Port Stephens es, ante todo, Country del pueblo worimi, los propietarios tradicionales de esta bahía, sus costas y sus enormes dunas de arena. El territorio worimi se extiende, a grandes rasgos, desde el río Hunter en el sur hasta Forster en el norte, y tierra adentro hacia los Barrington Tops. Hablaban (y hablan) la lengua gathang, y su presencia en la zona se remonta a decenas de miles de años: se estima que hay unos 60.000 años de historia aborigen ligada a Port Stephens, lo que la convierte en uno de los paisajes culturales continuamente habitados más antiguos del mundo.
La vida worimi giraba en torno a la abundancia del mar y del estuario. Recolectaban mariscos y pescaban en las aguas calmas de la bahía, cazaban en el bosque y las dunas y se movían de forma estacional por su Country siguiendo los recursos. Los grandes montículos de conchas (middens) y otros sitios a lo largo de la costa, como los árboles de canoa (canoe trees) de Little Beach o el sitio ceremonial de Birubi Point —asociado a ceremonias masculinas—, son testimonios vivos de esa larga ocupación.
Para los worimi, las dunas de Stockton no son un desierto vacío, sino un lugar cargado de historia, de rutas y de espíritu. Bajo la arena, que se mueve lentamente con el viento, quedan enterrados sitios y objetos de miles de años. Esa relación profunda con la tierra, el agua y las dunas nunca se cortó, y hoy resurge con fuerza en la gestión y el relato del lugar.
Uno de los episodios más extraordinarios de la historia temprana de Port Stephens ocurrió muy poco después de la fundación de la colonia de Sídney. En 1790, cinco convictos fugados de Sídney naufragaron en la zona de Port Stephens mientras intentaban escapar. En lugar de perecer, fueron acogidos por el pueblo worimi, con quienes convivieron durante unos cinco años, aprendiendo su lengua y sus costumbres, antes de ser 'redescubiertos' y recapturados por las autoridades coloniales alrededor de 1795.
La historia de estos convictos que vivieron entre los worimi es notable: son de los primeros europeos en tener un contacto prolongado y pacífico con un pueblo aborigen de la costa de Nueva Gales del Sur, y sus relatos aportaron información temprana sobre la vida y la lengua worimi. Muestra también la generosidad de los worimi, dispuestos a integrar a estos extraños perdidos.
Ese mismo año de 1795, el teniente (después capitán) John Shortland cartografió la bahía y la nombró Port Stephens, en honor a Sir Philip Stephens, secretario del Almirantazgo británico. Comenzaba así, con un nombre inglés impuesto sobre un Country milenario, la larga historia de contacto —y de conflicto— entre los worimi y los recién llegados.
A lo largo del siglo XIX, Port Stephens fue objeto de la expansión colonial. Los bosques que rodeaban la bahía atrajeron a los madereros y aserraderos, que explotaron los cedros y otras maderas y usaron los ríos Karuah y Myall para transportar los troncos. En 1826, la poderosa Australian Agricultural Company (AACo) recibió una enorme concesión de tierras en la zona de Port Stephens y sus alrededores para criar ovejas merino y desarrollar la agricultura, estableciendo su base en Carrington (Tahlee). Fue uno de los grandes emprendimientos coloniales de Nueva Gales del Sur.
Como en toda la frontera australiana, la ocupación de la tierra por parte de la compañía y de los colonos tuvo un costo devastador para los worimi: pérdida de acceso a sus lugares tradicionales, enfermedades traídas de Europa, violencia y desarticulación de su modo de vida. Muchos worimi terminaron trabajando para la compañía y los colonos, y algunos fueron confinados en misiones y reservas, aunque nunca perdieron su vínculo con el Country.
Mientras tanto, la bahía se fue poblando de actividades marítimas: la pesca, la construcción de barcos y el transporte por agua. En 1875 se construyó el faro de Nelson Head (el Inner Lighthouse) para guiar a los barcos hacia el interior de la bahía. Poblados como Nelson Bay, Tea Gardens y Karuah crecieron lentamente al ritmo de la madera, la pesca de ostras y el cabotaje, en una economía costera modesta y trabajadora.
El siglo XX cambió la cara de Port Stephens. Durante la Segunda Guerra Mundial, la bahía cobró importancia estratégica: por su ubicación y su gran boca protegida, fue fortificada como parte de la defensa costera de Australia. En el promontorio de Tomaree Head se instalaron baterías, puestos de observación y fortificaciones cuyos restos todavía se ven en la caminata a la cima, y en la zona se establecieron campamentos militares y de entrenamiento anfibio. La guerra dejó una huella visible en el paisaje de la bahía.
En 1974, una de las tormentas más severas registradas en la zona arrojó a la costa de Stockton Bight al carguero noruego Sygna, cuyos restos oxidados quedaron como un ícono melancólico de las dunas y la playa durante décadas. Episodios así forman parte de la memoria costera de Port Stephens.
Pero la gran transformación fue el turismo. A medida que mejoraban los caminos y crecía el automóvil, los habitantes de Sídney y Newcastle empezaron a descubrir las playas calmas, las dunas y la vida marina de Port Stephens. Nelson Bay se convirtió en un pueblo de veraneo, y con el tiempo la observación de delfines —aprovechando la población residente de la bahía— y las aventuras en las dunas de Stockton hicieron de la zona uno de los destinos costeros más populares de Nueva Gales del Sur. La creación del Tomaree National Park protegió buena parte de la costa de la urbanización descontrolada.
Mientras Port Stephens se afianzaba como destino de playa, el pueblo worimi avanzaba en el reconocimiento de sus derechos sobre la tierra. El hito llegó en 2001, cuando las enormes dunas de Stockton Bight y su costa fueron devueltas a la propiedad aborigen y convertidas en las Worimi Conservation Lands, un área protegida cogestionada entre el pueblo worimi y el estado de Nueva Gales del Sur. Fue un reconocimiento histórico: la tierra de las dunas, con sus miles de años de sitios enterrados, volvía formalmente a manos de sus custodios tradicionales.
Hoy, esa cogestión se traduce en experiencias que ponen la cultura worimi en el centro. Los propietarios tradicionales ofrecen tours culturales por las dunas, en los que comparten historias del Dreaming, técnicas tradicionales y la importancia espiritual del lugar, y participan en la protección de los sitios y la fauna. Visitar las dunas en 4x4 o hacer sandboard es divertido, pero hacerlo sabiendo que se pisa Country worimi cogestionado le da otra profundidad.
Port Stephens vive así su doble condición: la del destino turístico relajado —delfines, playas, dunas, cruceros y atardeceres sobre la bahía— y la del Country worimi, cada vez más presente y reconocido. Recorrer la bahía es transitar esas capas: los 60.000 años de presencia aborigen, los convictos náufragos acogidos en 1790, la madera y la Australian Agricultural Company, las fortificaciones de la guerra y el paraíso de playa del presente, todo alrededor de una de las bahías más hermosas de la costa australiana.