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Historia de Lieja

Un obispo asesinado: el origen de Lieja

Pocas ciudades pueden decir que nacieron de un crimen. Lieja sí. Hacia el año 705, en un modesto lugar a orillas del Mosa donde había una villa y una pequeña comunidad, fue asesinado Lamberto, obispo de Maastricht. Las circunstancias de su muerte se mezclan con la leyenda —se habla de venganzas y de conflictos con la corte franca—, pero lo cierto es que su martirio lo convirtió pronto en santo, y el lugar de su muerte, en meta de peregrinación.

Pocas décadas después, su sucesor, san Huberto, trasladó la sede episcopal de Maastricht a este lugar para honrar a Lamberto y erigió una iglesia sobre su tumba. Alrededor de ese santuario empezó a crecer una ciudad. Lo que había sido un caserío junto al río se transformó, gracias a la presencia de las reliquias del obispo mártir y de la sede episcopal, en un centro religioso de creciente importancia. San Lamberto se convirtió en el patrono de la ciudad, y sobre el sitio de su martirio se levantaría con los siglos la gran catedral de San Lamberto (hoy desaparecida) y el corazón de Lieja: la plaza que aún lleva su nombre.

Así, de manera singular, una ciudad importante de Europa nació no de un puerto, una fortaleza o un cruce comercial, sino de la sangre de un obispo y de la devoción que suscitó. Ese origen eclesiástico marcaría su destino: Lieja no sería gobernada por condes o duques laicos, como sus vecinas, sino por sus propios obispos, convertidos en príncipes. Estaba naciendo uno de los Estados más peculiares de la Europa medieval.

https://en.wikipedia.org/wiki/Li%C3%A8gehttps://en.wikipedia.org/wiki/Saint_Lambert_of_Maastricht

El principado-obispado: mil años de independencia

A comienzos del siglo XI, un obispo excepcional, Notger, recibió del emperador del Sacro Imperio no solo la autoridad religiosa sobre su diócesis, sino también el poder temporal sobre un territorio: nacía el principado-obispado de Lieja, un Estado gobernado por el obispo, que era a la vez pastor de almas y príncipe soberano, vasallo del emperador. Notger fortificó y embelleció la ciudad hasta el punto de que se dijo que 'Lieja debe a Notger, y Notger a Cristo'. La ciudad se llenó de iglesias y colegiatas y se convirtió en un gran foco de cultura, con escuelas famosas en toda Europa: la llamaron 'la Atenas del Norte'.

El principado-obispado tuvo una característica que lo hizo único: se mantuvo independiente durante casi ochocientos años, sin integrarse jamás en los Países Bajos borgoñones, españoles ni austríacos que rodeaban su territorio. Mientras Flandes, Brabante o Namur pasaban a manos de Borgoña y luego de los Habsburgo, Lieja siguió siendo un Estado eclesiástico soberano dentro del Sacro Imperio, con sus propias leyes, moneda e instituciones.

Pero gobernar Lieja no era fácil. Sus habitantes eran célebres por su espíritu rebelde y su apego a las libertades comunales, simbolizadas por el 'Perron', la columna de la plaza del Mercado. Una y otra vez, el pueblo y los gremios se levantaron contra el poder de los obispos y de la nobleza, en revueltas sangrientas. La más trágica llegó en 1468, cuando Carlos el Temerario de Borgoña, harto de la rebeldía liejesa, tomó y saqueó brutalmente la ciudad, incendiándola casi por completo en castigo. Lieja se reconstruyó, como siempre, y siguió su camino independiente, orgullosa y díscola, durante tres siglos más.

https://en.wikipedia.org/wiki/Prince-Bishopric_of_Li%C3%A8gehttps://en.wikipedia.org/wiki/Li%C3%A8ge

La Revolución liejesa y el fin del principado

El espíritu rebelde de Lieja encontró su hora en el siglo XVIII, al calor de las ideas de la Ilustración. En 1789, el mismo año en que estallaba la Revolución francesa, los liejeses protagonizaron su propia revolución. Cansados del gobierno del príncipe-obispo y reclamando libertades y derechos, el pueblo se levantó, tomó el ayuntamiento y forzó al obispo a huir. La Revolución liejesa proclamó principios de soberanía popular muy avanzados para su época, en sintonía con lo que ocurría en Francia.

La reacción no se hizo esperar: las tropas del Sacro Imperio restauraron por la fuerza al príncipe-obispo en 1791. Pero la restauración fue efímera. La expansión de la Francia revolucionaria arrasó el viejo orden europeo, y tras las campañas de los ejércitos franceses, el principado-obispado de Lieja fue definitivamente abolido y anexionado a Francia en 1795. Así terminaba, después de casi ochocientos años, uno de los Estados más singulares y longevos de Europa. La gran catedral de San Lamberto, símbolo del poder episcopal, fue demolida por los revolucionarios: hoy solo queda su recuerdo en la plaza Saint-Lambert.

