Mucho antes de que existiera una sola calle, una sola casa o un solo barco británico, la bahía que hoy llamamos Puerto de Sídney era el hogar de los eora. Y no por unos siglos: la evidencia arqueológica indica que hubo presencia aborigen en la región de Sídney desde hace al menos 30.000 años, lo que la convierte en uno de los lugares habitados de forma continua más antiguos del planeta. Grabados rupestres, montículos de conchillas (middens) y refugios de piedra dispersos por toda la costa son la huella de esa historia inmensa.
Los eora no eran una única tribu, sino una confederación de cerca de 29 clanes distintos, cada uno con su propio territorio, sus decoraciones corporales, sus peinados, sus cantos, sus danzas y su vida ceremonial, unidos por una lengua compartida, redes de parentesco profundas y una conexión común con Port Jackson y la tierra de arenisca que la rodea. La palabra 'Eora' significaba, sencillamente, 'la gente' o 'de aquí'.
Alrededor de la actual zona céntrica vivían los gadigal (o cadigal), cuyo Country —llamado Gadi— abarcaba lo que hoy es el distrito financiero de Sídney y se extendía desde South Head hacia Marrickville. En la orilla norte estaban los cammeraygal, y hacia el oeste, siguiendo el río Parramatta, los wangal. Vivían de la pesca en canoas de corteza (nowie), de la recolección de mariscos y de la caza, con un conocimiento profundo de las estaciones, las mareas y los recursos de cada rincón de la bahía. Esa relación con la tierra y el agua —el Country— no era solo material: era espiritual, ligada al Dreaming, el entramado de relatos, leyes y ancestros que dan sentido al mundo aborigen.
El 26 de enero de 1788, once barcos de la Primera Flota británica, al mando del capitán Arthur Phillip, fondearon en una pequeña ensenada de aguas profundas que Phillip bautizó Sydney Cove, en honor a Lord Sydney, el ministro británico que había ordenado la expedición. A bordo venían unos 1.300 personas, la mayoría convictos condenados en las cárceles superpobladas de Gran Bretaña, junto con soldados de marina, oficiales y administradores. Australia nacía, para los británicos, como una colonia penal en el otro extremo del mundo.
Para los eora, en cambio, fue el comienzo de una catástrofe. En ese momento eran alrededor de 1.500 personas alrededor de Port Jackson. Los primeros contactos fueron una mezcla de curiosidad, malentendidos y tensión creciente por la tierra, el agua y la comida. Pero el golpe más devastador no fue una batalla: en abril de 1789, apenas quince meses después de la llegada, una epidemia —diagnosticada como viruela— arrasó a los clanes de Port Jackson. Se estima que mató a cerca de la mitad de los eora de la zona, incluida la primera esposa de Bennelong y muchos otros. La enfermedad, para la que los aborígenes no tenían defensas, hizo en meses lo que ninguna guerra habría logrado.
En ese contexto, una figura emergió como puente entre dos mundos: Woollarawarre Bennelong, un hombre wangal. El gobernador Phillip lo hizo capturar a fines de 1789 con la intención de usarlo como intérprete y mediador. Bennelong aprendió inglés, se movió entre la colonia y su gente, e incluso viajó a Inglaterra. Su nombre quedó grabado para siempre en el mapa: Bennelong Point, el promontorio donde hoy se levanta la Ópera de Sídney, lleva su nombre.
Los primeros años de la colonia fueron durísimos. La tierra alrededor de Sydney Cove era pobre para la agricultura, los suministros escaseaban y el hambre acechó al asentamiento hasta que se establecieron granjas más al oeste, en Parramatta, y llegaron nuevos barcos con provisiones. Poco a poco, sin embargo, el campamento de tiendas y chozas fue tomando forma de pueblo, con las primeras calles trazadas alrededor del arroyo Tank Stream, que abastecía de agua dulce.
El paisaje social estaba marcado por el sistema convicto: los presos cumplían condena trabajando en obras públicas, en granjas o asignados a colonos libres, y muchos, al terminar su pena, se convertían en 'emancipistas' que rehacían su vida en la colonia. De ese origen surgió una sociedad peculiar, jerárquica y a la vez sorprendentemente móvil. El gobernador Lachlan Macquarie (1810-1821) fue quien más transformó la ciudad: impulsó edificios públicos, calles, plazas e infraestructura, y creyó en dar una segunda oportunidad a los convictos rehabilitados. De su época datan monumentos como el 'Mrs Macquarie's Chair', el banco tallado en la roca junto al puerto por orden de su esposa Elizabeth.
Mientras la ciudad crecía, los eora eran empujados a los márgenes. Despojados de sus tierras de caza y pesca, diezmados por las enfermedades y el alcohol, muchos terminaron viviendo en la periferia de la colonia. La resistencia existió —el guerrero Pemulwuy encabezó ataques contra los colonos durante más de una década, hasta ser abatido en 1802—, pero el avance británico fue imparable. La historia de Sídney es, desde el primer día, también la historia de esa desposesión.
