Tournai es una de las ciudades más antiguas de Bélgica, y su historia se remonta a la época romana. Con el nombre de Turnacum, fue un asentamiento a orillas del río Escalda (Escaut), en un punto donde la gran calzada romana que unía Colonia con Boulogne-sur-Mer —una de las arterias del noroeste del Imperio— cruzaba el río. Esa combinación de vía terrestre y vía fluvial hizo de Turnacum un enclave de comunicaciones y de comercio, y la ciudad prosperó bajo Roma como centro administrativo de la región.
Durante los siglos del dominio romano, Turnacum fue un municipio con sus edificios, sus talleres y su población galorromana, integrada en la provincia de la Galia Bélgica. Se han hallado restos y necrópolis de esa época que atestiguan su importancia. Cuando, en los siglos III y IV, las presiones de los pueblos germánicos y las crisis del Imperio sacudieron la frontera del Rin, Turnacum, como otras ciudades del norte de la Galia, se fortificó y se convirtió en un punto de defensa y en una base militar romana.
Fue precisamente en ese contexto de finales del Imperio, con los romanos cada vez más dependientes de pueblos germánicos aliados (foederati) para defender sus fronteras, cuando Tournai iba a vivir su hora más gloriosa. Porque en el siglo V, cuando el poder romano se desmoronaba en Occidente, la vieja Turnacum se convirtió en la capital de un pueblo que estaba a punto de cambiar la historia de Europa: los francos.
En el siglo V, mientras el Imperio romano de Occidente agonizaba, los francos salios —un pueblo germánico asentado en el norte de la Galia— tenían en Tournai el centro de su poder. Allí reinó Childerico I (muerto hacia 481/482), rey de los francos salios y figura clave de la naciente dinastía merovingia. Childerico fue a la vez un caudillo germánico y un aliado militar de los últimos romanos, un hombre a caballo entre dos mundos, y desde Tournai gobernó y combatió en una Galia en plena transformación.
Su hijo, nacido y criado en este entorno, fue Clodoveo I (Clovis), uno de los personajes fundamentales de la historia europea. Clodoveo unificó bajo su mando a los distintos reinos francos, extendió su dominio sobre buena parte de la Galia, derrotó a otros pueblos y, decisivamente, se convirtió al cristianismo católico (su bautismo en Reims es un hito fundacional), sentando las bases de lo que, con los siglos, sería el reino de Francia. Por eso Tournai reivindica con orgullo ser una de las cunas de la monarquía franca y, en cierto modo, de Francia.
La prueba más espectacular de ese pasado emergió muchos siglos después, en 1653, cuando en Tournai se descubrió por casualidad la tumba de Childerico I. Contenía un fabuloso ajuar funerario: armas, joyas, un anillo con su nombre y centenares de pequeñas abejas de oro que adornaban su manto (abejas que, andando el tiempo, inspirarían la simbología imperial de Napoleón). Fue uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la Alta Edad Media europea. Buena parte del tesoro, llevado a París, fue robado y fundido en el siglo XIX, pero el descubrimiento consagró para siempre a Tournai como la ciudad de los orígenes merovingios.
En la Edad Media, Tournai floreció de nuevo. Se convirtió en un importante centro religioso, sede de un obispado influyente, y en una próspera ciudad de artesanos y mercaderes. Dos actividades le dieron fama y riqueza: la extracción de su famosa piedra azul-gris (la 'pierre de Tournai'), muy apreciada para la construcción y la escultura y exportada por todo el noroeste de Europa; y, sobre todo, la fabricación de tapices. Entre los siglos XV y XVI, los talleres de tapicería de Tournai estuvieron entre los más célebres de Europa, y sus obras, de gran calidad, decoraron palacios e iglesias de todo el continente.
Políticamente, Tournai tuvo un destino singular que la distingue de todas las demás ciudades de la actual Bélgica: durante buena parte de la Edad Media perteneció directamente a la corona de Francia, siendo una especie de enclave francés rodeado de tierras del Imperio (Flandes, Henao). Fue, de hecho, la única ciudad del actual territorio belga que perteneció largo tiempo al reino de Francia. Los reyes franceses la valoraban y la protegían, y la ciudad fue leal a la flor de lis. Ese vínculo dejó huella en su cultura y su identidad.
