Miles de años antes de que ningún barco europeo asomara por el horizonte, la Península de Eyre ya era un mosaico de naciones aborígenes con una relación profunda con esta tierra y este mar. Se estima que los Primeros Pueblos habitan la región desde hace más de 40.000 años. A la llegada de los europeos, los grupos culturales principales eran los barngarla (en el este de la península, incluida la zona de Port Lincoln), los nauo (en el suroeste), los wirangu (en el noroeste) y los mirning (en el extremo oeste), cada uno con su lengua, su territorio y sus responsabilidades sobre el Country.
Para los barngarla, la zona de Port Lincoln se llama 'Galinyala', que en su lengua significa 'lugar de agua dulce'. El nombre no es casual: revela un conocimiento íntimo del paisaje, de dónde encontrar el recurso más preciado en una tierra que puede ser durísima. De hecho, cuando los primeros europeos llegaron en 1802, fueron hombres y mujeres aborígenes quienes les mostraron dónde hallar agua dulce, salvándolos de perecer. Ese gesto encierra una paradoja amarga: los mismos pueblos que ayudaron a sobrevivir a los recién llegados verían luego cómo esos forasteros les arrebataban la tierra.
El vínculo de estos pueblos con la Eyre no es cosa del pasado. Está inscrito en el paisaje, en los sitios sagrados, en las lenguas que se trabajan por revitalizar, y en un reconocimiento legal reciente: en 2018, tras una lucha de veinte años, los barngarla obtuvieron el Native Title (título nativo) sobre unos 44.500 km², cerca de tres cuartas partes de la Península de Eyre, incluidas las ciudades de Port Augusta, Port Lincoln y Whyalla. Entender la Eyre empieza por reconocer que, bajo las postales de playas y mariscos, late un Country antiquísimo cuyos custodios siguen vivos y activos.
El primer europeo en cartografiar estas costas fue el célebre navegante inglés Matthew Flinders, que en febrero de 1802 entró con su barco de exploración, el HMS Investigator, en una bahía magnífica y protegida. Impresionado por el puerto natural, la bautizó Port Lincoln, en honor a Lincoln, la ciudad de su condado natal de Lincolnshire, en Inglaterra. Flinders exploraba por encargo del Almirantazgo británico para cartografiar las costas aún desconocidas de Australia, y dejó en la zona una constelación de topónimos, algunos sombríos, como Cape Catastrophe, donde varios de sus hombres se ahogaron.
Antes incluso de cualquier asentamiento formal, la región ya recibía visitantes europeos con intereses muy concretos: el mar. Barcos balleneros, en su mayoría franceses, faenaban en las bahías e islas locales desde la década de 1820 y hasta los años 1840, y foqueros recorrían la zona hacia 1828, cazando lobos y leones marinos por su piel y su aceite. En 1837 se estableció una estación ballenera en Sleaford Bay, aunque el negocio costero resultó poco rentable y se abandonó pocos años después. Aquella primera economía extractiva, brutal con la fauna marina, fue el preludio de la ocupación permanente.
Estos primeros contactos, todavía esporádicos, no alteraron de raíz la vida de los pueblos aborígenes, pero anunciaban lo que vendría. El mar que hoy atrae a viajeros por sus tiburones, leones marinos y ostras fue, en aquellos años, un coto de caza para balleneros y foqueros europeos, y la puerta por la que entraría la colonización. Port Lincoln, con su puerto excepcional (que muchos comparan orgullosamente con el de Sídney por su tamaño), estaba destinado a convertirse en cabeza de puente de la ocupación británica de toda la península.
La colonización formal llegó en 1839. El 19 de marzo de ese año desembarcaron los primeros colonos a bordo de tres barcos, el Abeona, el Porter y el Dorset. Meses después, el 3 de octubre de 1839, el gobernador George Gawler proclamó todo el territorio desde Cape Catastrophe hasta el fondo del golfo Spencer como un distrito, que llamó Distrito de Port Lincoln. Los colonos venían a establecer estancias ganaderas y a abrir la tierra a la agricultura. Pero esa tierra tenía dueños, y los barngarla no la cedieron sin resistencia.
Lo que siguió fue una violenta guerra de frontera, uno de los muchos conflictos no declarados que jalonan la historia colonial de Australia. La resistencia aborigen fue tan efectiva que, a comienzos de 1842, estuvo a punto de forzar el abandono de Port Lincoln por parte de los colonos. Alarmado, el gobernador George Grey ordenó el envío de un destacamento del 96.º Regimiento del ejército británico, al mando del teniente Hugonin, para 'imponer el control' en la zona. Durante la década posterior a 1839, los barngarla atacaron estancias, mientras colonos armados perpetraban matanzas por su cuenta ('vigilante killings') y la policía respondía con represalias indiscriminadas. Este conflicto entre colonos y barngarla se prolongó al menos hasta 1862.
