Mucho antes de que llegaran los grilletes y las murallas, la península de Tasman era el hogar del pueblo pydairrerme, parte de la nación Oyster Bay (Paredarerme) del sureste de Tasmania. Los aborígenes tasmanos habitaron la isla durante decenas de miles de años, en aislamiento del continente australiano desde que el nivel del mar subió y cortó el puente terrestre del estrecho de Bass, hace unos 10.000 años. Ese aislamiento hizo de ellos una de las sociedades humanas más antiguas y singulares del planeta.
El pueblo pydairrerme vivía de la riqueza del mar y la costa: recolectaban mariscos y crustáceos, cazaban canguros y wallabies, y se movían de forma estacional por su territorio, quemando el paisaje con fuego para favorecer la caza, en un manejo cuidadoso de la tierra sostenido durante milenios. Los enormes montículos de conchas (middens) que dejaron a lo largo de la costa son testimonio de esa larga presencia. Para ellos, la península que los europeos convertirían en cárcel era un país generoso, cargado de sentido, memoria y espíritu.
La llegada de los británicos a Tasmania (entonces Tierra de Van Diemen) a partir de 1803 desató una de las tragedias más sombrías de la historia colonial: la llamada 'Guerra Negra' (Black War), un conflicto violento por la tierra en el que la población aborigen tasmana fue diezmada por las armas, las enfermedades y el despojo. En apenas unas décadas, los sobrevivientes fueron removidos por la fuerza de sus tierras. Recordar que Port Arthur se levantó sobre el Country de los pydairrerme es un acto de justicia histórica: la prisión de los convictos ocupó una tierra que ya había sido escenario de otra opresión.
Port Arthur comenzó su vida en 1830 como una modesta estación maderera, aprovechando los bosques de la península para abastecer de madera a la colonia. Pero pronto se convirtió en algo mucho más siniestro. A partir de 1833, y bajo el impulso del gobernador George Arthur —de quien tomó el nombre—, Port Arthur se transformó en una estación penal de máxima seguridad: el destino de los convictos 'secundarios', es decir, aquellos que ya habían sido transportados a Australia y volvían a delinquir. Era el castigo dentro del castigo, la prisión para los considerados más incorregibles del sistema.
Su ubicación geográfica lo hacía casi perfecto como cárcel. La península de Tasman está conectada al resto de Tasmania solo por un istmo estrechísimo, Eaglehawk Neck, de apenas unos metros de ancho, que se vigilaba con una línea de perros feroces atados y con guardias. Se difundió además el rumor —falso, pero disuasorio— de que las aguas circundantes estaban infestadas de tiburones. Rodeado de mar y de bosque, con una única salida por tierra celosamente custodiada, Port Arthur tenía fama de inescapable.
Bajo el mando del comandante Charles O'Hara Booth, que dirigió el asentamiento durante buena parte de los años 1830 y 1840, Port Arthur se organizó como una verdadera 'máquina' penal e industrial. Los convictos trabajaban en la tala, los aserraderos, la construcción naval, la herrería, la zapatería y la fabricación de ladrillos. Se levantaron edificios, muelles, un ferrocarril impulsado por hombres y hasta un sistema de telégrafo por semáforos que transmitía mensajes a Hobart. Hacia la década de 1840, la población penal superaba los 1.100 convictos.
Port Arthur fue también un laboratorio de ideas sobre el castigo y la reforma. Dos de sus instituciones más notables muestran esa doble cara. La primera fue Point Puer, establecida en 1834 al otro lado de la bahía: la primera prisión juvenil del Imperio Británico, pensada para separar a los niños y adolescentes convictos —algunos de apenas nueve años— de la influencia corruptora de los presos adultos. Miles de muchachos pasaron por Point Puer entre 1834 y 1849. Allí recibían algo de instrucción y aprendían oficios como zapatería, sastrería y carpintería, en un intento pionero, aunque duro, de reinsertarlos. La historia de estos niños, arrancados de la pobreza de las ciudades británicas y enviados al otro lado del mundo por robos menores, es uno de los capítulos más conmovedores del sitio.
