Durbuy existe por el río. En un meandro cerrado del Ourthe, allí donde el agua dibuja una curva pronunciada entre las colinas boscosas de las Ardenas, la naturaleza formó un lugar fácil de defender y de controlar: una lengua de tierra protegida por el río en varios de sus lados, junto a un vado y un paso natural. En una región de bosques densos y relieves ondulados, donde los caminos eran pocos y difíciles, ese punto tenía valor, y por eso fue ocupado desde antiguo.
Las Ardenas fueron, durante la Alta Edad Media, una tierra fronteriza y de paso entre los grandes poderes que se repartieron la herencia del Imperio carolingio. Sobre el meandro del Ourthe, aprovechando la roca que domina el río, se levantó en algún momento una fortificación: el primer castillo de Durbuy, que controlaba el vado y vigilaba el valle. Alrededor de esa fortaleza, al abrigo de sus muros, empezó a agruparse un pequeño caserío de piedra, el germen del futuro pueblo.
Desde el principio, Durbuy fue algo minúsculo: no una gran ciudad comercial como Lieja o Gante, sino un diminuto núcleo feudal encajado entre la roca, el río y el bosque, cuya razón de ser era el castillo. Su historia sería la de tantos pequeños señoríos de las Ardenas: ligada a los grandes ducados de la región, disputada en las guerras que asolaron estas tierras y siempre pequeña. Pero un privilegio del siglo XIV le daría un título singular que la haría famosa siglos después.
El hecho que marcó para siempre la identidad de Durbuy ocurrió en 1331. Ese año, Juan el Ciego, conde de Luxemburgo y rey de Bohemia —una de las grandes figuras de su tiempo, señor de estas tierras ardenesas—, concedió a Durbuy una carta de franquicias que le otorgaba el estatuto de ciudad. Con ella, el pequeño núcleo obtenía derechos y libertades urbanas: podía tener murallas, mercado, cierta autonomía y las prerrogativas propias de las 'villes' medievales.
El estatuto de ciudad no dependía entonces del tamaño ni del número de habitantes, sino de un privilegio jurídico concedido por el señor. Por eso Durbuy, con apenas un puñado de casas apretadas en su meandro, se convirtió oficialmente en 'ciudad', al mismo nivel jurídico que urbes mucho mayores. Ese contraste entre el rango y el tamaño es el origen de su célebre y simpático título: 'la ciudad más pequeña del mundo', una etiqueta que la propia Durbuy reivindicaría con orgullo y humor en los siglos siguientes.
Como ciudad, Durbuy siguió siendo, en la práctica, un lugar diminuto. Su carta le dio prestigio y algunos derechos, pero no cambió su naturaleza: seguía siendo un pequeño enclave feudal dependiente de su castillo y de sus señores, en medio de una comarca rural y boscosa. Su economía era modesta —agricultura, ganadería, algo de artesanía y el control del paso del río—, y su población, minúscula. Pero aquel título de 1331 la acompañaría para siempre y, andando el tiempo, se convertiría en su principal reclamo.
La pequeñez de Durbuy no la libró de la historia. Como toda la región de las Ardenas y del ducado de Luxemburgo —que pasó de los Luxemburgo a los duques de Borgoña y luego a los Habsburgo, integrándose en los Países Bajos españoles y después austríacos—, Durbuy fue arrastrada por las incesantes guerras que asolaron esta parte de Europa entre los siglos XV y XVIII. Los ejércitos que se disputaban los Países Bajos cruzaban una y otra vez las Ardenas, y el pequeño castillo del meandro del Ourthe conoció asedios, tomas y destrucciones.
El castillo de Durbuy fue dañado, destruido y reconstruido en varias ocasiones a lo largo de los siglos, adaptándose a los tiempos: de fortaleza medieval defensiva pasó, en épocas más pacíficas, a residencia señorial. La familia noble de los d'Ursel se convirtió en propietaria del castillo y del señorío, un vínculo que perdura hasta hoy (el castillo sigue siendo propiedad privada de esa familia). El pueblo, a sus pies, se reconstruía tras cada desgracia, siempre con las mismas casas de piedra gris apretadas en el poco espacio disponible entre la roca y el agua.