Es una parte oscura y muchas veces silenciada de la historia de la Eyre, pero imprescindible para entenderla con honestidad. Detrás de la imagen luminosa de playas y mariscos hubo despojo, violencia y una lucha desesperada de los Primeros Pueblos por defender su Country. La superación de esa herida es un proceso todavía en marcha, del que el reconocimiento del Native Title barngarla en 2018 es un hito fundamental: un tribunal reconoció, más de un siglo y medio después, la conexión continuada de este pueblo con la tierra que se le había arrebatado.
Superada (a un costo terrible para los aborígenes) la fase de conflicto, la Península de Eyre se consolidó a lo largo del siglo XIX y XX como una potencia productiva de Australia Meridional. Sus llanuras se convirtieron en granero: el trigo y otros cereales, junto con la ganadería ovina, hicieron de la Eyre una de las grandes regiones agrícolas del estado. A ello se sumó la minería de hierro, especialmente en Hummock Hill (hoy Whyalla), cuyo mineral abastecería buena parte del acero australiano usado en la Segunda Guerra Mundial. La región tejió una red de pueblos, puertos cerealeros y ferrocarriles.
Pero la gran transformación que definió la identidad moderna de Port Lincoln llegó con la pesca del atún. La actividad despegó en la década de 1950, impulsada por el gobierno de Australia Meridional, que en 1956 patrocinó a expertos estadounidenses para enseñar a los pescadores locales las técnicas de captura con caña ('poling'). La flota se modernizó a toda velocidad (el MFV Tacoma, botado en 1951, fue el primer barco atunero construido a medida en Australia), y desde los años 90 el 'ranching' moderno de atún de aleta azul del sur, engordado en jaulas para el lucrativo mercado japonés, llegó a generar más de 100 millones de dólares anuales, creando fortunas locales.
Esta bonanza pesquera fue posible, en gran parte, gracias a una nueva ola de inmigrantes europeos, sobre todo croatas, que llegaron en las décadas de 1950 y 1960 y aportaron mano de obra, barcos y saber marinero. Su huella sigue viva en la comunidad. El orgullo atunero cristalizó en el Tunarama Festival, nacido en 1962 para promocionar la entonces incipiente industria, hoy uno de los festivales gratuitos más populares del estado. Así, Port Lincoln se ganó su título de 'capital del marisco' de Australia y hogar de la mayor flota pesquera comercial del hemisferio sur.
La Península de Eyre del siglo XXI vive de tres grandes pilares que se entrelazan: el mar, la tierra y, cada vez más, el turismo. Port Lincoln, con unos 14.000 habitantes, sigue siendo la 'capital del marisco' de Australia, con su enorme flota, su atún de aleta azul, sus ostras de Coffin Bay entre las mejores del país, su abulón y su langosta. Alrededor, los campos de trigo y las ovejas mantienen viva la vocación agrícola, mientras la industria pesquera se moderniza y busca ser más sostenible.
El turismo ha descubierto lo que la Eyre siempre tuvo: una naturaleza extraordinaria y todavía poco masificada. Es el único lugar de Australia donde se puede bucear en jaula con tiburones blancos, uno de los pocos del mundo donde nadar en libertad con leones marinos, y un santuario de playas de arena blanca, parques nacionales costeros (Coffin Bay, Lincoln) y road trips espectaculares por la costa oeste. Los mismos leones marinos y lobos que antaño cazaban los foqueros son hoy la principal atracción de una economía que aprendió a valer más la fauna viva que muerta.
Y sobre todo, la Eyre de hoy es un territorio en proceso de reconciliación. El reconocimiento del Native Title barngarla en 2018, tras dos décadas de lucha, marcó un antes y un después: los dueños tradicionales recuperaron legalmente su conexión con tres cuartas partes de la península y hoy participan activamente en la gestión del territorio, la defensa de sitios sagrados (oponiéndose, por ejemplo, a proyectos de residuos nucleares) y la revitalización de su lengua y su cultura. Viajar por la Eyre con esa conciencia —la de estar en Country barngarla, nauo, wirangu y mirning— hace la experiencia más rica y más justa: no solo playas y ostras, sino una tierra con 40.000 años de historia y custodios que siguen escribiéndola.