Mons debe su nombre a una colina —del latín 'mons', monte— y su origen a una santa. En el siglo VII, en pleno periodo merovingio, una noble llamada Waudru (Waltrude en su forma latinizada), esposa de un señor de la región y madre de varios hijos que también fueron venerados como santos, fundó sobre esta colina una comunidad religiosa. Alrededor de aquel monasterio y de las reliquias de Waudru, convertida en santa patrona, empezó a crecer un asentamiento.
El emplazamiento tenía ventajas: una colina en medio de una región de llanuras y zonas pantanosas, fácil de defender y visible desde lejos. La devoción a Santa Waudru atraía peregrinos, y la protección del monasterio daba seguridad. Poco a poco, el caserío que se apiñaba en la ladera se transformó en una villa, y la villa en una ciudad, que conservaría siempre en su corazón la figura de su santa fundadora. Todavía hoy, la gran colegiata de Sainte-Waudru guarda sus reliquias, y la fiesta del Doudou, con la procesión del carro de oro, gira en torno a ella: mil trescientos años después, la santa de la colina sigue siendo el alma de Mons.
En los siglos siguientes, Mons ganó importancia hasta convertirse en la capital del condado de Henao (Hainaut), uno de los principados feudales que fragmentaban el mapa de los actuales Bélgica y norte de Francia. Como capital condal, la ciudad se dotó de murallas, de instituciones y de un castillo en lo alto de la colina —donde hoy se alza el campanario—, y se convirtió en una plaza de cierto peso, sede del poder de los condes de Henao y encrucijada de la región.
Durante la Edad Media, Mons floreció como capital del condado de Henao, un territorio próspero gobernado por una dinastía de condes que, a través de matrimonios y herencias, se emparentó con las grandes casas de Europa y unió a veces el Henao con Holanda y Zelanda. La ciudad, sede de la corte y de la administración condal, se benefició de ese estatus: se construyeron iglesias, se levantó el gran ayuntamiento gótico que aún preside la Grand-Place, y a partir del siglo XV se emprendió la edificación de la imponente colegiata de Sainte-Waudru, en el elegante estilo gótico brabantino.
Como tantos territorios de la región, el Henao —y con él Mons— acabó absorbido por el poder ascendente de los duques de Borgoña en el siglo XV, y luego, por herencia, pasó a la Casa de Austria y a la rama española de los Habsburgo, integrándose en el conjunto de los Países Bajos. Bajo estos soberanos, Mons siguió siendo una ciudad importante de los Países Bajos del Sur, con su vida religiosa, sus gremios y su comercio.
De esa época dorada quedan sus grandes monumentos y también sus tradiciones. La Ducasse —el Doudou—, con su procesión de las reliquias de Santa Waudru y su combate de San Jorge contra el dragón (el Lumeçon), hunde sus raíces en las devociones y las fiestas cívicas medievales, y ha llegado, transformándose, hasta nuestros días. Pero la posición estratégica de Mons, en una región de paso entre Francia y los Países Bajos, iba a convertirla, como a tantas ciudades de la zona, en un objetivo militar y en un campo de batalla recurrente.
Entre los siglos XVI y XVIII, Mons vivió al ritmo de las guerras que asolaron los Países Bajos del Sur. Su posición en la frontera con Francia y su valor estratégico hicieron de ella una plaza fuerte muy codiciada, fortificada y asediada una y otra vez. Durante la Guerra de los Ochenta Años, en las luchas de las provincias contra la corona española, Mons fue escenario de episodios como la breve toma de la ciudad por los rebeldes en 1572, seguida de un duro asedio y represalias.
Más tarde, las guerras de Luis XIV llevaron a los ejércitos franceses a la región: Mons fue sitiada y tomada por Francia, sus fortificaciones fueron modernizadas por los ingenieros militares de la época, y la ciudad cambió de manos entre franceses, españoles, holandeses y austríacos según los tratados que ponían fin a cada conflicto. En 1691, un célebre asedio dirigido por los franceses puso de nuevo a Mons en el centro de la política europea. Cada guerra dejaba destrucciones, reconstrucciones y nuevas murallas.
