montañas, drenada por ríos como el South Stann Creek, que recogen las abundantes lluvias de las laderas selváticas. En su interior se alza el Victoria Peak, una de las cumbres más altas de Belice, con su forma de pirámide inconfundible. Todo el conjunto —montañas dentadas, selva densa y cuenca fluvial— forma uno de los paisajes más imponentes del país.
El topónimo en inglés es coherente con la historia colonial de Belice, que fue la Honduras Británica hasta su independencia en 1981. Buena parte de los nombres geográficos del país combinan el inglés colonial con raíces mayas y, en la costa, con el legado garífuna, reflejo del mosaico cultural que caracteriza a Belice.
Mucho antes de que existieran reservas o estudios de fauna, la cuenca de Cockscomb y sus alrededores formaban parte del vasto territorio del mundo maya. Las montañas Maya y sus estribaciones estuvieron habitadas y transitadas por poblaciones mayas durante siglos, y en distintos puntos de la región del sur de Belice se han documentado vestigios arqueológicos —montículos, terrazas, restos cerámicos— que dan testimonio de esa ocupación antigua.
La selva tropical de la cuenca ofrecía recursos abundantes: caza, pesca en sus ríos, plantas medicinales y alimenticias, y materias primas del bosque. Para los mayas, este entorno no era un espacio 'vacío', sino un territorio conocido y aprovechado, integrado a las redes de asentamientos y caminos que conectaban las tierras altas con la costa caribeña.
Esa raíz maya sigue viva en la región. Las comunidades mayas mopán y kekchí que hoy habitan el sur de Belice, incluida la aldea de Maya Centre a la entrada de la reserva, son herederas de esa larga presencia. El vínculo entre los pueblos mayas actuales y la cuenca de Cockscomb se volvería central, siglos más tarde, en la propia creación y gestión del santuario.
Durante los siglos de dominio británico, la economía de la colonia conocida como Honduras Británica giró en buena medida en torno a la explotación de los bosques. Primero fue el palo de tinte (logwood), usado para teñir telas en Europa, y luego, sobre todo, la caoba (mahogany), una madera fina y codiciada que se convirtió en el gran motor económico de la colonia y que incluso figura en el escudo nacional de Belice.
La cuenca de Cockscomb no quedó al margen de esa actividad. Sus selvas, ricas en árboles maderables, fueron objeto de extracción: se abrieron caminos para sacar la madera y se establecieron campamentos madereros en distintos puntos de la región. Esta explotación dejó huellas en el paisaje y modificó parcialmente el bosque, aunque buena parte de la selva conservó su densidad y su fauna.
A mediados del siglo XX, la región sufrió también el impacto de los huracanes —Belice está en el corredor de las tormentas del Caribe—, que derribaron grandes extensiones de bosque. La combinación de tala y fenómenos naturales reconfiguró la cuenca, pero su relativa inaccesibilidad y la riqueza de su selva permitieron que la fauna —y en especial el jaguar— mantuviera poblaciones notables. Esa abundancia, ignorada durante mucho tiempo, sería el descubrimiento que cambiaría el destino de la cuenca.
El acontecimiento que cambió para siempre el destino de la cuenca de Cockscomb ocurrió a comienzos de la década de 1980, cuando el joven zoólogo estadounidense Alan Rabinowitz llegó a Belice enviado por la Wildlife Conservation Society (entonces vinculada a la Sociedad Zoológica de Nueva York). Su misión: estudiar al jaguar, el mayor felino de América, del que se sabía muy poco en estado salvaje.
Rabinowitz se instaló en la cuenca de Cockscomb y llevó adelante el primer gran estudio de campo del mundo sobre jaguares, capturando ejemplares y colocándoles radiocollares para seguir sus movimientos. El trabajo fue durísimo —vivió en condiciones extremas, sufrió accidentes y enfrentó la dificultad de rastrear a un animal nocturno y esquivo en plena selva—, pero los resultados fueron asombrosos: la cuenca albergaba una de las mayores densidades de jaguares conocidas en el continente.
Convencido de que ese tesoro debía protegerse, Rabinowitz hizo campaña ante el gobierno de Belice para crear una reserva. Su insistencia dio fruto: la cuenca de Cockscomb se transformaría en el primer santuario del mundo dedicado específicamente a la conservación del jaguar. Rabinowitz contó esta epopeya en su libro 'Jaguar', se convirtió en una figura mundial de la conservación felina y más tarde fundó la organización Panthera. Su trabajo en Cockscomb es uno de los grandes hitos de la conservación moderna en América Latina.
Gracias a los hallazgos de Rabinowitz y a la voluntad del gobierno beliceño, la cuenca de Cockscomb pasó a estar protegida. En 1984 se declaró una reserva forestal en la zona, y en 1986 se creó formalmente el santuario de vida silvestre, con el objetivo explícito de proteger al jaguar y su hábitat. En 1990, el área protegida se amplió de manera significativa hasta abarcar las decenas de miles de hectáreas que tiene hoy, consolidando a Cockscomb como la primera reserva del mundo establecida específicamente para la conservación del jaguar.
La creación de la reserva planteó un desafío social: dentro de la cuenca vivían familias mayas. La solución fue reubicarlas en una nueva aldea a la entrada del área protegida —Maya Centre—, e integrar a la comunidad en la gestión del santuario. Lejos de ser excluida, la población maya pasó a administrar la entrada, mantener los senderos y trabajar como guías, en un modelo de conservación con participación comunitaria que se volvió ejemplar.
La gestión del santuario quedó en manos de la Belize Audubon Society, una de las principales organizaciones conservacionistas del país, que administra varias áreas protegidas de Belice por acuerdo con el gobierno. Bajo este esquema, Cockscomb se convirtió en un emblema de la política ambiental beliceña, que ha logrado proteger un porcentaje notable de su territorio terrestre y marino, ganándose un prestigio internacional en materia de conservación.
Hoy la Cockscomb Basin Wildlife Sanctuary es uno de los íconos de la conservación en Centroamérica y un destino imprescindible para quienes buscan la naturaleza más profunda de Belice. Más allá del jaguar —que sigue siendo su símbolo, aunque rara vez se deja ver—, la reserva protege a las cinco especies de felinos del país, al tapir (animal nacional), a pecaríes, monos aulladores y a más de 300 especies de aves, en un ecosistema de selva tropical húmeda de enorme valor.
El santuario funciona como un modelo de turismo responsable y de base comunitaria. La red de senderos señalizados permite recorrer la selva y bañarse en sus ríos sin grandes infraestructuras invasivas, y la comunidad de Maya Centre sigue siendo protagonista, administrando el acceso, aportando guías expertos y ofreciendo artesanías y hospedaje. Pernoctar en sus cabañas o camping permite vivir la selva al amanecer y de noche, los mejores momentos para la fauna.
La reserva también es la puerta de acceso al Victoria Peak, una de las cumbres más altas de Belice, declarada monumento natural, que atrae a excursionistas dispuestos a una travesía exigente de varios días. Frente a las amenazas globales que pesan sobre el jaguar —la pérdida de hábitat y la fragmentación de sus territorios—, Cockscomb sigue siendo un eslabón clave de los corredores biológicos que buscan conectar las poblaciones de felinos a lo largo del continente, manteniendo viva la visión que, hace cuatro décadas, hizo de esta cuenca el primer reino protegido del jaguar.