Pocas ciudades tienen un origen tan literal en el barro como Klagenfurt. El primer asentamiento se levantó en una zona pantanosa y propensa a las inundaciones, junto a un vado del río Glan, en la llanura que se abre al este del lago Wörthersee. Aquel terreno insalubre resultó tan poco práctico que, hacia 1246, el duque Bernardo de Spanheim decidió trasladar el mercado a un lugar más seguro y elevado. Por eso se lo considera el verdadero fundador de la ciudad, que en 1252 recibió su carta de villa. Drenar las marismas y excavar un canal (el Lendkanal) que conectara la ciudad con el lago fueron tareas decisivas de aquellos primeros siglos.
De ese entorno de aguas y ciénagas nació también la leyenda que daría a Klagenfurt su símbolo eterno: el Lindwurm, un dragón que, según la tradición medieval, habitaba los pantanos y causaba inundaciones y desgracias, hasta que unos valientes lo atraparon usando un toro atado a una cadena como cebo. La historia sería solo folclore de no ser por un hallazgo asombroso: en 1335 se descubrió, en una cantera cercana conocida como el 'sepulcro del dragón', un enorme cráneo que los habitantes tomaron por la prueba física del monstruo. Aquel cráneo se exhibió con orgullo durante siglos.
Cuando, a finales del siglo XVI, se talló la gran fuente del dragón que hoy preside la plaza mayor (la Neuer Platz), los escultores usaron ese cráneo como modelo para la cabeza de la bestia. El resultado es una de las estatuas más singulares de Europa y, sin que nadie lo supiera entonces, una de las primeras 'reconstrucciones' de un animal extinto de la historia. Porque, ya en el siglo XIX, los zoólogos identificaron por fin el cráneo: no pertenecía a ningún dragón, sino a un rinoceronte lanudo de la Edad de Hielo, un animal desaparecido milenios atrás. El fósil original se conserva en el Museo Regional de Carintia. Klagenfurt es, así, la ciudad donde la mitología medieval y la paleontología se dan la mano.
Durante la Edad Media, Klagenfurt fue una villa modesta y poco relevante, a la sombra de otras plazas de Carintia. Todo cambió por una catástrofe. En 1514, un incendio devastador redujo la pequeña ciudad prácticamente a cenizas. El emperador Maximiliano I, para ahorrarse el enorme coste de reconstruirla, tomó una decisión insólita: en 1518 regaló la ciudad a los Estados de Carintia, es decir, a la asamblea de la nobleza y los estamentos del ducado. Fue un caso único en la historia austríaca, y transformó por completo el destino de Klagenfurt, que además pasó a ser la nueva capital de Carintia.
Los Estados no escatimaron. Con considerables recursos, reconstruyeron Klagenfurt siguiendo los ideales urbanísticos del Renacimiento, y crearon lo que hoy se considera la única 'ciudad ideal' renacentista de la actual Austria: un trazado regular de manzanas rectangulares y calles rectas, rodeado de imponentes fortificaciones y fosos (levantados entre 1527 y 1591, en parte para defenderse de la amenaza otomana). A partir de la década de 1570 se multiplicaron las obras dentro de las murallas, con tres grandes proyectos: el Landhaus, sede política de los Estados; el Bürgerspital, una suerte de hospital; y el Collegium sapientiae et pietatis, una institución educativa humanista, embrión de la universidad actual. Los elegantes patios porticados de estilo italiano, que todavía se descubren cruzando los portales del casco, son herencia de aquella época.
No fue un camino sin sobresaltos. A lo largo de los siglos siguientes, Klagenfurt sufrió nuevos incendios, terremotos, plagas de langostas, incursiones otomanas y los estragos de las guerras campesinas. Pero su estructura renacentista sobrevivió, y con ella la identidad de una ciudad que se había reinventado literalmente desde las cenizas. La joya de aquel esplendor es la Gran Sala de los Escudos (Wappensaal) del Landhaus, con sus 665 blasones de las familias nobles de Carintia y su espectacular fresco ilusionista, uno de los interiores históricos más bellos de Austria.
El episodio más delicado de la historia moderna de Klagenfurt y de Carintia se vivió tras la Primera Guerra Mundial. Con el hundimiento del Imperio austrohúngaro en 1918, el sur de Carintia, de población mixta germano-eslovena, quedó en disputa entre la nueva y frágil República de Austria y el recién creado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (la futura Yugoslavia). Hubo enfrentamientos armados en la región (la llamada 'lucha defensiva' carintia), hasta que las potencias vencedoras decidieron que fuera la propia población la que eligiera su país mediante un plebiscito, bajo supervisión internacional.
Para la consulta, la cuenca de Klagenfurt se dividió en dos zonas. La Zona A, al sur, con mayoría de población eslovenoparlante, votaría primero; solo si esa zona optaba por Yugoslavia se celebraría después la votación en la Zona B, más al norte, que incluía la propia ciudad de Klagenfurt. El plebiscito de la Zona A se celebró el 10 de octubre de 1920. El resultado sorprendió a muchos: 22.025 votos (el 59,1%) se pronunciaron por permanecer en Austria, frente a 15.279 (el 40,9%) partidarios de la unión con el reino yugoslavo. Como la Zona A había elegido Austria, la Zona B ni siquiera llegó a votar, y toda la región quedó en territorio austríaco.
