Gante nació donde se encuentran dos ríos. Su nombre deriva del término céltico 'ganda', que significa precisamente 'confluencia', en alusión al punto donde el río Lys (Leie) desemboca en el Escalda (Schelde). Ese cruce de aguas, en el interior de Flandes pero conectado por río con el mar, sería la clave de su historia: comercio, transporte y una posición estratégica de primer orden.
Los orígenes del asentamiento se vinculan a la vida religiosa. En el siglo VII, el misionero San Amando, evangelizador de Flandes, fundó en la zona dos abadías que serían fundamentales: la de San Bavón (Sint-Baafs) y la de San Pedro (Sint-Pieters). Alrededor de esos centros monásticos, y del comercio fluvial, fue creciendo un núcleo de población. Como toda la costa flamenca, la región sufrió en los siglos IX y X las incursiones de los vikingos, que remontaban los ríos, lo que obligó a fortificar los asentamientos.
Bajo la protección de los condes de Flandes, y gracias a su ubicación privilegiada, Gante se fue consolidando entre los siglos X y XI como un centro mercantil y artesanal en expansión. El comercio de la lana y la incipiente industria textil sentaron las bases de lo que, en los siglos siguientes, convertiría a esta ciudad de la confluencia en una de las mayores y más poderosas de toda Europa al norte de los Alpes.
Entre los siglos XIII y XIV, Gante alcanzó una grandeza difícil de imaginar hoy. La ciudad se convirtió en uno de los mayores centros de la industria textil de Europa, especializada en el tejido de paños de lana de alta calidad, con lana importada sobre todo de Inglaterra. Miles de tejedores, bataneros, tintoreros y demás artesanos trabajaban para un comercio que exportaba a todo el continente. En su apogeo, Gante llegó a tener unos 60.000 habitantes o más, lo que la convertía, tras París, en una de las ciudades más pobladas de la Europa al norte de los Alpes, mayor que Londres en aquel momento.
Esa riqueza y esa concentración de artesanos forjaron una ciudad orgullosa, poderosa y profundamente rebelde. Los gremios de Gante defendían con uñas y dientes sus libertades y privilegios frente a los condes de Flandes y frente a los reyes de Francia, que aspiraban a controlar la región. La ciudad protagonizó numerosas revueltas. La más célebre estuvo liderada por Jacob van Artevelde, un rico ciudadano que en las décadas de 1330 y 1340, durante la Guerra de los Cien Años, se convirtió en el hombre fuerte de Gante y maniobró para preservar el vital comercio de lana con Inglaterra, llegando a alinear a la ciudad con el rey inglés frente a Francia. Artevelde acabó asesinado en 1345 por sus propios conciudadanos en una de las frecuentes luchas internas.
La dependencia de la lana inglesa y las tensiones sociales entre gremios y patricios hicieron de Gante una ciudad turbulenta, con el Vrijdagmarkt (mercado del Viernes) como escenario habitual de asambleas, proclamaciones y enfrentamientos. Ese espíritu indómito, ese carácter de ciudad que no se dejaba gobernar fácilmente, marcaría su relación con el poder durante siglos y forma parte todavía hoy de la identidad gantesa.
El siglo XV trajo a Gante, junto al resto de Flandes, a la órbita de los duques de Borgoña y un extraordinario florecimiento artístico. En 1432 se completó, para la catedral de San Bavón, una de las obras cumbre de la historia del arte: 'La adoración del Cordero Místico', el gran políptico de los hermanos Hubert y Jan van Eyck, obra fundacional de la pintura al óleo, de un realismo y una luminosidad revolucionarios. Gante quedaba así inscrita para siempre en la historia del arte universal.
En 1500 nació en la ciudad, en el palacio de Prinsenhof, quien sería una de las figuras más poderosas de la historia: Carlos de Gante, que llegaría a ser Carlos I de España y Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, soberano de un imperio 'en el que no se ponía el sol'. Que el hombre más poderoso de su tiempo fuera gantés no libró a la ciudad de su ira. En 1539-1540, Gante se rebeló contra las pesadas cargas fiscales impuestas por el emperador para financiar sus guerras. Carlos V aplastó la sublevación en persona con dureza ejemplar: ejecutó a los cabecillas, abolió los privilegios de la ciudad, impuso una humillante penitencia pública a los notables (que debieron desfilar en camisa y con una soga al cuello, de donde viene el apodo de 'stroppendragers', portadores de la soga, que los ganteses reivindican hoy con orgullo) y mandó construir una fortaleza para vigilarla.