La segunda fue la Separate Prison (Prisión Separada o 'Modelo'), construida entre 1848 y 1852, que marcó un giro filosófico del castigo físico al psicológico. Inspirada en la cárcel de Pentonville de Londres, aplicaba el 'sistema separado' o del silencio: aislamiento casi total en celdas individuales, prohibición de hablar, identificación por número en lugar de nombre y capuchas para que los presos no vieran ni fueran vistos al salir de la celda. La teoría sostenía que la soledad, la reflexión y la religión reformarían el alma del convicto.
En la práctica, este experimento de tortura psicológica quebró la mente de muchos hombres. Junto a la Separate Prison hubo que construir un Asylum, un manicomio, para atender a los presos que enloquecían bajo el peso del silencio y el encierro. El contraste entre la 'humanidad' teórica del sistema y el sufrimiento real que producía es, quizás, la lección más profunda que deja Port Arthur.
Hacia mediados del siglo XIX, el fin del transporte de convictos a Tasmania (a partir de 1853) empezó a vaciar de sentido a Port Arthur. La población penal envejecía y enfermaba: en los años 1860 se construyeron un Asilo de Pobres (Pauper's Depot) y un hospital para atender a los viejos convictos que ya no podían trabajar en el bosque. El último preso fue trasladado en 1877 y el asentamiento cerró definitivamente ese año, tras casi medio siglo de funcionamiento y decenas de miles de convictos que pasaron por sus muros.
Casi de inmediato, en un intento por borrar el estigma penal y atraer a colonos, el lugar fue rebautizado 'Carnarvon'. Durante las décadas de 1880 y 1890, las tierras se subastaron y una pequeña comunidad se instaló entre los viejos edificios. Dos grandes incendios forestales, en 1895 y 1897, destruyeron los techos y los interiores de muchas de las estructuras principales, incluida la Penitenciaría, dejándolas como las ruinas evocadoras que vemos hoy.
Paradójicamente, esas ruinas se convirtieron en un imán. Ya desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, los curiosos empezaron a llegar atraídos por la sombría fama del lugar, y el turismo se transformó en el nuevo motor económico. En 1927 se recuperó oficialmente el nombre de Port Arthur. Con el tiempo, el sitio pasó a ser reconocido, protegido y restaurado, hasta que en 2010 quedó inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte de los Australian Convict Sites, un conjunto de once lugares que testimonian la enorme migración forzada de convictos que dio origen a la Australia moderna.
La historia de Port Arthur tiene un capítulo trágico que pertenece al presente. El 28 de abril de 1996, un hombre armado abrió fuego en el sitio histórico y sus alrededores, asesinando a 35 personas e hiriendo a muchas otras, en uno de los peores tiroteos masivos de la historia moderna de Australia. La conmoción nacional fue inmensa y tuvo una consecuencia decisiva: pocas semanas después, el gobierno australiano impulsó el National Firearms Agreement, una reforma histórica que endureció drásticamente el control de armas en todo el país, prohibió armas semiautomáticas y organizó una recompra masiva. Es, para muchos, un ejemplo mundial de respuesta política a una tragedia.
En el sitio, las ruinas del café Broad Arrow, donde ocurrió gran parte del ataque, se transformaron en un Jardín Memorial, un espacio sereno y despojado en recuerdo de las víctimas. El personal y la comunidad piden que se visite con respeto y sensibilidad, y que no se pregunte a los guías por los detalles del suceso: para Tasmania, y en especial para quienes lo vivieron, sigue siendo una herida profunda. Port Arthur es, así, un lugar donde conviven dos duelos separados por siglos.
Hoy, el Port Arthur Historic Site es uno de los destinos más visitados y cuidados de Tasmania, gestionado por una autoridad estatal que combina conservación, investigación y educación. Recorrerlo es enfrentarse a las capas de su historia: el Country milenario del pueblo pydairrerme; el infierno penal de los convictos, los niños de Point Puer y el silencio de la Separate Prison; las ruinas románticas nacidas del fuego; y la memoria contemporánea de 1996. Pocos lugares condensan de forma tan poderosa la complejidad, la belleza y el dolor de la historia australiana.