Bruselas guarda su origen en el propio nombre. La forma más aceptada lo deriva del antiguo neerlandés 'Broekzele' o 'Bruocsella', que significa aproximadamente 'asentamiento en el pantano' (de 'broek', marisma o terreno anegadizo, y 'sella', asentamiento). Y es que la ciudad nació en una zona baja y húmeda, en una isla y a orillas del río Senne (Zenne), un afluente que hoy corre casi por completo entubado bajo el centro pero que fue durante siglos su razón de ser.
La tradición sitúa la fundación hacia el año 979, cuando Carlos de Baja Lotaringia habría establecido una fortificación en la isla de Saint-Géry, en el Senne. La ubicación no era casual: Bruselas se hallaba en la ruta comercial terrestre que unía las prósperas ciudades de Flandes (Brujas, Gante) con Colonia y el Rin. Ese cruce de caminos, sumado al río navegable, convirtió al pequeño puerto fluvial en un centro de comercio e intercambio.
Durante los siglos XI y XII, bajo los condes de Lovaina, que después serían duques de Brabante, Bruselas creció como ciudad mercantil y artesanal, célebre por sus tejidos de lujo y sus tapices. Se levantaron las primeras murallas (un primer recinto del siglo XIII, del que aún quedan restos como la Torre Negra junto a Sainte-Catherine) y la ciudad se organizó en torno a poderosos gremios. El comercio, la industria textil y la posición estratégica cimentaron una prosperidad que atraería, siglos después, a las cortes más brillantes de Europa.
El gran salto de Bruselas llegó en el siglo XV, cuando pasó a la órbita de los duques de Borgoña. Bajo Felipe el Bueno y sus sucesores, la ciudad se convirtió en una de las residencias predilectas de una corte que era, por entonces, una de las más ricas y refinadas de Europa. En la colina del Coudenberg se levantó un imponente palacio ducal, y Bruselas floreció como centro de arte, tapicería, orfebrería y poder político, superando incluso a viejas rivales flamencas.
Por herencia, el ducado de Brabante y los Países Bajos borgoñones pasaron a la Casa de Habsburgo. Bruselas se transformó así en una de las capitales del vasto imperio de Carlos V (Carlos I de España), quien se crió en los Países Bajos y tenía a la ciudad entre sus centros de gobierno. Aquí, en el palacio del Coudenberg, tuvo lugar en 1555 uno de los episodios más célebres de la historia europea: la abdicación de Carlos V, que dividió su imperio entre su hijo Felipe II (España y los Países Bajos) y su hermano Fernando (el Imperio).
Ese mismo palacio del Coudenberg, escenario de tanta historia, ardió en un incendio en 1731 y sus ruinas quedaron sepultadas bajo la actual Plaza Real (Place Royale); hoy se pueden visitar en un sitio arqueológico subterráneo. El período Habsburgo también trajo tensiones religiosas y políticas que desembocarían en la sublevación de los Países Bajos contra Felipe II. Bruselas, a diferencia de las provincias del norte que formarían Holanda, permaneció bajo dominio católico y español (los llamados Países Bajos españoles), con la ciudad como capital administrativa.
El acontecimiento que dio forma a la imagen más célebre de Bruselas fue, paradójicamente, una catástrofe. En agosto de 1695, en el marco de la Guerra de los Nueve Años, las tropas de Luis XIV de Francia, al mando del mariscal De Villeroy, bombardearon la ciudad durante tres días desde las afueras. Fue un castigo desproporcionado, en represalia por ataques aliados a puertos franceses. Los cañones y el fuego arrasaron el corazón de Bruselas: se calcula que ardieron miles de edificios y quedó devastada la Grand Place, entonces el mercado y el centro cívico, con sus casas de madera y las sedes de los gremios.
Sin embargo, la respuesta de la ciudad fue extraordinaria. En apenas cuatro años, los poderosos gremios reconstruyeron sus casas alrededor de la plaza, esta vez en piedra y con una ambición estética sin precedentes. Cada corporación (los panaderos, los cerveceros, los sastres, los arqueros) compitió por levantar la fachada más suntuosa, con frontones barrocos, esculturas, columnas y abundantes detalles dorados. El resultado fue el conjunto armónico y espectacular que hoy admiramos, uno de los ejemplos más completos de arquitectura barroca urbana de Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998.
