Antes de que existiera Austria, antes incluso de que el latín llegara a estas orillas, ya había un asentamiento en la colina que hoy ocupa la Ciudad Alta de Bregenz. Lo habitaban los brigantios, una tribu celta que dio nombre al lugar: Brigantion. Su posición, sobre el extremo oriental del gran lago de Constanza y en el cruce de rutas alpinas, lo hacía estratégico, y por eso atrajo la atención de Roma.
Hacia el año 15 a. C., tras una serie de campañas, los romanos conquistaron la región alpina y se hicieron con Brigantion. Con ellos, el asentamiento celta se transformó en la ciudad romana de Brigantium, que hacia el año 50 d. C. recibió el rango de municipio. No fue una plaza cualquiera: Brigantium se convirtió en la sede de la flota romana del lago de Constanza (la 'almirantazgo' del Bodensee), y llegó a tener teatro, termas y las infraestructuras de una ciudad próspera del Imperio. Durante siglos, el lago fue una vía romana de comunicación y comercio, y Bregenz, su puerto principal en la orilla oriental.
Como tantas ciudades del limes, Brigantium sufrió el empuje de los pueblos germánicos. Hacia los años 259-260 fue arrasada por los alamanes, que acabarían asentándose en la región hacia el siglo V. De aquel esplendor romano quedan hoy restos arqueológicos y el eco de un nombre; pero también algo más duradero: fueron los alamanes quienes dejaron en el Vorarlberg el dialecto alemánico, tan parecido al suizo, que todavía distingue a Bregenz del resto de Austria. La ciudad conserva, en su lengua y en su carácter, la huella de aquellos primeros siglos.
Tras la caída de Roma y los siglos oscuros, Bregenz resurgió en la Edad Media alrededor de su castillo, sobre la colina. Desde el año 917, la fortaleza fue residencia de la dinastía de los Udalrichinger, que se hacían llamar condes de Bregenz y gobernaban buena parte de lo que hoy es el Vorarlberg. Bajo su mando, el asentamiento fue creciendo hasta formar el núcleo amurallado que todavía se conserva como Oberstadt (Ciudad Alta), con sus calles empedradas, sus puertas y sus torres.
Hacia 1160, la herencia de los condes de Bregenz pasó a una de las familias más importantes del suroeste alemán y alpino: los condes de Montfort. Durante más de tres siglos, los Montfort dominaron Bregenz y buena parte de la región, dejando su marca en castillos, iglesias y en la propia trama de la ciudad. Fue una época de vida feudal, comercio de lago y disputas dinásticas, en la que Bregenz consolidó su papel de plaza principal de la orilla oriental del Bodensee.
El poder de los Montfort fue debilitándose, y sus territorios se vendieron o traspasaron por partes a la gran potencia de la región: la casa de Habsburgo. Bregenz pasó definitivamente a manos de los Habsburgo entre 1523 y 1525, integrándose en los dominios austríacos, con los que compartiría desde entonces su destino. La Ciudad Alta, con su emblemática Torre de San Martín (Martinsturm) —cuya gran cúpula bulbosa se levantó en el siglo XVII— quedó como testimonio de aquellos siglos medievales en los que Bregenz fue tierra de condes.
El episodio más singular de la historia moderna de Bregenz y su región ocurrió tras la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. En 1918, el Imperio austrohúngaro se derrumbó, y de sus ruinas nació una pequeña, empobrecida y tambaleante República de Austria. En el extremo occidental del país, el Vorarlberg —con Bregenz como capital— miraba con desconfianza a la lejana y arruinada Viena, y con esperanza a la próspera, neutral y estable Suiza, con la que compartía lengua alemánica, geografía y afinidades culturales.
Aquel sentimiento cristalizó en las urnas. El 11 de mayo de 1919 se celebró en el Vorarlberg un referéndum sobre la posibilidad de iniciar negociaciones para que el estado se uniera a la Confederación Helvética. El resultado fue rotundo: más del 80% de los votantes (un 80,75%) se pronunció a favor de explorar la adhesión a Suiza. Era una expresión democrática clara del deseo de una región de cambiar de país.
