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Historia de Ostende

Un pueblo de pescadores en el filo del Mar del Norte

Ostende empezó siendo lo que su nombre indica: un 'extremo este'. En la Alta Edad Media, sobre un largo cordón de arena y dunas llamado la isla de Testerep, frente al Mar del Norte, se levantaban dos pequeños núcleos de pescadores: Westende ('extremo oeste') y Oostende ('extremo este'). De este último nació la ciudad. Las primeras menciones documentales datan del siglo XI, y en 1267 el conde de Flandes le concedió una carta que le otorgaba derechos de ciudad, señal de que aquella comunidad de pescadores y campesinos empezaba a tener peso.

La vida en aquel filo entre la tierra y el mar era dura y precaria. El mar era a la vez el sustento —la pesca del arenque y del bacalao— y una amenaza constante: las tormentas del Mar del Norte y las mareas roían sin descanso el cordón de dunas, y varias veces el viejo Ostende quedó parcialmente engullido por las aguas. En el siglo XV la ciudad tuvo que ser trasladada y reconstruida un poco más al interior, detrás de nuevos diques, para protegerse de un mar que amenazaba con tragársela.

Pese a todo, Ostende fue creciendo como puerto pesquero y comercial de Flandes. Su posición estratégica en la costa, mirando hacia Inglaterra y hacia las rutas del mar del Norte, la convertía en un punto codiciado. Nadie podía imaginar entonces que aquel modesto pueblo de redes y barcas sería, siglos después, escenario de uno de los asedios más terribles de la historia de Europa.

https://en.wikipedia.org/wiki/Ostendhttps://es.wikipedia.org/wiki/Ostende

El asedio de Ostende (1601-1604): la 'nueva Troya'

A finales del siglo XVI, los Países Bajos estaban en guerra. La rebelión de las provincias del norte contra la corona española —la Guerra de los Ochenta Años— había convertido Flandes en un campo de batalla, y Ostende, en manos de los rebeldes protestantes y de sus aliados ingleses, se transformó en una plaza fuerte clave, una espina clavada en el flanco de la Flandes española. Rodeada de agua, defendida por modernas fortificaciones y abastecida por mar, la ciudad parecía inexpugnable.

En julio de 1601, el ejército de los archiduques Alberto e Isabel, que gobernaban los Países Bajos españoles, puso sitio a Ostende. Lo que debía ser una campaña rápida se convirtió en una pesadilla de más de tres años. El asedio de Ostende fue uno de los más largos y sangrientos de la historia: la ciudad, reabastecida sin cesar por mar, resistió mientras los sitiadores lanzaban oleada tras oleada de ataques contra sus defensas. Se combatió metro a metro, entre trincheras, minas y contraminas, en un lodazal de arena, agua y sangre. Los contemporáneos, horrorizados, la llamaron 'la nueva Troya'.

El general genovés Ambrosio Spínola, al frente de las tropas españolas, terminó por rendir la ciudad el 22 de septiembre de 1604, tras un asedio que, según las estimaciones de la época, costó decenas de miles de vidas en ambos bandos —las cifras hablan de entre 60.000 y 100.000 muertos—. Cuando por fin cayó, Ostende era poco más que un montón de ruinas. La ciudad quedó de nuevo en manos españolas, y Flandes seguiría siendo católica y española durante mucho tiempo más. De aquella Ostende arrasada tuvo que renacer, una vez más, una nueva ciudad.

https://en.wikipedia.org/wiki/Siege_of_Ostendhttps://en.wikipedia.org/wiki/Ostend

La Compañía de Ostende y el comercio con Asia

Reconstruida tras el asedio, Ostende recuperó poco a poco su vocación marinera. Su gran oportunidad llegó en el siglo XVIII. En 1722, bajo el dominio de los Habsburgo austríacos —a los que habían pasado los Países Bajos del Sur tras la Guerra de Sucesión española—, el emperador Carlos VI concedió una carta a la Compañía de Ostende (Oostendse Compagnie), una empresa comercial destinada a competir con las poderosas compañías de las Indias holandesa e inglesa en el lucrativo comercio con Asia.

Desde el puerto de Ostende, los barcos de la compañía zarpaban hacia la India y China, y regresaban cargados de té, seda, porcelana y especias. Durante unos años el negocio fue floreciente y convirtió a Ostende en un puerto internacional próspero y cosmopolita. Pero el éxito despertó los celos de las grandes potencias marítimas: la presión diplomática de Inglaterra y las Provincias Unidas, que no toleraban la competencia, obligó al emperador a suspender las actividades de la compañía en 1731, apenas una década después de su fundación, como parte de un juego de alianzas europeas.