El punto de inflexión llegó en 1851, cuando se descubrió oro en las cercanías de Nueva Gales del Sur y, poco después, en Victoria. La fiebre del oro cambió Australia para siempre y transformó a Sídney. Llegaron oleadas de inmigrantes de Gran Bretaña, Irlanda, China, Estados Unidos y toda Europa buscando fortuna, y aunque muchos siguieron hacia los campos auríferos, Sídney creció como puerto, centro financiero y proveedor de servicios. La población del área metropolitana se disparó hasta cerca de 200.000 habitantes en 1871.
La riqueza del oro y de la lana financió un auge de construcción victoriana: se levantaron grandes edificios públicos, el Queen Victoria Building, la Universidad de Sídney (la primera de Australia, fundada en 1850), teatros, terrazas de casas adosadas y una red de tranvías y trenes. Sídney se convertía en una ciudad moderna, con todas las tensiones de una metrópoli victoriana: barrios elegantes y también barriadas pobres y hacinadas como The Rocks, que a fines de siglo sufrió incluso un brote de peste bubónica.
El 1 de enero de 1901, las seis colonias británicas autónomas de Australia se unieron para formar la Commonwealth of Australia, y Sídney se consolidó como capital del estado de Nueva Gales del Sur dentro de la nueva nación. La rivalidad con Melbourne por ser la capital nacional se resolvió con una solución salomónica: se creó una capital nueva, Canberra, a mitad de camino entre ambas. Sídney quedó como la mayor ciudad del país y su principal motor económico, un lugar que ya nunca cedería.
El siglo XX le dio a Sídney sus dos íconos mundiales. El primero fue el Sydney Harbour Bridge, cuya construcción comenzó en 1924 y demandó ocho años, el trabajo de unos 1.400 obreros y un costo de 4,2 millones de libras. Inaugurado el 19 de marzo de 1932, en plena Gran Depresión, el gran arco de acero unió por fin la costa sur (el centro) con la costa norte y se convirtió de inmediato en símbolo de la ciudad y en una hazaña de la ingeniería de su tiempo. La ceremonia de apertura quedó marcada por un episodio insólito: un jinete de extrema derecha, Francis de Groot, se adelantó a caballo y cortó la cinta con su espada antes que el primer ministro.
El segundo ícono tardó más y costó mucho más. En 1957, el arquitecto danés Jørn Utzon ganó el concurso internacional para diseñar una casa de la ópera en Bennelong Point. Su propuesta —una serie de 'velas' de hormigón sobre el agua— era revolucionaria y de una dificultad técnica enorme. La obra se retrasó años, el presupuesto se multiplicó, Utzon renunció en 1966 en medio de conflictos políticos y no volvió a ver terminada su obra maestra. Finalmente, el 20 de octubre de 1973, la reina Isabel II inauguró la Sydney Opera House. Con el tiempo, el edificio no solo le dio a Sídney una sala de espectáculos de clase mundial, sino que se transformó en la tarjeta de presentación de toda Australia y, en 2007, en Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Entre medio, Sídney vivió las guerras mundiales, la Gran Depresión y una expansión suburbana descomunal, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el país abrió sus puertas a la inmigración europea.
La Sídney contemporánea es, ante todo, una ciudad de migración. Tras la Segunda Guerra Mundial llegaron italianos, griegos, malteses y europeos del este; en las décadas siguientes, con el fin de la política de la 'Australia blanca', se sumaron libaneses, vietnamitas, chinos, indios, coreanos y comunidades de todo el mundo. Hoy más de un tercio de los habitantes de Sídney nació en el extranjero, y esa mezcla se respira en sus barrios: la Chinatown del centro, la comida vietnamita de Cabramatta, la libanesa de Lakemba, la italiana de Leichhardt, la griega de Marrickville. Es una de las ciudades más multiculturales del planeta.
El gran escaparate de esa Sídney moderna fueron los Juegos Olímpicos de 2000, considerados unos de los mejores de la historia, que renovaron infraestructura, transporte y la autoestima de la ciudad. Desde entonces Sídney se consolidó como capital financiera de Australia y del Pacífico Sur, con una economía basada en servicios, finanzas, turismo y educación, y con un skyline que no deja de crecer alrededor de Barangaroo y el centro.
Pero la ciudad también empezó, lentamente, a mirar de frente su historia. El reconocimiento del Country eora, la práctica del 'Welcome to Country' y 'Acknowledgement of Country' al inicio de actos públicos, el arte y los tours guiados por descendientes gadigal, y el debate en torno al 26 de enero —fecha nacional para unos, 'Día de la Invasión' o 'Día del Duelo' para los Primeros Pueblos— son parte de un proceso de reconciliación todavía abierto. Recorrer Sídney hoy es caminar sobre esas capas: la del Country milenario de los eora, la de la colonia penal de 1788, la de la metrópoli victoriana del oro y la de la ciudad global y multicultural del presente, todas conviviendo alrededor de la misma bahía luminosa.