Brujas nació del miedo y del agua. En el siglo IX, las costas de Flandes sufrían las incursiones de los vikingos (normandos), que remontaban los ríos y saqueaban los asentamientos. Para defenderse, el conde Balduino I de Flandes, apodado 'Brazo de Hierro', levantó hacia el año 865 una fortificación en el lugar donde hoy se alza la plaza del Burg, cuyo nombre (del germánico 'burg', fortaleza) recuerda ese origen. Alrededor de ese castillo se fue formando el asentamiento que daría lugar a la ciudad.
El origen del nombre 'Brugge' es discutido. La hipótesis más aceptada lo relaciona con el nórdico antiguo 'bryggja', que significa embarcadero o puerto, un vestigio de los contactos (comerciales y violentos) con los escandinavos; otras teorías lo vinculan con una palabra germánica para 'puente'. Sea cual sea el origen, el nombre apunta a lo que sería la esencia de la ciudad: un lugar de agua, puentes y embarcaderos.
La gran ventaja de Brujas era su conexión con el mar. Un brazo de mar natural, el Zwin, penetraba tierra adentro y permitía que los barcos llegaran casi hasta la ciudad a través de un antepuerto en Damme. Esa salida al Mar del Norte, en una época en que el transporte marítimo lo era todo, convirtió a Brujas en un punto ideal para el comercio. Ya en los siglos X y XI, la ciudad crecía como centro mercantil y textil, sentando las bases del esplendor que llegaría en los siglos siguientes.
Entre los siglos XII y XV, Brujas vivió una edad de oro que la convirtió en una de las ciudades más ricas y cosmopolitas de Europa. Fue uno de los grandes centros de la industria textil flamenca, famosa por sus paños de lana de altísima calidad (con lana importada de Inglaterra), y sobre todo un nodo comercial de primer orden, donde se cruzaban las rutas del norte y del sur del continente.
Brujas fue uno de los principales enclaves de la Liga Hanseática, la poderosa alianza de ciudades comerciales del norte de Europa, y a su puerto llegaban mercancías de todo el mundo conocido: paños, especias, vino, pieles, cera, metales. Mercaderes de Italia (genoveses, venecianos, florentinos), de Castilla, de Portugal, de Inglaterra y de la Hansa tenían en la ciudad sus casas, consulados y almacenes. En la plaza donde estaba la posada de la familia Van der Beurze nació, hacia el siglo XIII-XIV, lo que se considera la primera bolsa de valores del mundo: de ahí que en muchos idiomas la bolsa se llame 'beurs', 'bourse' o 'börse'.
Esa prosperidad se tradujo en un extraordinario patrimonio artístico y arquitectónico: se levantaron el campanario (símbolo de las libertades comunales), el ayuntamiento gótico, las iglesias y las casas de mercaderes que hoy admiramos. Brujas se convirtió además en una de las cunas del arte flamenco: aquí trabajaron y murieron Jan van Eyck, uno de los padres de la pintura al óleo, y más tarde Hans Memling, cuyas obras maestras siguen en la ciudad. La corte de los duques de Borgoña, que dominaban Flandes, hizo de Brujas una de sus residencias, aportando lujo y refinamiento. En su apogeo, la ciudad pudo tener unos 40.000 o 45.000 habitantes, una cifra enorme para la época.
El esplendor comercial de Brujas convivió con intensas tensiones sociales y políticas, sobre todo con el poder del rey de Francia, que aspiraba a controlar el rico condado de Flandes. Esa tensión estalló de forma dramática en 1302. En la madrugada del 18 de mayo de ese año, los ciudadanos de Brujas se levantaron contra la guarnición francesa que ocupaba la ciudad en un episodio conocido como los 'Maitines de Brujas' (Brugse Metten). Según la tradición, los rebeldes, dirigidos por figuras como el tejedor Pieter de Coninck y el carnicero Jan Breydel, identificaban a los franceses haciéndoles pronunciar una frase en flamenco difícil de decir con acento francés ('schild en vriend', escudo y amigo); quienes no la decían bien, eran ejecutados. Fue una masacre de la guarnición y de los partidarios del rey.
