Uluru no empieza con una fecha ni con un explorador: empieza con el Tjukurpa. Para los anangu —los pueblos pitjantjatjara y yankunytjatjara que son sus dueños tradicionales— Uluru es la evidencia física de un tiempo de la creación en el que seres ancestrales recorrieron un paisaje sin formas y lo esculpieron con sus actos. El Tjukurpa no es un mito lejano: es simultáneamente la ley, la religión, el sistema de parentesco, el código moral y el mapa del territorio. Cada grieta, cueva, pozo de agua y mancha en la pared de Uluru corresponde a un episodio de esas historias, y conocerlas es una responsabilidad que se transmite de generación en generación, con distintos niveles de acceso según la edad y la iniciación.
Los anangu habitan esta región del desierto central desde hace al menos 60.000 años, lo que convierte su vínculo con Uluru en una de las relaciones humano-territorio continuas más antiguas del planeta. Las paredes de la roca guardan las historias de Kuniya, la pitón de las alfombras, y de Liru, la serpiente venenosa, cuyo enfrentamiento explica las cicatrices de la cara sur; también las de Mala, el pueblo-canguro liebre, y las del perro-demonio Kurpany. Estos relatos no son adorno turístico: ordenan cómo se caza, dónde se puede caminar, qué sitios son sagrados y no deben fotografiarse, y qué obligaciones tiene cada persona con la tierra, a la que los anangu llaman Country.
Por eso, para los anangu, trepar Uluru siempre fue inapropiado: la ruta del ascenso seguía un camino sagrado ligado a la historia Mala, y ellos sentían responsabilidad por la seguridad de cada visitante que subía. Entender esto es la clave para visitar Uluru con respeto: no es una montaña que se conquista, sino un ser al que se saluda.
El primer europeo que dejó registro de haber visto Uluru fue el explorador y agrimensor William Gosse, en julio de 1873, durante una expedición que buscaba una ruta terrestre hacia el oeste de Australia. Impresionado por la mole de arenisca, la nombró Ayers Rock en honor a Sir Henry Ayers, entonces secretario en jefe de Australia del Sur, que financiaba parte de la exploración. Apenas unas semanas antes, el explorador Ernest Giles había avistado desde lejos las cúpulas vecinas de Kata Tjuta; el desierto central era, para el ojo colonial, la última gran incógnita del continente.
La llegada europea inauguró un siglo largo de desencuentros. Al principio el aislamiento y la aridez mantuvieron la zona relativamente fuera del alcance de la colonización pastoril, pero la instalación de misiones, estaciones ganaderas y, sobre todo, del régimen de reservas fue erosionando la vida anangu. En 1920 buena parte del área quedó incluida en una gran reserva aborigen; sin embargo, a lo largo del siglo XX porciones de ese territorio se recortaron para minería y para el creciente turismo, sin consulta a sus habitantes.
El nombre 'Ayers Rock' se impuso en mapas, postales y guías durante casi un siglo, borrando de la cartografía oficial el nombre que los anangu siempre habían usado. La recuperación de 'Uluru' —hoy la denominación dual oficial es Uluru/Ayers Rock— fue parte de un proceso más amplio de reconocimiento que tardaría décadas en llegar.
El turismo llegó a Uluru antes que el reconocimiento de sus dueños. En 1936 arribó el primer visitante turístico documentado; en las décadas de 1940 y 1950 se abrieron pistas y campamentos, y en 1958 la zona de Uluru y Kata Tjuta se separó de la reserva aborigen para crear un parque administrado por el Estado, sin participación anangu. Se construyeron moteles al pie mismo de la roca, se marcó la ruta del ascenso con una cadena en 1964 y el flujo de visitantes creció año tras año. Los anangu quedaban al margen, empleados a lo sumo como mano de obra, en su propio Country.
El clima cambió con el movimiento por los derechos territoriales aborígenes de los años setenta. La sanción del Aboriginal Land Rights (Northern Territory) Act de 1976 abrió una vía legal para reclamar tierras, y los anangu, apoyados por asesores y por un consenso público cada vez mayor, presionaron por el reconocimiento de su propiedad. Los alojamientos al pie de la roca se cerraron y se trasladaron a un nuevo pueblo turístico, Yulara, a las afueras del parque, para reducir el impacto sobre los sitios sagrados.
El 26 de octubre de 1985, ante más de 2.000 personas indígenas y no indígenas, el gobernador general Sir Ninian Stephen entregó los títulos de propiedad de Uluru-Kata Tjuta a sus dueños tradicionales. Ese acto, conocido como el Handback, fue un momento fundacional de la reconciliación en Australia. En el mismo acto, los anangu firmaron el arriendo del parque al servicio nacional de parques por 99 años y se creó una junta de gestión con mayoría anangu, un modelo pionero de comanejo entre un pueblo indígena y el Estado.
Durante décadas, trepar Uluru fue una postal casi obligada del turismo australiano, pese a que los anangu nunca lo aprobaron. Ya en los años noventa, carteles al pie del ascenso pedían en su nombre: 'Please Don't Climb' ('Por favor no trepe'). El pedido apelaba a dos razones: el carácter sagrado de la ruta, ligada a la historia Mala, y la responsabilidad que los anangu sentían por cada visitante que se accidentaba o moría en la pared, algo que ocurrió decenas de veces a lo largo de los años.
La junta de gestión había fijado un umbral: cuando la proporción de visitantes que trepaban cayera por debajo del 20 por ciento, se cerraría el ascenso definitivamente. En noviembre de 2017, con esa condición cumplida y con un apoyo social cada vez más amplio a la voluntad de los anangu, la junta votó por unanimidad clausurar el climb. La fecha elegida fue simbólica: el 26 de octubre de 2019, exactamente 34 años después del Handback.
El cierre marcó un antes y un después en cómo se visita Uluru. Lejos de vaciar el destino, reorientó la experiencia hacia lo que siempre había sido más valioso: caminar la base en silencio, conocer el Tjukurpa en el Centro Cultural, contemplar los atardeceres y participar de experiencias culturales creadas con la comunidad. Fue, en definitiva, la afirmación de que el visitante es un huésped, no un conquistador.
Hoy el Parque Nacional Uluṟu-Kata Tjuṯa es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por partida doble: por sus valores naturales, reconocidos en 1987, y por sus valores culturales, incorporados en 1994, uno de los primeros paisajes del mundo protegidos por la unión de ambos. La gestión conjunta entre los anangu y Parks Australia sigue vigente y es citada internacionalmente como modelo de administración indígena de áreas protegidas.
El parque recibe cientos de miles de visitantes por año. El pueblo de Yulara, con el Ayers Rock Resort, concentra el alojamiento, los servicios y experiencias que reinvierten en la comunidad, como el National Indigenous Training Academy, que forma a jóvenes anangu y de otros pueblos en hospitalidad. Nuevas propuestas —el Field of Light de Bruce Munro, el show de drones Wintjiri Wiru diseñado con la comunidad, las caminatas guiadas por anangu— buscan que el turismo cuente la historia desde la voz de sus dueños y no a pesar de ellos.
Uluru también ocupa un lugar central en la política australiana contemporánea: en 2017, delegados de los Primeros Pueblos de todo el país reunidos a sus pies redactaron la 'Declaración de Uluru desde el Corazón' (Uluru Statement from the Heart), un llamado a una voz indígena en la Constitución y a un proceso de verdad y acuerdo. Más allá de los debates que abrió, ese gesto confirmó lo que los anangu siempre supieron: que Uluru no es solo el centro geográfico de Australia, sino su corazón espiritual, un lugar donde la historia más antigua del continente sigue viva y sigue hablando.