Aunque la aventura fue breve, dejó a Ostende el recuerdo de una época de esplendor comercial y reforzó su identidad de puerto abierto al mundo. La ciudad siguió siendo un enclave marítimo y militar disputado, que cambió de manos entre austríacos, franceses revolucionarios y napoleónicos —de esta época data el Fort Napoleon, mandado construir hacia 1811— y, tras la caída de Napoleón, quedó integrada primero en el Reino Unido de los Países Bajos y, desde 1830, en la recién nacida Bélgica independiente.

https://en.wikipedia.org/wiki/Ostend_Companyhttps://en.wikipedia.org/wiki/Ostend

La reina de los balnearios: reyes, artistas y la Belle Époque

El siglo XIX transformó por completo a Ostende. Con la moda europea de los baños de mar como remedio para la salud, y con la llegada del ferrocarril que acercó la costa a las ciudades, la vieja plaza fuerte se reinventó como balneario elegante. Y tuvo un padrino de excepción: la monarquía belga. El rey Leopoldo I ya frecuentaba la ciudad, pero fue sobre todo Leopoldo II, en la segunda mitad del siglo, quien convirtió Ostende en su residencia de veraneo predilecta y en el balneario de moda del país, 'la reina de los balnearios' (Koningin der Badsteden).

Bajo su impulso se levantaron grandes hoteles, un casino (el Kursaal), un hipódromo, villas señoriales y las elegantes Galerías Reales (Koninklijke Gaanderijen), un paseo cubierto que unía la residencia real con las termas. La aristocracia y la alta burguesía de media Europa acudían a pasear por el dique, a apostar en las carreras y a tomar las aguas. Ostende vivía su Belle Époque, un tiempo de lujo, moda y refinamiento junto al Mar del Norte.

En esa Ostende cosmopolita y burguesa nació y creció el hombre que la haría inmortal en el arte: James Ensor (1860-1949). Hijo de una familia que regentaba una tienda de recuerdos, máscaras de carnaval y curiosidades marinas, Ensor apenas salió de su ciudad, pero desde ella revolucionó la pintura. Sus máscaras grotescas, sus esqueletos, sus atmósferas inquietantes y su obra maestra 'La entrada de Cristo en Bruselas' lo convirtieron en un precursor del expresionismo y el surrealismo. Junto a él, otro pintor de la ciudad, Léon Spilliaert, retrató como nadie la soledad melancólica del dique, la playa y el mar nocturno. Ostende no era ya solo un balneario: era también una capital del arte moderno.

https://en.wikipedia.org/wiki/Ostendhttps://en.wikipedia.org/wiki/James_Ensor

Las guerras mundiales y la Ostende de hoy

El siglo XX golpeó con dureza a Ostende. Durante la Primera Guerra Mundial, la ciudad quedó bajo ocupación alemana y su puerto se convirtió en una base de submarinos y destructores desde la que se hostigaba el tráfico marítimo aliado en el Canal de la Mancha. En 1918, la marina británica lanzó las célebres incursiones de Zeebrugge y Ostende, arriesgadas operaciones para bloquear los puertos hundiendo barcos a la entrada de los canales. Ostende salió maltrecha de aquellos años.

La Segunda Guerra Mundial fue aún peor. De nuevo ocupada por los alemanes, Ostende fue integrada en el Muro del Atlántico, la línea de fortificaciones costeras del Tercer Reich, y sufrió intensos bombardeos aliados que destruyeron buena parte del centro histórico y del puerto. Cuando terminó la guerra, mucho de la Ostende elegante de la Belle Époque había desaparecido bajo los escombros, y la ciudad tuvo que reconstruirse una vez más, como tantas veces a lo largo de su historia.

La Ostende de la posguerra volvió a ser destino de playa, puerto pesquero y, durante décadas, terminal de los ferries que cruzaban a Inglaterra (Dover y Ramsgate), hasta que estas líneas fueron desapareciendo. En las últimas décadas, la ciudad se ha reinventado apostando por la cultura: el museo Mu.ZEE, la recuperación del legado de Ensor y Spilliaert, un ambicioso festival de arte urbano (The Crystal Ship) que ha cubierto sus fachadas de murales, y una vida de festivales y gastronomía de mar. Hoy Ostende, con cerca de 72.000 habitantes, sigue siendo la capital de la costa belga: 'la reina de los balnearios' que, entre asedios, reyes, pintores y guerras, siempre ha sabido renacer frente al Mar del Norte.

https://en.wikipedia.org/wiki/Ostendhttps://en.wikipedia.org/wiki/Ostend_Raid

📚 Bibliografía

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