Ese pasado militar dio a Mons un cinturón de fortificaciones que, como en otras ciudades, terminó siendo desmantelado en épocas más pacíficas para permitir el crecimiento urbano. Pero la vocación de encrucijada estratégica de la ciudad no desapareció: en el siglo XX, Mons volvería a estar en primera línea de las dos guerras mundiales, y hoy, paradójicamente, alberga en sus cercanías el principal cuartel general militar de la Alianza Atlántica en Europa. La colina de Santa Waudru nunca ha dejado del todo de ser una posición codiciada.
El siglo XIX transformó la región de Mons. Bajo su suelo y el de las comarcas vecinas se extendía una de las mayores cuencas de carbón de Europa, y su explotación convirtió al Borinage —la zona minera al oeste de la ciudad— en un paisaje de pozos, escombreras y barrios obreros, con una clase trabajadora numerosa y una vida durísima. Mons era la capital administrativa de esa cuenca industrial y minera, motor de la economía valona pero también escenario de una gran pobreza obrera.
En ese Borinage minero vivió, entre 1878 y 1880, un joven neerlandés que había llegado como predicador evangélico para atender a los mineros: Vincent van Gogh. Conmovido hasta lo más hondo por la miseria y la dignidad de aquellos hombres y mujeres, Van Gogh compartió sus condiciones, dibujó sus rostros y sus faenas y, en medio de una profunda crisis personal, tomó la decisión que cambiaría la historia del arte: dejar la predicación y convertirse en pintor. Sus años del Borinage fueron el humilde y doloroso origen de su vocación, y la casa donde vivió en Cuesmes, a las afueras de Mons, se conserva hoy como lugar de memoria.
El siglo XX trajo también las guerras. En agosto de 1914, en los primeros compases de la Primera Guerra Mundial, la batalla de Mons fue el primer enfrentamiento del Ejército Británico (la Fuerza Expedicionaria Británica, BEF) contra los alemanes en la guerra: los británicos resistieron y luego se replegaron en una dura retirada. Cuatro años después, en un simbólico cierre del círculo, Mons fue liberada por tropas canadienses el 11 de noviembre de 1918, el mismísimo día del armisticio que ponía fin a la guerra. La ciudad conserva memoriales de aquellos hechos, y de nuevo sufrió ocupación y combates en la Segunda Guerra Mundial.
La segunda mitad del siglo XX fue dura para la región: el cierre de las minas de carbón, a partir de los años 50 y 60, sumió al Borinage y a toda la cuenca en una larga crisis de desindustrialización, con desempleo y reconversión. Mons, capital de la provincia de Henao, tuvo que reinventarse, apostando por los servicios, la administración, la universidad y, de manera decisiva, la cultura.
El punto de inflexión llegó en 2015, cuando Mons fue designada Capital Europea de la Cultura. Aquel año transformó la ciudad: se renovaron y crearon museos (el BAM de bellas artes, el Museo del Doudou, el fascinante Mundaneum —ese 'Google de papel' soñado a comienzos del siglo XX por Paul Otlet y el Nobel de la Paz Henri La Fontaine—), se rehabilitó la estación y el espacio público, y Mons se proyectó al mundo como una ciudad culta y creativa. En los alrededores, los antiguos complejos mineros como el Grand-Hornu y Bois-du-Luc, reconocidos por la Unesco, renacieron como centros de arte y de memoria industrial.
La Mons actual, con cerca de 95.000 habitantes, es una ciudad de contrastes que la hacen singular. Conserva su casco histórico coronado por el único campanario barroco de Bélgica, Patrimonio de la Unesco, y celebra cada año su ancestral y multitudinario Doudou, también Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Es sede universitaria y ciudad joven; alberga en sus cercanías el SHAPE, el cuartel general militar de la OTAN en Europa, con su comunidad internacional; y guarda la memoria de Van Gogh, del carbón y de las guerras. De la colina de Santa Waudru a la Capital Europea de la Cultura, Mons ha sabido convertir su larguísima y accidentada historia en una identidad cultural viva y orgullosa.