Aquel castigo simbolizó el sometimiento de la orgullosa Gante al poder de los Habsburgo. Poco después, la ciudad se vería envuelta en las guerras de religión y en la sublevación de los Países Bajos contra Felipe II. Como Brujas y las demás ciudades del sur, Gante permaneció finalmente bajo dominio católico y español, mientras el norte se independizaba como la República de las Provincias Unidas. Comenzaba una etapa de declive relativo respecto a los siglos de esplendor.
Tras siglos de estancamiento relativo, Gante volvió a transformarse profundamente con la llegada de la Revolución Industrial, que en la ciudad estuvo, una vez más, ligada al textil, aunque ahora en clave mecanizada. El episodio clave tiene nombre propio: Lieven Bauwens, un industrial gantés que a finales del siglo XVIII protagonizó un célebre acto de espionaje industrial. En una época en que Inglaterra prohibía bajo pena severa la exportación de su avanzada maquinaria textil, Bauwens logró sacar de contrabando, pieza a pieza, una 'spinning mule' (máquina de hilar) y llevarla a Gante, además de reclutar a obreros ingleses.
Con esa tecnología, Gante se industrializó a gran velocidad a comienzos del siglo XIX, llenándose de fábricas de algodón, chimeneas y obreros. La ciudad se convirtió en el mayor centro de la industria textil de la Europa continental, hasta el punto de ser apodada 'la Mánchester del continente', en referencia a la cuna inglesa de la Revolución Industrial. Esa pujanza trajo riqueza pero también las duras condiciones de la industrialización: barrios obreros hacinados, jornadas agotadoras y trabajo infantil.
No es casual que Gante fuera también una cuna del movimiento obrero y socialista belga. En el siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad vio nacer potentes cooperativas, sindicatos y organizaciones obreras (el imponente edificio Vooruit, hoy centro cultural, fue sede de la cooperativa socialista). Gante fundó además, en 1817, su universidad, que se convertiría en un gran centro de saber y en motor de la ciudad. La herencia industrial dejó su marca en el paisaje urbano, con antiguas fábricas y dársenas que en las últimas décadas se han reconvertido en viviendas, espacios creativos y culturales.
El siglo XX trajo a Gante los avatares comunes a Bélgica: las dos guerras mundiales y la ocupación alemana, de las que la ciudad salió sin la destrucción devastadora que sufrieron otras zonas. En 1913, Gante había acogido una Exposición Universal que impulsó su modernización urbana. Con el declive de la vieja industria textil en la segunda mitad del siglo, la ciudad tuvo que reinventarse, y lo hizo apoyándose en dos grandes bazas: su patrimonio histórico y su universidad.
A lo largo de las últimas décadas, Gante restauró y puso en valor su excepcional casco medieval, con una política de peatonalización pionera (el centro histórico es hoy en gran parte libre de coches) y un célebre 'plan de luz' que ilumina de forma artística sus monumentos por la noche, ganando premios internacionales. A diferencia de Brujas, que vive intensamente del turismo de día, Gante logró mantener un equilibrio entre el visitante y una vida urbana propia, muy marcada por sus decenas de miles de estudiantes, que le dan un ambiente joven, alternativo y creativo.
Hoy Gante es una ciudad vibrante y cosmopolita: capital cultural con festivales de renombre (los diez días de los Gentse Feestenen julio son de los mayores de Europa), pionera en gastronomía vegetariana, con una escena de arte, música y diseño en ebullición, y a la vez guardiana de tesoros como el Cordero Místico de Van Eyck y de un conjunto medieval de primer orden. Ciudad rebelde en su historia y creativa en su presente, Gante encarna quizá mejor que ninguna otra la mezcla flamenca de gran patrimonio y vida auténtica: una ciudad que no vive del pasado, sino con él.