Para entender Waterloo hay que remontarse a 1814. Tras más de una década de guerras que habían ensangrentado toda Europa, las potencias coaligadas (Reino Unido, Rusia, Austria, Prusia y otras) habían derrotado finalmente a Napoleón Bonaparte, lo habían obligado a abdicar y lo habían desterrado a la pequeña isla de Elba, frente a la costa italiana, dejándole un simbólico título de soberano de la isla. En Francia se restauró la monarquía de los Borbones con Luis XVIII. Parecía el fin de la era napoleónica.
Pero Napoleón no se resignó. El 26 de febrero de 1815 escapó de Elba, desembarcó en el sur de Francia con un puñado de fieles y emprendió una marcha triunfal hacia París. Los soldados enviados a detenerlo se pasaban a su bando al verlo; el mito napoleónico seguía intacto. El 20 de marzo entró en París sin disparar un tiro, mientras Luis XVIII huía. Comenzaba así el episodio conocido como los Cien Días, el efímero regreso de Napoleón al poder.
Las potencias reunidas en el Congreso de Viena reaccionaron de inmediato: declararon a Napoleón fuera de la ley y movilizaron sus ejércitos para acabar con él de una vez por todas. Napoleón sabía que su única oportunidad era golpear rápido, antes de que los enormes ejércitos aliados se concentraran. Decidió atacar a las dos fuerzas más cercanas, desplegadas en los actuales Bélgica: el ejército anglo-aliado del duque de Wellington y el ejército prusiano del mariscal Blücher, con la esperanza de derrotarlos por separado antes de que se unieran. El escenario de ese choque decisivo serían los campos al sur de Bruselas.
La ofensiva de Napoleón comenzó el 15 de junio de 1815, cuando su Ejército del Norte cruzó la frontera y entró en el actual territorio belga, buscando meterse entre las fuerzas de Wellington y las de Blücher para impedir que se unieran. El plan era audaz y clásicamente napoleónico: dividir para vencer.
El 16 de junio se libraron dos batallas simultáneas. En Ligny, Napoleón atacó al ejército prusiano de Blücher y lo derrotó, aunque no logró destruirlo: los prusianos se retiraron en orden, y el propio Blücher, ya septuagenario, estuvo a punto de morir bajo su caballo. Ese detalle sería crucial. A pocos kilómetros, en el cruce de caminos de Quatre-Bras, el mariscal Ney combatió contra las tropas de Wellington sin un resultado decisivo. Napoleón creyó que los prusianos quedaban fuera de combate y destacó a un tercio de su ejército, al mando del mariscal Grouchy, para perseguirlos y evitar que volvieran.
Fue un error de cálculo. En lugar de retirarse hacia el este (hacia sus líneas de suministro y lejos de Wellington), Blücher tomó la decisión que cambiaría la historia: replegarse hacia el norte, en paralelo a Wellington, con la promesa de acudir en su ayuda. Grouchy, con sus 30.000 hombres, perdió el contacto con los prusianos y quedó maniobrando lejos del combate principal. Mientras tanto, Wellington retrocedió y eligió cuidadosamente su posición defensiva en una loma cerca de la aldea de Mont-Saint-Jean, al sur de Waterloo, dispuesto a resistir el ataque de Napoleón si tenía la garantía de que Blücher acudiría. La tenía. El escenario para la batalla decisiva estaba montado.
El 18 de junio de 1815 amaneció con el terreno empapado por la lluvia torrencial de la noche anterior. Napoleón retrasó el inicio del ataque unas horas para dejar que el suelo se secara y poder maniobrar su artillería, una demora que, según muchos historiadores, resultaría fatal, porque dio tiempo a los prusianos a acercarse. Frente a frente se desplegaban unos 68.000 hombres de Napoleón y unos 68.000 de Wellington (una mezcla de británicos, holandeses, belgas, y tropas de Hannover, Nassau y Brunswick), a los que se sumarían decisivamente los prusianos.
El combate empezó cerca del mediodía con el ataque francés a la granja fortificada de Hougoumont, en el flanco derecho aliado, que se convirtió en una batalla dentro de la batalla: sus defensores resistieron todo el día pese a los feroces asaltos y el incendio de los edificios. En el centro, oleadas de infantería y las célebres cargas de caballería francesa, dirigidas por Ney, se estrellaron una y otra vez contra los cuadros de infantería británica, que aguantaron a un coste terrible. La granja de La Haye Sainte, en el centro, cayó tarde en manos francesas, poniendo en aprietos a Wellington.
Pero por el flanco derecho francés empezaron a aparecer, a media tarde, las columnas prusianas de Blücher, que habían marchado penosamente por caminos embarrados. Su llegada obligó a Napoleón a desviar tropas para contenerlos en torno al pueblo de Plancenoit. Hacia las siete de la tarde, Napoleón jugó su última carta: lanzó a la élite de su ejército, la Guardia Imperial, hasta entonces invicta, en un asalto final contra el centro aliado. Fue rechazada. El grito de '¡La Guardia retrocede!' recorrió las filas francesas y desató el pánico. Con los prusianos empujando por un flanco y Wellington ordenando el avance general, el ejército francés se desintegró en una desbandada caótica. Al caer la noche, Wellington y Blücher se encontraron sobre el campo cubierto de cadáveres: se calcula que la batalla dejó cerca de 50.000 muertos y heridos entre ambos bandos.
La derrota de Waterloo fue total y definitiva. Napoleón huyó de vuelta a París, donde intentó en vano conservar el poder. El 22 de junio de 1815, apenas cuatro días después de la batalla, abdicó por segunda vez. Esta vez no habría clemencia ni isla mediterránea: los aliados lo desterraron a Santa Elena, una remota y ventosa isla británica perdida en el Atlántico Sur, a miles de kilómetros de Europa, de la que sería imposible escapar. Allí, vigilado y aislado, escribió sus memorias y murió el 5 de mayo de 1821, a los 51 años. Con él terminaba una era.
Waterloo cerró el ciclo de las guerras napoleónicas y revolucionarias que habían asolado Europa durante casi un cuarto de siglo. El nuevo mapa y el nuevo equilibrio de poder los diseñó el Congreso de Viena, que buscó restaurar las monarquías y crear un sistema que evitara nuevas guerras a gran escala. Ese orden, con sus luces y sombras, garantizó a Europa un período de relativa paz entre las grandes potencias que se prolongaría, con excepciones, durante décadas. El Reino Unido emergió como potencia dominante, y Prusia reforzó su papel en Alemania.
El nombre de Waterloo entró en la leyenda. Para el mundo anglosajón, fue la gran victoria de Wellington, convertido en héroe nacional; en Francia, quedó como el símbolo glorioso y trágico del fin del sueño imperial. La expresión 'encontrar tu Waterloo' se universalizó como sinónimo de derrota definitiva. Sobre el campo de batalla se levantaron monumentos de todos los bandos y, entre 1823 y 1826, el colosal Montículo del León. Doscientos años después, con su moderno Memorial inaugurado para el bicentenario de 2015, Waterloo sigue atrayendo a visitantes de todo el mundo que quieren pisar los campos donde se decidió, en un solo día, el destino de Europa.