Como plaza codiciada, Tournai fue disputada y asediada. En el siglo XVI cambió de manos: fue tomada por los ingleses de Enrique VIII (que la ocuparon unos años) y luego integrada, con el resto de la región, en los Países Bajos de Carlos V y de la monarquía española. Durante las guerras de religión y de independencia de los Países Bajos, en 1581, Tournai vivió un célebre asedio en el que se distinguió Christine de Lalaing, princesa de Épinoy, que dirigió heroicamente la defensa de la ciudad y cuya estatua preside hoy la Grand-Place. La época de esplendor medieval, sin embargo, iba quedando atrás, y a Tournai le esperaban nuevos dueños y nuevas guerras.
Durante los siglos XVII y XVIII, Tournai siguió el agitado destino de los Países Bajos del Sur, disputados entre las grandes potencias. Fue tomada por los ejércitos de Luis XIV de Francia, que la fortificó (el ingeniero Vauban trabajó en sus defensas), y luego pasó de nuevo, según los vaivenes de los tratados, a manos de los Habsburgo austríacos. En sus alrededores se libraron batallas de las grandes guerras europeas, como la de Fontenoy (1745), cercana a la ciudad. Con la Revolución francesa y Napoleón, Tournai fue de nuevo francesa; tras la caída del emperador, quedó integrada en el Reino Unido de los Países Bajos y, desde 1830, en la nueva Bélgica.
El siglo XIX trajo a Tournai una época de estabilidad y de cierto desarrollo, con la industria (la piedra, la porcelana de Tournai, muy apreciada, los textiles) y el ferrocarril. La ciudad conservaba su extraordinario patrimonio medieval —la catedral de las cinco torres, el campanario, las casas románicas— como testimonio de su larga y rica historia.
El siglo XX, en cambio, le asestó un golpe terrible. En mayo de 1940, al comienzo de la invasión alemana de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial, Tournai fue intensamente bombardeada. El centro histórico sufrió enormes destrucciones: barrios enteros quedaron arrasados, y muchos edificios antiguos, incluida buena parte del entorno de la Grand-Place, fueron pasto de las llamas. Como Ypres o Dinant antes que ella, Tournai tuvo que reconstruir su corazón histórico en la posguerra, recuperando en lo posible su fisonomía tradicional, aunque muchas cosas se perdieron para siempre.
La Tournai actual, con unos 70.000 habitantes, es una ciudad discreta y a menudo pasada por alto por el turismo internacional, que suele concentrarse en Brujas, Gante o Bruselas. Y sin embargo, pocas ciudades belgas atesoran una densidad histórica comparable: veinte siglos de pasado, de la Turnacum romana a la capital merovingia, de la ciudad francesa de los tapices a la plaza fuerte disputada por toda Europa.
Dos de sus monumentos han sido reconocidos por la Unesco como Patrimonio Mundial: la catedral de Notre-Dame, con su inconfundible perfil de cinco torres y su mezcla de románico y gótico, y el campanario, el más antiguo de Bélgica y símbolo de las libertades cívicas medievales. A ellos se suman las casas románicas más antiguas de Occidente, el pintoresco Puente de los Agujeros sobre el Escalda, una Grand-Place triangular y una notable colección de museos, entre ellos un Museo de Bellas Artes alojado en el único edificio museístico construido según los planos de Victor Horta, el maestro del Art Nouveau.
La ciudad ha vivido en las últimas décadas trabajos de restauración importantes —la catedral, dañada por un tornado en 2007, ha estado largos años en obras— y ha rehabilitado sus muelles del Escalda, apostando por poner en valor su patrimonio. Su cercanía a Lille y a la frontera francesa la mantiene conectada con la vibrante metrópoli del norte de Francia. Tournai es, en definitiva, un tesoro discreto: una ciudad milenaria, cuna de reyes francos y de tapices célebres, que espera al viajero curioso dispuesto a descubrir la Bélgica más antigua y auténtica, lejos de las multitudes.