Pero la decisión no estaba en manos de los vorarlbergueses. Las potencias vencedoras de la guerra tenían otros planes para el mapa de Europa central. El Tratado de Saint-Germain de 1919, que fijó las condiciones para Austria, no contemplaba que el Vorarlberg se separara; y la propia Suiza, dividida internamente y temerosa de romper sus equilibrios internos (entre otras cosas, sumar un cantón católico y germanófono), no mostró entusiasmo por acoger al territorio. El deseo mayoritario de la región fue, sencillamente, ignorado. El Vorarlberg quedó en Austria, donde permanece, aunque conserva hasta hoy una identidad propia y un punto de orgullo por aquel 'cantón que no fue'. La anécdota, lejos de ser folclore, ayuda a entender por qué Bregenz mira tanto hacia Suiza y el lago compartido, y tan poco hacia el este.
La historia contemporánea de Bregenz está marcada por una idea genial nacida de la escasez. En 1946, con Europa en ruinas apenas un año después del final de la Segunda Guerra Mundial y con Austria bajo ocupación aliada, un puñado de entusiastas quiso devolver algo de belleza y esperanza a la ciudad. No tenían un gran teatro, pero tenían el lago. Así que montaron el escenario sobre el agua: dos gabarras de grava ancladas en el Bodensee, una para el escenario y otra para la orquesta, y estrenaron la ópera 'Bastián y Bastiana' del joven Mozart. Ya en aquella primera edición acudió público de Alemania, Suiza y Francia. Había nacido el Festival de Bregenz (Bregenzer Festspiele).
Lo que empezó como un apaño de posguerra se reveló una fórmula irrepetible. La idea de representar ópera al aire libre, sobre el lago, con la naturaleza como telón de fondo, resultó tan mágica como popular. En 1950 se construyó la primera plataforma de madera sobre pilotes y una grada en la orilla para 6.500 espectadores; en los años siguientes, escenógrafos de renombre convirtieron el entorno natural en parte del espectáculo, y el escenario del lago —la Seebühne— fue creciendo hasta convertirse en el mayor escenario flotante del mundo. La inauguración del Festspielhaus (la sala cubierta) en 1980 dio al conjunto su estructura actual.
Hoy el Festival de Bregenz atrae cada verano a unos 200.000 espectadores de todo el mundo. Sus producciones sobre el lago son célebres por sus decorados colosales y audaces, que usan el agua como prolongación del escenario y que se renuevan cada dos años (una misma ópera se representa dos veranos seguidos). Algunos de esos escenarios monumentales se han hecho tan famosos que llegaron al cine, como el que aparece en una película de James Bond. En 2026, con 'La Traviata' de Verdi en cartel, el festival celebra su 80º aniversario: ocho décadas desde que dos gabarras convirtieron a una pequeña capital de provincia en una de las citas operísticas más originales del planeta.
El Bregenz actual es una ciudad pequeña —apenas unas decenas de miles de habitantes— pero con un peso cultural muy superior a su tamaño. Capital del Vorarlberg, el estado más occidental y uno de los más prósperos de Austria, se ha convertido en un referente inesperado del arte y el diseño contemporáneos. El Kunsthaus Bregenz (KUB), inaugurado en 1997 en un cubo de vidrio y hormigón obra del arquitecto suizo Peter Zumthor (Premio Pritzker), es una de las salas de arte contemporáneo más respetadas de Europa, y ha puesto a la ciudad en el mapa cultural internacional junto al festival.
Esa vocación de diseño no es casual: todo el Vorarlberg es célebre en el mundo de la arquitectura por su reinvención de la construcción en madera, que combina la tradición artesanal de los pueblos del Bregenzerwald con un modernismo sobrio y ecológico. Bregenz es la puerta de entrada a esa región, y una muestra de cómo un territorio pequeño puede tener una identidad cultural fortísima. La ciudad vive también de cara al lago: el paseo del Bodensee, los baños de verano, los barcos que cruzan a Alemania y Suiza y una calidad de vida que la sitúa entre las mejores de Austria.
Bregenz es, en definitiva, una ciudad de fronteras y de encuentros. Aquí se tocan tres países, se habla un alemán que suena a suizo, se paga en euros pero se mira al franco, y se combinan la ópera monumental sobre el agua con la vida tranquila de una capital de provincia alpina. De la Brigantium romana a la Seebühne, pasando por los condes de Montfort y el referéndum de 1919, Bregenz ha sido siempre un lugar de cruce: entre pueblos, entre lenguas, entre países y entre épocas. Y en ese cruce, junto a su lago compartido, ha encontrado una personalidad única en toda Austria.