El dato revelador es que una parte significativa de los votantes eslovenoparlantes optó por seguir en Austria, por razones económicas, administrativas y de arraigo local más que por identidad nacional. El plebiscito se recuerda hoy en Austria como un ejemplo de resolución pacífica y democrática de un conflicto fronterizo, pero también dejó una herida: al sur de la nueva frontera quedaron eslovenos que habrían preferido Yugoslavia, y al norte, en Carintia, una minoría eslovena que a partir de entonces viviría dentro de Austria. La fecha del 10 de octubre es todavía hoy jornada conmemorativa en Carintia, y el episodio se aborda con creciente matiz y respeto por todas las sensibilidades.
La minoría eslovena de Carintia (los eslovenos carintios, Kärntner Slowenen) es una comunidad autóctona con siglos de arraigo en el sur del estado, con su lengua, sus asociaciones culturales y su tradición literaria. Su reconocimiento quedó consagrado sobre el papel en el Tratado de Estado de 1955, que devolvió la plena soberanía a Austria y garantizó derechos a la minoría, incluida la señalización bilingüe en los municipios con presencia eslovena significativa. Pero llevar ese derecho a la práctica costó décadas y generó uno de los conflictos internos más enconados de la Austria de posguerra.
El punto más caliente fueron, precisamente, los carteles de nombres de lugar en alemán y esloveno. En 1972, un intento de colocarlos desató la llamada 'guerra de los carteles' (Ortstafelsturm), cuando grupos nacionalistas alemanes arrancaron por la fuerza las señales bilingües recién instaladas. Durante años, el asunto quedó bloqueado, alimentado por la política local y por figuras que hicieron bandera del rechazo al bilingüismo. Incluso una sentencia del Tribunal Constitucional austríaco a favor de más carteles quedó sin cumplirse durante largo tiempo.
La solución llegó, tras casi cuatro décadas de tira y afloja, en 2011. Ese año se alcanzó un acuerdo histórico que fijó la instalación de 168 carteles bilingües alemán-esloveno en los municipios correspondientes, e incluyó además una 'cláusula de apertura' que permite añadir señales en otras localidades si sus habitantes lo piden claramente. El pacto, respaldado por los representantes eslovenos y por el gobierno regional y federal, cerró en gran medida una herida que se remontaba al plebiscito de 1920. Hoy, recorrer el sur de Carintia y ver los carteles en dos idiomas es la señal visible de una convivencia que costó mucho alcanzar, y un recordatorio de la riqueza cultural de esta tierra de frontera.
Para su tamaño, Klagenfurt ha dado a la literatura en lengua alemana una cosecha extraordinaria. Aquí nació, en 1880, Robert Musil, autor de 'El hombre sin atributos', una de las novelas más ambiciosas y célebres del siglo XX (inacabada a su muerte en el exilio, en 1942). Su casa natal alberga hoy el Robert-Musil-Literatur-Museum. Y aquí nació también, en 1926, Ingeborg Bachmann, poeta y narradora fundamental de la posguerra europea, que pasó su infancia y juventud en la ciudad antes de brillar en Viena, Roma y el mundo. Esa herencia se celebra cada verano con el prestigioso Premio Ingeborg Bachmann (Bachmannpreis), cuyas jornadas literarias se televisan desde Klagenfurt y convierten a la ciudad, durante unos días, en capital de las letras alemanas.
El Klagenfurt actual es una capital regional soleada y agradable, con unos 100.000 habitantes, que combina su casco renacentista y su dragón con la vida junto al Wörthersee, uno de los grandes destinos de baño de Austria por lo templado de sus aguas turquesas. Su posición en el extremo sur del país, a un paso de Eslovenia e Italia, le da un aire de encrucijada alpino-adriática que se nota en la gastronomía, en el clima y en el carácter de la gente. Atracciones como Minimundus o la torre Pyramidenkogel completan una oferta muy familiar.
En los últimos años, además, Klagenfurt ha ganado conexión con el resto de Austria. La apertura, en diciembre de 2025, del túnel de base del Koralm —un túnel ferroviario de 33 kilómetros bajo los montes Koralpe, pieza central de la nueva línea de alta velocidad Koralmbahn— recortó el viaje a Graz a apenas 41 minutos (antes, unas tres horas) y acercó la ciudad a Viena. Es un salto histórico para una capital que durante siglos estuvo algo aislada tras las montañas, y que ahora se integra plenamente en la red rápida del sur de Austria. De la ciudad nacida en un pantano y su dragón fósil al tren de alta velocidad que la conecta con el país, Klagenfurt sigue reinventándose sin perder su carácter luminoso y fronterizo.