El Ayuntamiento gótico, del siglo XV, con su torre de 96 metros, había sobrevivido en parte al bombardeo y presidió la reconstrucción. Así, la Grand Place condensa en un solo espacio la historia de Bruselas: la altiva torre municipal del poder comunal medieval y las opulentas casas gremiales del renacer barroco tras la destrucción. Que la mayor belleza de la ciudad naciera de su mayor desgracia es, quizás, muy propio del espíritu resiliente y algo surrealista de esta capital.
Tras el dominio español y luego austríaco de los Países Bajos meridionales, y un paréntesis bajo la Francia revolucionaria y napoleónica, el Congreso de Viena de 1815 unió los territorios del norte y del sur en un solo Reino Unido de los Países Bajos, bajo el rey Guillermo I de Orange. Pero la unión entre el norte protestante y neerlandófono y el sur mayoritariamente católico y en buena parte francófono fue tensa desde el principio, por motivos religiosos, políticos, lingüísticos y económicos.
El estallido llegó en Bruselas. La noche del 25 de agosto de 1830, tras una representación de la ópera 'La muda de Portici' en el Teatro de la Moneda (La Monnaie / De Munt), cuyo tema patriótico encendió los ánimos, el público salió a la calle y desató una insurrección. Los combates callejeros se concentraron en torno al parque de Bruselas, donde los revolucionarios resistieron a las tropas neerlandesas. La revolución triunfó y se proclamó la independencia de Bélgica.
Un Congreso Nacional redactó una constitución liberal avanzada para la época y ofreció el trono al príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo, que en 1831 se convirtió en Leopoldo I, primer rey de los belgas. Bruselas fue designada capital del nuevo Estado. A lo largo del siglo XIX, la ciudad se transformó profundamente: se entubó el contaminado río Senne y se trazaron grandes bulevares al estilo parisino, se levantaron el colosal Palacio de Justicia y, bajo el reinado de Leopoldo II, monumentos como el Parque del Cincuentenario. La riqueza de esa época estuvo también ligada, de forma oscura, a la brutal explotación colonial del Congo por parte de Leopoldo II, un capítulo que Bélgica revisa hoy críticamente.
El siglo XX fue intenso para Bruselas. Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la ciudad fue ocupada por las tropas alemanas, aunque sufrió menos destrucción física que otras regiones de Bélgica. La comunidad judía de Bruselas fue perseguida y deportada durante la ocupación nazi, en su mayoría a través del campo de tránsito de Malinas rumbo a Auschwitz. La ciudad fue liberada en septiembre de 1944.
El gran hito de la posguerra fue la Exposición Universal de 1958, la Expo 58, la primera exposición internacional tras el conflicto. Fue un enorme escaparate del optimismo tecnológico y la reconstrucción, y dejó a la ciudad su símbolo moderno más reconocible: el Atomium, la gigantesca celda de cristal de hierro diseñada por André Waterkeyn, pensada como emblema de la era atómica y del progreso pacífico. La Expo modernizó infraestructuras, atrajo millones de visitantes y proyectó a Bruselas al mundo.
En paralelo, la ciudad iba asumiendo un papel que la definiría hasta hoy: el de capital de la construcción europea. Desde los años cincuenta, Bruselas fue acogiendo las instituciones de la Comunidad y luego de la Unión Europea. Hoy es sede de la Comisión Europea (el edificio Berlaymont), del Consejo de la UE y de buena parte de la actividad del Parlamento Europeo, además de la sede de la OTAN. Ese barrio europeo, alrededor de la plaza Schuman, convive con la Bruselas histórica y con una realidad social compleja: una ciudad oficialmente bilingüe francés-neerlandés, profundamente cosmopolita y multicultural, con grandes comunidades de origen magrebí, subsahariano, turco y del resto del mundo. Capital de un país federal complicado y capital de facto de Europa, la Bruselas de hoy sigue siendo, como en su origen, un cruce de caminos y culturas.