Los orígenes de Malinas se hunden en la Alta Edad Media, en un asentamiento a orillas del río Dijle (Dyle), en una zona de tierras bajas y húmedas del centro de los actuales Flandes. La tradición vincula la fundación de la comunidad cristiana local a San Rombaldo (Rumbold), un misionero, según la leyenda de origen irlandés o inglés, que habría evangelizado la región en el siglo VIII y habría muerto mártir en la zona. Convertido en patrón de la ciudad, a él se dedicaría siglos después la gran catedral, y su nombre quedó ligado para siempre a Malinas.
El topónimo 'Mechelen' (Malinas) deriva probablemente de un término que designaba un lugar elevado o un asentamiento en el paisaje pantanoso circundante. A lo largo de los siglos XI, XII y XIII, la localidad fue creciendo como centro de comercio y artesanía, favorecida por su posición junto al río navegable y en las rutas del interior de los Países Bajos. El comercio de paños, del pescado y de la sal, y una incipiente actividad artesanal, sentaron las bases de su prosperidad.
Malinas tuvo una peculiaridad jurídica que marcó su historia: durante buena parte de la Edad Media fue un señorío eclesiástico y luego un enclave especial, no plenamente integrado en el ducado de Brabante ni en el condado de Flandes, lo que le dio cierta autonomía. Esa condición singular, sumada a su ubicación central, la fue preparando para el papel destacado que tendría en los siglos siguientes, cuando pasó a manos de las grandes casas nobiliarias que dominaban los Países Bajos.
El momento de máximo esplendor de Malinas llegó a comienzos del siglo XVI y tiene nombre de mujer: Margarita de Austria. Hija del emperador Maximiliano I de Habsburgo y tía del futuro emperador Carlos V, Margarita fue nombrada gobernadora (regente) de los Países Bajos de los Habsburgo y tutora del joven Carlos, y estableció su corte en Malinas. Entre 1507 y 1530, aproximadamente, la ciudad se convirtió en la capital política de los Países Bajos y en uno de los centros más brillantes del Renacimiento del norte de Europa.
Margarita, mujer culta, hábil política y gran mecenas, hizo de su corte malinesa un foco de arte, música, humanismo y refinamiento. Encargó la construcción de su palacio, el Hof van Savoye (uno de los primeros edificios renacentistas al norte de los Alpes), reunió una notable colección de arte y una biblioteca, y protegió a artistas, músicos y humanistas. En esa corte se educaron figuras que marcarían la historia europea, entre ellas el propio Carlos V y otros miembros de la familia imperial. Malinas era, en esos años, el corazón político y cultural de un imperio en formación.
La ciudad prosperó como centro de las artes: fue célebre por su producción de tapices, muebles, escultura y retablos, y por su vida cortesana. Además, en 1559 Malinas fue elevada a sede del arzobispado primado de los Países Bajos, el rango eclesiástico más alto, lo que reforzó su prestigio (un rango que conserva hasta hoy: el arzobispo de Malinas-Bruselas es el primado de Bélgica). Aquella edad de oro dejó en la ciudad un patrimonio de calidad excepcional. Pero, tras la muerte de Margarita y el traslado de la corte a Bruselas, Malinas empezaría a perder su papel político central.
El siglo XVI, que había encumbrado a Malinas, también le trajo la desgracia. Con el traslado de la corte de los Habsburgo a Bruselas, la ciudad perdió su papel de capital política y comenzó un lento declive. A ello se sumaron los estragos de las guerras de religión y de la sublevación de los Países Bajos contra la corona española de Felipe II, que asolaron la región en la segunda mitad del siglo.
Malinas, por su posición central, sufrió especialmente. En 1572, durante la revuelta, la ciudad fue tomada y brutalmente saqueada por las tropas españolas del duque de Alba, en un episodio devastador conocido localmente como la 'Furia Española' de Malinas. Pocos años después, en 1580, sufrió un nuevo saqueo, esta vez a manos de tropas protestantes (la llamada 'Furia Inglesa'). Estos episodios de violencia, pillaje y destrucción, repetidos, golpearon duramente a la población y a la economía de la ciudad.