Tras la caída de Napoleón, Lieja fue integrada, como el resto de la actual Bélgica, primero en el Reino Unido de los Países Bajos y, desde la revolución de 1830, en la nueva Bélgica independiente. La ciudad, con su fuerte identidad y su tradición industrial y obrera, se convertiría en uno de los grandes bastiones del nuevo país y en un motor de su economía. Pero antes de nada, iba a ser protagonista de una de las mayores transformaciones de la historia: la Revolución Industrial.

https://en.wikipedia.org/wiki/Li%C3%A8ge_Revolutionhttps://en.wikipedia.org/wiki/Prince-Bishopric_of_Li%C3%A8ge

Carbón, acero y armas: la cuna industrial del continente

Lieja se asienta sobre carbón, y ese carbón cambió su destino. Ya en la Edad Media se explotaban las minas de la región, y la ciudad tenía una vieja tradición metalúrgica y armera. Pero en el siglo XIX, Lieja se convirtió en uno de los primeros focos de la Revolución Industrial en la Europa continental, un lugar donde las nuevas técnicas británicas del hierro, el carbón y el vapor arraigaron muy pronto. Figura clave fue el inglés John Cockerill, que a comienzos de siglo instaló en Seraing, junto a Lieja, uno de los mayores complejos siderúrgicos de Europa, integrando minas, altos hornos y fábricas.

Durante más de un siglo, el valle del Mosa alrededor de Lieja fue un paisaje de minas de carbón, altos hornos, laminadores y talleres, con una gran clase obrera y un fuerte movimiento sindical y socialista. La industria armera liejesa (la Fabrique Nationale, FN, de Herstal) se hizo famosa en el mundo entero. Lieja era una potencia industrial, ruidosa y humeante, la 'ciudad ardiente' también por sus hornos, y ese pasado forjó su carácter obrero, combativo y solidario.

Ese poderío tuvo un precio en el siglo XX. En agosto de 1914, al comenzar la Primera Guerra Mundial, el cinturón de doce fuertes que rodeaba Lieja se convirtió en el primer gran obstáculo de la invasión alemana de Bélgica. La resistencia de la 'posición fortificada de Lieja', aunque acabó cediendo ante la artillería pesada alemana, retrasó el avance enemigo y dio tiempo a los aliados, un gesto que valió a la ciudad ser condecorada. La segunda mitad del siglo trajo, en cambio, el lento y doloroso declive de la industria pesada: cierres de minas y de fábricas, desempleo y reconversión, un proceso duro que marcó a toda la región valona.

https://en.wikipedia.org/wiki/Li%C3%A8gehttps://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Li%C3%A8ge

La Cité ardente hoy: reinvención y orgullo

Superado el trauma de la desindustrialización, la Lieja del siglo XXI ha buscado reinventarse. La ciudad ha apostado por los servicios, la logística (su aeropuerto de carga es de los mayores de Europa), la universidad, la cultura y el turismo, mientras rehabilita su patrimonio y sus barrios. El gran símbolo de esa modernización es la espectacular estación de Liège-Guillemins, inaugurada en 2009, una obra maestra de acero y vidrio del arquitecto Santiago Calatrava que se ha convertido en la nueva imagen de la ciudad y en la puerta de los trenes de alta velocidad hacia Alemania.

Hoy Lieja, con más de 190.000 habitantes en la ciudad y cerca de 600.000 en su área metropolitana, es la tercera aglomeración de Bélgica y la gran metrópoli del este francófono. Conserva un patrimonio riquísimo que habla de sus mil años de historia: el Palacio de los Príncipes-Obispos con sus patios porticados, las iglesias y sus tesoros de arte mosano (como las célebres pilas bautismales de San Bartolomé), los museos del Grand Curtius y de La Boverie. Y mantiene vivas sus tradiciones: el mercado dominical de La Batte, el más antiguo del país; el folclore del barrio de Outremeuse con su títere Tchantchès; el recuerdo del escritor Georges Simenon, hijo de la ciudad y creador del comisario Maigret.

Pero, sobre todo, Lieja conserva su alma: cálida, hospitalaria, combativa y orgullosa. Sus habitantes reivindican con humor y afecto su identidad de 'Principauté' y su carácter distinto, y reciben al visitante con una campechanía que sorprende a quien llega de las más pulidas ciudades flamencas. De la sangre de un obispo mártir a la 'Atenas del Norte', del principado independiente a la cuna industrial del continente, Lieja es una ciudad que ha vivido mucho y que lo lleva puesto con dignidad: la Cité ardente, siempre ardiente.

https://en.wikipedia.org/wiki/Li%C3%A8gehttps://www.visitezliege.be/en

📚 Bibliografía

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