Durante todo este tiempo, Durbuy conservó su fisonomía de núcleo diminuto y compacto. No creció, porque no podía —la geografía la mantenía encajonada— y porque no había motor económico que lo impulsara. Mientras otras ciudades se expandían con la industria o el comercio, Durbuy permaneció detenida en el tiempo, un pequeño pueblo medieval de las Ardenas que, sin saberlo, estaba conservando intacto el tesoro que lo haría famoso en la era del turismo: su encanto de otra época.
Tras las guerras napoleónicas, Durbuy quedó integrada, como toda la actual Bélgica, primero en el Reino Unido de los Países Bajos y, desde 1830, en el nuevo Estado belga. Siguió siendo durante el siglo XIX y buena parte del XX un pequeño y tranquilo pueblo rural de las Ardenas, dedicado a la agricultura y la ganadería, apartado de las grandes rutas y de la industrialización que transformaba otras regiones de Valonia como la de Lieja o Charleroi.
Su suerte cambió con el auge del turismo en el siglo XX. A medida que los belgas y los visitantes extranjeros empezaron a buscar escapadas de naturaleza y de encanto rural, las Ardenas se convirtieron en el gran destino verde del país, y Durbuy, con su casco medieval intacto, su castillo, su río y su famoso título de 'ciudad más pequeña del mundo', se reveló como una joya. Su pequeñez, que durante siglos había sido una limitación, se transformó de pronto en su mayor atractivo: un pueblo de cuento perfectamente conservado, a escala de miniatura.
En 1977, con la gran reforma de los municipios belgas, la pequeña 'ciudad' de Durbuy se fusionó administrativamente con numerosos pueblos y aldeas de los alrededores para formar un municipio mucho más extenso, que hoy tiene varios miles de habitantes repartidos por un amplio territorio ardenés. Paradójicamente, eso convirtió a la 'ciudad más pequeña del mundo' en la cabecera de uno de los municipios más extensos del país. Pero el viejo núcleo histórico, el Durbuy de piedra del meandro del Ourthe, siguió siendo el corazón y el imán de todo.
La Durbuy actual vive del encanto que el tiempo le regaló. Su viejo casco medieval, con las callejuelas empedradas, las casas de piedra cubiertas de hiedra, el castillo de los d'Ursel sobre la roca y el puente sobre el Ourthe, es uno de los pueblos más visitados y fotografiados de Valonia, meta de escapadas de fin de semana para belgas, neerlandeses y turistas de toda Europa. En temporada alta, la 'ciudad más pequeña del mundo' se llena de visitantes que pasean por sus calles diminutas, compran mermeladas y productos regionales y comen en sus restaurantes.
Porque Durbuy es hoy también un destino gastronómico y de bienestar. Para su tamaño, concentra una notable oferta de hoteles con encanto, spas y restaurantes de calidad, algunos de renombre, que aprovechan los productos de las Ardenas —el jamón, la caza, la trucha— para ofrecer una cocina de terroir muy apreciada. Y a su alrededor se ha desarrollado toda una industria del turismo activo: kayak en el Ourthe, senderismo, ciclismo, parques de aventura con tirolinas, que hacen de la zona un gran patio de recreo natural, especialmente popular entre familias.
Así, un pueblo que durante siglos fue apenas un puñado de casas en torno a un castillo, condenado a la pequeñez por la geografía, ha encontrado en esa misma pequeñez y en su belleza detenida en el tiempo su razón de ser en el siglo XXI. Durbuy es la prueba de que a veces lo diminuto es lo más valioso: una miniatura medieval en el corazón verde de las Ardenas que sigue presumiendo, con una sonrisa, de ser la ciudad más pequeña del mundo.