Antes de que existiera una sola vid, antes de que un solo colono alemán pusiera un pie en el valle, esta tierra ondulada entre colinas ya tenía dueños y nombre. Durante decenas de miles de años, el territorio que hoy llamamos Barossa fue el hogar espiritual y físico de los pueblos Peramangk, Ngadjuri y Kaurna, cuya conexión cultural con este Country sigue viva en pleno siglo XXI.
Los Peramangk ocupaban las tierras altas de la Barossa Range y los Adelaide Hills; los Ngadjuri, las llanuras hacia el norte; y los Kaurna, la planicie de Adelaida hacia el sur. El valle era zona de encuentro, de rutas de intercambio y de recursos estacionales. La evidencia de esa presencia milenaria está por todas partes para quien sabe mirar: artefactos de piedra, 'scar trees' (árboles a los que se les quitó corteza para hacer escudos, canoas o recipientes) y pinturas en abrigos rocosos.
Esta ocupación no era pasiva: como en toda Australia, los pueblos manejaban el paisaje con fuego, cuidaban las fuentes de agua y mantenían un conocimiento profundo de las estaciones, las plantas y los animales. Cuando los europeos llegaron y vieron un valle 'fértil y vacío', estaban viendo, en realidad, el resultado de ese cuidado ancestral, y no tardarían en desplazar a quienes lo habían sostenido. Reconocer a los Peramangk, Ngadjuri y Kaurna como los primeros custodios de Barossa es el punto de partida honesto de cualquier historia del valle.
El nombre del valle esconde una historia curiosa que nada tiene que ver con el vino ni con Alemania, sino con una batalla en España. El coronel William Light, el mismo que diseñaría Adelaida, había combatido en las guerras napoleónicas de la Península Ibérica. En 1811 participó en la batalla de Barrosa, una victoria británica sobre los franceses librada en la sierra de Barrosa, en Andalucía, cerca de Cádiz.
Cuando Light exploró y cartografió esta región de Australia Meridional, hacia 1837, bautizó las colinas en memoria de aquella batalla: Barrosa Range. Pero un error de copia -de algún escribiente que transcribió mal el mapa- transformó la doble 'r' y cambió la grafía, y el valle quedó para siempre como 'Barossa'. Un topónimo español, mal escrito, aplicado a un valle que se llenaría de alemanes y se haría famoso por un vino de origen persa (el Shiraz). La historia de Barossa es, desde el nombre, un cruce de mundos.
Ese azar toponímico convive con los nombres que le pusieron sus pobladores alemanes, que llamaron a la región 'Neu-Schlesien' (Nueva Silesia), y con los nombres aborígenes originales, que la lengua colonial en gran parte borró. Hoy, el valle recupera lentamente esa capa: se reconoce a los pueblos originarios en ceremonias y señalética, y su presencia vuelve a hacerse visible en la narrativa oficial de Barossa.
La historia que hizo famoso a Barossa empieza con una persecución religiosa a miles de kilómetros. En la Prusia de la década de 1830, el rey intentó imponer una unión de las iglesias protestantes que muchos luteranos 'viejos' rechazaron. Perseguidos por mantener su fe, campesinos y artesanos de Silesia y Posen buscaron un lugar donde practicar su religión en libertad. Lo encontraron en la joven colonia libre de Australia Meridional, que ofrecía justamente eso: libertad religiosa y tierra.
Liderados por pastores como August Kavel y Gotthard Daniel Fritzsche, y financiados en parte por el empresario George Fife Angas, los primeros silesios llegaron a comienzos de los 1840. En 1842, veintisiete familias se establecieron junto al arroyo Tanunda y fundaron Bethanien -hoy Bethany-, el primer asentamiento alemán del valle. Trazaron sus granjas al estilo de las aldeas silesias, en hileras (Hufendorf), levantaron iglesias luteranas y llamaron a su nueva tierra Neu-Schlesien, Nueva Silesia. Pronto surgieron Tanunda, Angaston, Nuriootpa y Lyndoch.