La represalia francesa no se hizo esperar, pero desembocó en una de las victorias más celebradas de la historia flamenca. El 11 de julio de 1302, cerca de Kortrijk (Courtrai), una milicia flamenca formada en gran parte por artesanos y campesinos a pie derrotó al orgulloso ejército de caballería noble francesa en la batalla de las Espuelas de Oro (Guldensporenslag). El nombre viene de las cientos de espuelas doradas que los flamencos recogieron de los caballeros franceses muertos y colgaron como trofeo. Fue un hito: una infantería popular venciendo a la flor de la caballería feudal.
Aquella jornada quedó grabada en la memoria colectiva flamenca como símbolo de identidad y resistencia, hasta el punto de que el 11 de julio es hoy el día festivo oficial de la Comunidad Flamenca. En la Grote Markt de Brujas, la estatua de Breydel y De Coninck recuerda a los héroes de 1302. El episodio muestra la fuerza de las ciudades flamencas y de sus gremios en la Baja Edad Media.
La grandeza de Brujas dependía por completo de su acceso al mar a través del Zwin, y ese fue también el origen de su caída. A lo largo del siglo XV, el brazo de mar comenzó a colmatarse de sedimentos y a hacerse cada vez menos navegable. Los grandes barcos ya no podían llegar al antepuerto, y el comercio marítimo, que era la vida de la ciudad, se fue trasladando a otro puerto en ascenso, mejor conectado: Amberes, sobre el río Escalda, que heredaría el papel de gran metrópoli comercial de los Países Bajos.
A ese golpe geográfico se sumaron factores políticos. La muerte de María de Borgoña en 1482 y los conflictos entre las ciudades flamencas y los Habsburgo (Brujas llegó a rebelarse y a retener prisionero al futuro emperador Maximiliano I en 1488) deterioraron aún más la posición de la ciudad. Poco a poco, mercaderes y banqueros extranjeros cerraron sus casas y se marcharon. Brujas, que había sido una de las capitales económicas de Europa, se hundió en una larga y profunda decadencia que se prolongaría durante siglos.
Paradójicamente, esa ruina fue su salvación patrimonial. Al quedar económicamente estancada, la ciudad no tuvo dinero ni motivos para demoler sus edificios medievales y construir de nuevo, como sí hicieron las urbes prósperas. Brujas quedó, en cierto modo, 'congelada' en el tiempo, con su tejido medieval intacto pero empobrecida y silenciosa. En 1892, el escritor Georges Rodenbach publicó la novela 'Bruges-la-Morte' ('Brujas la muerta'), que fijó la imagen romántica y melancólica de una ciudad-museo dormida entre sus canales. Esa misma imagen, curiosamente, empezó a atraer a los primeros turistas y artistas, sembrando el renacimiento moderno de Brujas.
El redescubrimiento de Brujas comenzó en el siglo XIX. Los viajeros románticos, atraídos por su atmósfera medieval y melancólica, empezaron a visitarla, y la ciudad tomó conciencia del valor de su patrimonio. Se emprendieron importantes restauraciones (a veces con criterios muy libres, 'reconstruyendo' un pasado idealizado en estilo neogótico) y se impulsó su imagen como joya histórica. A comienzos del siglo XX se intentó incluso devolverle su vocación marítima con la construcción de un puerto moderno en la costa, Zeebrugge, conectado por canal, que hoy es uno de los mayores puertos de Europa, aunque separado del casco histórico.
Durante las dos guerras mundiales, Brujas fue ocupada por los alemanes, pero, a diferencia de otras ciudades belgas, salió relativamente indemne de la destrucción, lo que ayudó a preservar su excepcional conjunto medieval. En la segunda mitad del siglo XX, el turismo se convirtió en el gran motor económico de la ciudad, que supo poner en valor sus museos, sus canales, su chocolate y su cerveza.
El reconocimiento definitivo llegó en el año 2000, cuando la Unesco inscribió el centro histórico de Brujas en la lista de Patrimonio de la Humanidad, valorando su carácter de ejemplo excepcional de ciudad histórica medieval que ha conservado su tejido urbano. Ese mismo año Brujas fue Capital Europea de la Cultura (2002). Hoy, la ciudad vive en gran medida del turismo, con los desafíos que eso implica: la masificación en temporada alta y el equilibrio entre preservar su autenticidad y atender a millones de visitantes. Aun así, quien la recorre temprano o al atardecer, cuando los grupos de día se han ido, todavía puede sentir el silencio y la magia de aquella 'Brujas la muerta' que enamoró a los románticos.