Antes de que la llamaran Phillip Island, esta isla frente a la bahía de Western Port tenía —y tiene— otro nombre: Millowl (también registrado como corriong) en la lengua del pueblo boonwurrung (bunurong), uno de los cinco pueblos de la nación Kulin del centro-sur de Victoria. Y no era un lugar cualquiera: era territorio del clan Yallock-Bulluk, que la habitaba y cuidaba mucho antes de que llegara cualquier europeo.
Los Yallock-Bulluk, como el resto de los bunurong, eran saltwater people, gente del agua salada. Venían a Millowl sobre todo en los meses de verano, cuando la isla ofrecía un festín estacional: mariscos y peces de la costa, pequeños marsupiales y, muy especialmente, los mutton birds —las pardelas de cola corta (short-tailed shearwaters)—, aves migratorias que anidan por millones en las dunas y cuyos pichones y huevos eran un alimento importante. Ese ir y venir según las estaciones era parte de una gestión sofisticada del territorio, guiada por el conocimiento acumulado durante miles de años.
Como todos los Primeros Pueblos, los bunurong entendían la isla dentro del Dreaming: el paisaje, los animales y los ciclos naturales formaban parte de un orden creado en el Tiempo del Sueño, que las personas tenían la responsabilidad de respetar y mantener. Millowl no era una posesión sino un pariente y una responsabilidad. Por su ubicación en una costa abierta y con bahías protegidas, los bunurong estuvieron, además, entre los primeros aborígenes de Victoria en cruzarse con navegantes europeos, lo que anticipó los enormes cambios que estaban por venir.
La llegada europea a esta parte de la costa fue temprana. En enero de 1798, el explorador George Bass, a bordo de una pequeña ballenera, recorrió y cartografió la bahía de Western Port, siendo uno de los primeros europeos en documentar la zona. Poco después, en 1801, el teniente James Grant, a cargo del bergantín Lady Nelson, se detuvo en una pequeña isla vecina y allí sembró trigo, maíz y otras plantas: ese huerto de 1801 en Churchill Island es considerado el primer jardín/cultivo europeo de todo lo que hoy es Victoria.
La isla mayor recibió el nombre de Phillip Island en honor a Arthur Phillip, primer gobernador de Nueva Gales del Sur y fundador de la colonia de Sídney. Durante las primeras décadas del siglo XIX, la zona fue frecuentada por cazadores de focas y balleneros, cuya actividad —brutal y depredadora— tuvo un impacto devastador sobre la fauna marina y sobre los propios bunurong, muchos de los cuales sufrieron violencia, secuestros y desplazamiento.
Con la fundación de Melbourne en 1835 y la expansión de la colonización por Victoria, Phillip Island se fue poblando de colonos que establecieron granjas, criaron ganado y ovejas y explotaron los recursos de la isla. El territorio bunurong fue ocupado sin tratado ni compensación, y la población aborigen —diezmada por la violencia, las enfermedades y el despojo— fue empujada fuera de sus tierras ancestrales, aunque su conexión con Millowl nunca se extinguió del todo.
El siglo XX le dio a Phillip Island los dos íconos por los que hoy se la conoce en el mundo. El primero fueron los motores: en 1928 se disputó aquí el primer Gran Premio de Australia, sobre un circuito improvisado en los caminos públicos de la isla. La afición al automovilismo cristalizó en 1956 con la inauguración de un circuito permanente, que con el tiempo se convertiría en el Phillip Island Grand Prix Circuit, sede del MotoGP y considerado uno de los trazados más bellos del planeta por su ubicación junto al mar.
El segundo ícono fueron los pingüinos. Los pequeños pingüinos azules siempre habían anidado en las dunas de la isla, pero a lo largo del siglo XX su desfile nocturno al salir del mar empezó a atraer curiosos y, poco a poco, multitudes. Lo que comenzó como un fenómeno informal se organizó en el Penguin Parade, que con las décadas se transformó en una de las mayores atracciones de fauna de Australia. Ese éxito, sin embargo, trajo un dilema: el crecimiento urbano en Summerland amenazaba las colonias de pingüinos.
La respuesta fue notable. A partir de las décadas de 1980 y 1990, el gobierno de Victoria compró y demolió progresivamente las casas del barrio de Summerland para devolver el hábitat a los pingüinos, en un raro caso de 'desurbanización' por conservación. La gestión de los sitios de fauna quedó en manos de Phillip Island Nature Parks, una organización sin fines de lucro que reinvierte los ingresos del turismo en investigación y conservación de pingüinos, koalas, lobos marinos y el ecosistema costero.
Hoy Phillip Island es a la vez un destino de naturaleza de primer nivel y un modelo de conservación gestionada. El Penguin Parade recibe a cientos de miles de visitantes al año, pero bajo reglas estrictas —sin flash, sin fotos, con plataformas que mantienen la distancia— pensadas para que el turismo no dañe a los animales. Los ingresos financian programas de investigación sobre pingüinos, el seguimiento de la colonia de lobos marinos de Seal Rocks (la mayor de Australia) y la protección de los koalas silvestres.
La isla combina esa vocación conservacionista con una vida turística intensa: Cowes como pueblo principal, playas de bahía y de surf, la granja histórica de Churchill Island, los acantilados de los Nobbies y Cape Woolamai, y el circuito de MotoGP que cada octubre llena la isla de fanáticos de los motores. Es, en pequeño, un catálogo de las muchas caras de Victoria: fauna, mar, historia y adrenalina.
En paralelo crece el reconocimiento de la historia profunda de Millowl. El pueblo bunurong (boonwurrung), Traditional Owners de la isla, participa cada vez más en la interpretación cultural, en el cuidado de sitios y en el relato que se ofrece a los visitantes, y muchos actos comienzan con un Welcome to Country o un Acknowledgement of Country. Recuperar el nombre Millowl y la voz de sus custodios ancestrales es parte de una reconciliación todavía en marcha.
Visitar Phillip Island es, así, mucho más que ver pingüinos: es asomarse a un lugar donde la vida salvaje, la historia colonial, la pasión por los motores y la cultura milenaria de los saltwater people conviven en una isla pequeña, a un paso de Melbourne pero con un pulso propio, marcado por el ritmo del mar y de las estaciones.