Estos colonos trajeron con ellos algo más que su fe: trajeron esquejes de vid desde Europa. Y aquí ocurrió un golpe de suerte histórico. Australia Meridional fue la única colonia con una política de cuarentena estricta que restringió la importación de material de parra. Cuando la plaga de la filoxera devastó los viñedos del Viejo Mundo y de buena parte de Australia a fines del siglo XIX, las viñas de Barossa quedaron intactas. Por eso, parras de Shiraz plantadas en la década de 1840 -entre las más antiguas del planeta- todavía dan uvas hoy.
Los colonos alemanes eran granjeros, no necesariamente vinateros de tradición, pero el clima cálido y seco de Barossa y sus suelos resultaron ideales para la uva, sobre todo para el Shiraz (la Syrah del Ródano francés). Ya en la década de 1840 se plantaban viñedos; el que hoy se reconoce como el viñedo de Shiraz en producción más antiguo del mundo data de 1843. A esas parras se sumaron familias que se volverían legendarias: los Seppelt, que fundaron Seppeltsfield en 1851 y su avenida de palmeras; los Yalumba de los Smith en Angaston; y, más tarde, Penfolds, cuya joya, el Grange creado por Max Schubert en los años 50, se convertiría en el vino australiano más célebre del mundo.
Durante más de un siglo, Barossa produjo sobre todo vinos fortificados (oporto y jerez al estilo australiano) y vino a granel. La cultura germana persistió con fuerza: se hablaba alemán, se comía mettwurst y streuselkuchen, las bandas de metales tocaban en las fiestas. Esa identidad sufrió durante la Primera Guerra Mundial, cuando el sentimiento antialemán llevó a rebautizar muchos pueblos y calles con nombres ingleses, una herida cultural que el valle tardó en sanar.
El gran renacimiento llegó en la segunda mitad del siglo XX, cuando el gusto mundial viró hacia los vinos secos de mesa y Barossa redescubrió el tesoro que tenía entre manos: sus viejas parras de Shiraz. Enólogos que rescataron esos viñedos antiguos -en lugar de arrancarlos, como llegó a proponer un plan gubernamental en los 80- pusieron a Barossa en el mapa global como productora de tintos potentes, concentrados y longevos. El valle pasó de granero a icono enológico.
El Barossa del siglo XXI es a la vez tradición y sofisticación. Conviven las grandes marcas de fama mundial -Penfolds, Seppeltsfield, Jacob's Creek, Wolf Blass, Yalumba- con decenas de bodegas familiares que trabajan parras de más de 150 años, muchas protegidas por el Barossa Old Vine Charter, un registro que clasifica las viñas según su edad y celebra las más ancestrales. Beber un vino de esas parras es, literalmente, probar una conexión ininterrumpida con los colonos silesios de la década de 1840.
La herencia alemana sigue siendo el alma cultural del valle: en las iglesias luteranas, en las panaderías y carnicerías artesanales, en festivales como el Barossa Vintage Festival -el festival de vino más antiguo de Australia, que se celebra en abril de los años impares desde 1947- y en el idioma 'Barossa German' que aún se escucha en algunos mayores. A esa base se sumó una escena gastronómica de primer nivel, con figuras como Maggie Beer y restaurantes de bodega que hacen de Barossa un destino gourmet completo.
Y, cada vez con más fuerza, el valle reconoce su capa más profunda. Programas de reconciliación, señalética en lenguas originarias y el trabajo con las comunidades Peramangk, Ngadjuri y Kaurna devuelven visibilidad a quienes cuidaron esta tierra durante decenas de miles de años antes de que llegara la primera vid. Entender Barossa en toda su hondura es sostener juntas esas tres historias: el Country milenario de los Primeros Pueblos, la epopeya de los luteranos que cruzaron el mundo por su fe, y el vino que hizo del valle un nombre conocido en todo el planeta.