Mucho antes de que las viñas cubrieran las colinas y de que se levantaran las casetas de baño de colores, la Península de Mornington ya era un lugar habitado, cuidado y amado. Es el Country ancestral del pueblo Boonwurrung (también escrito Bunurong o Boon wurrung), uno de los cinco pueblos que forman la nación Kulin del centro-sur de lo que hoy es Victoria. Su territorio abarcaba unos 7.800 kilómetros cuadrados en torno a la bahía de Western Port y la Península de Mornington, y ellos se definen, ante todo, como 'saltwater people': gente del agua salada, profundamente ligada al mar, los estuarios, las mareas y la costa.
Durante decenas de miles de años, los clanes Boonwurrung —entre ellos el Mayone-bulluk y el Boonwurrung-balluk— vivieron de la abundancia de las dos bahías. Recolectaban mariscos, pescaban, cazaban en los humedales y bosques del interior y se movían por el territorio según las estaciones, siguiendo un calendario finísimo de ciclos naturales. Los grandes conchales (middens) que todavía se encuentran en la costa —montículos de conchas acumuladas a lo largo de generaciones— son testimonio material de esa vida junto al mar, y son sitios sagrados que hoy se protegen.
La cultura Boonwurrung, como la de todos los Primeros Pueblos australianos, se sostiene en el Dreaming (Tiempo del Sueño): el entramado de relatos, leyes y responsabilidades que explican cómo se creó el paisaje y cómo deben cuidarlo las personas. La bahía, los cabos, los arroyos y los cerros no eran 'recursos' sino parientes y presencias vivas dentro de ese orden. Ese vínculo no se rompió con la colonización: los Boonwurrung siguen siendo los Traditional Owners de esta tierra, mantienen viva su cultura y participan en el cuidado de sitios y parques de la península.
En octubre de 1803, casi tres décadas antes de que se fundara Melbourne, la Península de Mornington fue escenario del primer intento de asentamiento europeo en todo lo que hoy es el estado de Victoria. El teniente coronel David Collins llegó a Sullivan Bay, junto a la actual Sorrento, al frente de una expedición británica que traía funcionarios, soldados, colonos libres y unos 300 convictos, con la orden de establecer una colonia penal a la entrada de la bahía de Port Phillip.
El encuentro con los dueños de esa tierra fue, desde el comienzo, violento. Al desembarcar, los recién llegados se toparon con un grupo de Boonwurrung; los persiguieron, les dispararon —matando al menos a un hombre— y quemaron sus refugios. Collins intentó después calmar la situación repartiendo mantas y galletas, un gesto que no borraba la brutalidad del primer contacto. Ese episodio inaugural anticipó el patrón de despojo y sufrimiento que la colonización traería para los Primeros Pueblos de toda Australia.
La colonia de Sullivan Bay fue un fracaso rápido. La zona no ofrecía agua dulce fácil ni suelos que Collins juzgara aptos, y en febrero de 1804 el asentamiento fue abandonado y trasladado a lo que hoy es Hobart, en Tasmania. Así, el primer asentamiento europeo de Victoria duró apenas unos meses. Pero dejó una marca: hoy el sitio de Sullivan Bay, en Sorrento, es un lugar histórico que recuerda ese comienzo fugaz y su costo humano. La verdadera colonización de la península llegaría décadas más tarde, tras la fundación de Melbourne en 1835.
Tras la fundación de Melbourne en 1835 y la separación de Victoria como colonia en 1851, la Península de Mornington se fue poblando de colonos. El territorio Boonwurrung, arrebatado sin tratado, se repartió en estaciones ganaderas y granjas; se establecieron huertos, viñas primitivas y aserraderos que explotaban los bosques costeros. La colonización trajo enfermedades, despojo y desplazamiento para los Primeros Pueblos, cuya población se redujo drásticamente en pocas décadas, aunque nunca desaparecieron.
La entrada a la bahía de Port Phillip, con su peligroso canal conocido como The Rip, exigió infraestructura marítima. En 1859 se encendió el faro de Cape Schanck, en la costa salvaje del estrecho de Bass, uno de los más antiguos de Victoria, para guiar a los barcos que se acercaban a Melbourne. En Point Nepean, en la punta oeste, se levantaron fortificaciones y una estación de cuarentena: Fort Nepean vigiló la boca de la bahía y, según la tradición, desde allí se disparó uno de los primeros tiros aliados de la Primera Guerra Mundial en 1914.
Con el auge de Melbourne durante la fiebre del oro y la prosperidad victoriana, la península se convirtió en el lugar de veraneo de la ciudad. Sorrento y Portsea florecieron como balnearios elegantes, con grandes hoteles, muelles, baños de mar y mansiones de la elite. De esa época de baños con recato nacieron las 'bathing boxes', las casetas de madera donde los bañistas se cambiaban, que hoy —pintadas de colores— son uno de los símbolos más queridos de la costa. La llegada del ferry y, más tarde, del automóvil, acercó la península a las multitudes y consolidó su vocación turística.
El siglo XX transformó la península de balneario victoriano en destino de estilo de vida. A partir de las décadas de 1970 y 1980, un puñado de pioneros plantó viñedos en las colinas del interior apostando por variedades de clima fresco —Pinot Noir, Chardonnay, Pinot Gris—, y el clima marítimo y los suelos hicieron el resto: hoy la Península de Mornington es una de las regiones vinícolas boutique más prestigiosas de Australia, con decenas de bodegas familiares, cellar doors y restaurantes de campo que atraen a gourmets de todo el país.
El siglo XXI sumó un segundo motor: el agua. En 2005 abrieron las Peninsula Hot Springs, que aprovechan el agua mineral geotérmica del subsuelo para crear un complejo de baños al aire libre que convirtió a la península en la capital del bienestar del sur de Australia. A ellas se sumaron otros centros termales, y el 'wellness' —termas, spa, yoga, retiros— se volvió parte central de la oferta, junto al vino y las playas.
En paralelo creció la conciencia sobre la historia profunda del lugar. Los Boonwurrung, Traditional Owners de la península, mantienen viva su cultura y participan cada vez más en la interpretación de sitios, en el cuidado de parques y conchales y en el reconocimiento público de su Country. Muchos parques y organismos abren sus actos con un Welcome to Country o un Acknowledgement of Country que honra a los custodios ancestrales de esta tierra.
Hoy la Península de Mornington es, a la vez, un patio de fin de semana para Melbourne y un destino en sí mismo: acantilados y faros del lado del estrecho de Bass, playas mansas y casetas de colores del lado de la bahía, viñedos y termas en el medio, y una historia que va desde los saltwater people hasta el turismo del bienestar. Recorrerla es leer, en un mismo paisaje, decenas de miles de años de vida junto al mar.