Como el resto de los Países Bajos del sur, Malinas permaneció finalmente bajo dominio católico y español, mientras el norte se independizaba como la República de las Provincias Unidas. Durante los siglos XVII y XVIII, bajo dominio español y luego austríaco, la ciudad mantuvo su prestigio religioso (como sede arzobispal) y ciertas actividades artesanales y artísticas, pero ya no recuperó el peso político y económico de su edad dorada. Se especializó, eso sí, en oficios que le darían fama duradera: la fundición de campanas, la fabricación de muebles y tapices, y, muy especialmente, el arte del carillón, que convertiría a Malinas en la capital mundial de la música de campanas.
El capítulo más oscuro de la historia de Malinas llegó en la Segunda Guerra Mundial, y debe contarse con precisión y sobriedad. Tras la ocupación de Bélgica por la Alemania nazi en 1940, el régimen puso en marcha el exterminio sistemático de la población judía y gitana. Para organizar las deportaciones desde Bélgica y el norte de Francia, los nazis eligieron Malinas como emplazamiento de un campo de tránsito o de concentración (Sammellager): el cuartel Dossin (Kazerne Dossin), un antiguo cuartel militar en el centro de la ciudad.
La elección de Malinas fue fríamente logística: la ciudad se encontraba a medio camino entre las dos mayores comunidades judías del país, las de Amberes y Bruselas, y sobre la línea ferroviaria que llevaba hacia el este, hacia los campos de exterminio de la Polonia ocupada. Entre el verano de 1942 y el verano de 1944, más de 25.000 judíos y varios centenares de gitanos (romaníes) fueron concentrados en el cuartel Dossin y deportados en una veintena de convoyes ferroviarios hacia el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. La gran mayoría fue asesinada; solo una pequeña minoría sobrevivió al final de la guerra. Fue el corazón de la Shoá en Bélgica.
Hoy, el lugar es un memorial y un museo, el Kazerne Dossin, inaugurado en 2012, dedicado a la memoria de las víctimas y a la reflexión sobre el Holocausto, los derechos humanos y los mecanismos de la persecución y el genocidio. Una de sus imágenes más impactantes es un muro cubierto con las fotografías individuales de los deportados, un recordatorio de que detrás de cada cifra había una persona, una familia, una vida. La visita, sobria y rigurosa, hace de Malinas un lugar central en la memoria histórica de Bélgica y de Europa.
Tras las heridas del siglo XX, Malinas ha vivido en las últimas décadas un notable renacer. La ciudad, que había quedado un tanto olvidada a la sombra de sus grandes vecinas Bruselas y Amberes, emprendió una ambiciosa política de restauración de su patrimonio y de revitalización de su centro histórico, que le ha valido reconocimientos como uno de los cascos urbanos mejor cuidados de Flandes. Sus fachadas medievales y barrocas, sus plazas y su gran catedral han recuperado el esplendor de su edad de oro, y la ciudad se ha ganado fama de destino tranquilo, agradable y con una alta calidad de vida.
Una de sus señas de identidad contemporáneas es su condición de capital mundial del carillón, el arte de tocar música con las campanas de una torre. En 1922 se fundó en Malinas la Escuela Real del Carillón 'Jef Denyn' (por el maestro carillonista que revolucionó el instrumento), la más antigua y prestigiosa del mundo, que atrae a alumnos de todos los continentes. Las torres de la ciudad, empezando por la inconfundible torre inacabada de San Rombaldo, siguen ofreciendo conciertos de campanas que forman parte del alma sonora de Malinas.
La ciudad conserva también sus tradiciones y leyendas, como la de los 'Maneblussers' (los 'apagalunas'): según el relato, una noche de 1687 unos malineses ebrios creyeron que la torre de San Rombaldo estaba en llamas y organizaron una cadena para apagar el 'incendio', que no era más que el reflejo rojizo de la luna entre la niebla; desde entonces, los habitantes de Malinas cargan con el mote, medio burlón, medio orgulloso, de 'apagalunas'. Entre su rico patrimonio, su memoria histórica, su música de campanas y su vida tranquila, la Malinas de hoy es una de las escapadas más gratas y auténticas de Flandes, una gran ciudad histórica a escala humana.