Cuesta imaginarlo parado hoy en medio del polvo y las dunas, pero durante decenas de miles de años el lago Mungo estuvo lleno de agua dulce, profunda y fresca. Entre hace unos 50.000 y 19.000 años, el sistema de los lagos Willandra —una cadena de lagos alimentados por un antiguo río— rebosaba de vida. Las orillas estaban bordeadas por bosques, y las aguas hervían de peces como el bacalao de Murray y la perca dorada, además de mejillones de agua dulce, ranas y yabbies (langostinos de agua dulce). Por sus márgenes rondaba una megafauna hoy extinta, entre ella el canguro más grande que existió jamás.
En ese paisaje generoso vivían los pueblos aborígenes. La evidencia indica que hay presencia humana en la Región de los Lagos Willandra desde hace al menos 50.000 años, lo que la convierte en uno de los lugares de ocupación humana continua más antiguos del planeta. Sus habitantes acampaban y pescaban en las dunas que bordeaban las orillas, recolectaban mejillones y plantas, cazaban lagartos, wallabies y wombats, y recogían huevos de pato y de emú. Los restos de sus fogones, sus comidas y sus herramientas quedaron sepultados en capas de arena que hoy la erosión va destapando poco a poco.
Hace unos 40.000 años, los niveles del agua empezaron a bajar y a fluctuar. Cuando la última glaciación alcanzó su punto máximo, entre hace 22.000 y 18.000 años, los aportes de agua dulce se cortaron por completo: los lagos Willandra se secaron y sus superficies se cubrieron de yeso. El viento comenzó entonces su lenta obra de escultor, levantando y moldeando las dunas y la gran lúnula que hoy conocemos como la Walls of China. Bajo esa arena, sin que nadie lo supiera durante milenios, descansaba un archivo extraordinario de la historia humana.
El descubrimiento que puso a Mungo en el mapa del mundo empezó con un geólogo caminando entre las dunas. En 1968, el investigador Jim Bowler, de la Universidad de Melbourne, mientras estudiaba la geología de los lagos Willandra, encontró restos humanos que la erosión había dejado al descubierto. Eran los huesos de una mujer que había sido cremada: los llamó Mungo Lady. El análisis reveló algo asombroso: aquellos restos tenían decenas de miles de años y constituían la evidencia más antigua conocida en el mundo de una cremación ritual, una práctica funeraria sofisticada y cargada de significado.
Seis años después, en febrero de 1974, el mismo Bowler hizo un segundo hallazgo aún más impactante. El movimiento de las dunas había dejado a la vista otro cuerpo: el de un hombre enterrado con las manos cruzadas y espolvoreado con ocre rojo, un pigmento que había que traer desde muy lejos. Lo llamaron Mungo Man. El entierro cuidadoso, con ocre, hablaba de un pensamiento simbólico y espiritual complejo. Las dataciones, refinadas con los años, ubicaron a Mungo Man y Mungo Lady en torno a los 42.000 años de antigüedad, entre los restos de humanos anatómicamente modernos (Homo sapiens) más antiguos hallados fuera de África.
El impacto fue enorme. Hasta entonces se subestimaba la antigüedad de la presencia aborigen en Australia; Mungo demostró, con evidencia científica irrefutable, que los Primeros Pueblos habían vivido en el continente durante decenas de miles de años, con culturas ricas y prácticas rituales complejas. La Región de los Lagos Willandra fue inscrita como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1981, en reconocimiento tanto a su valor natural como a su extraordinario valor cultural. Mungo se convirtió en un símbolo mundial de la profundidad de la historia humana en Australia.
Como si los restos de Mungo Man y Mungo Lady no fueran suficientes, la Región de los Lagos Willandra guarda otro tesoro único en el mundo. En una superficie de barro que alguna vez fue el borde húmedo de un lago efímero, se preservaron cientos de huellas humanas fosilizadas, datadas en torno a hace 19.000 a 23.000 años. Con al menos 124 huellas identificadas —y casi 460 rastros en total—, es la mayor colección de huellas humanas del Pleistoceno conocida en el planeta.
Lo conmovedor de estas huellas es su carácter íntimo y cotidiano. Fueron dejadas por adultos, adolescentes y niños que caminaban, corrían y cazaban sobre el barro blando de un aguadero. Los científicos, trabajando junto a rastreadores aborígenes, pudieron 'leer' escenas enteras: un grupo desplazándose, alguien corriendo a gran velocidad, personas de distintas edades moviéndose juntas. Es una instantánea de un día en la vida de estos pueblos, congelada durante veinte milenios y descubierta recién en 2003.
Este registro se suma a un paisaje que es, en sí mismo, un libro abierto de la prehistoria. Junto a los fósiles de megafauna —incluido el canguro más grande que existió— se conservaron hojas, semillas, polen e insectos que permiten reconstruir cómo era el ambiente cuando los lagos estaban llenos: un mundo de bosques, reptiles carnívoros y grandes herbívoros, muy distinto del semidesierto actual. Estudios recientes muestran que los humanos modernos y la megafauna coexistieron en la zona durante al menos 17.000 años. Todo ese conocimiento se sigue cuidando y estudiando, siempre en diálogo con los pueblos custodios.
La historia de Mungo no es solo un asunto del pasado remoto: es también la historia de cómo Australia aprendió, con dificultad, a respetar a los Primeros Pueblos. Cuando Mungo Lady y Mungo Man fueron descubiertos, se los retiró del lugar y se los llevó a instituciones científicas para su estudio, sin consultar a las comunidades aborígenes. Para los pueblos custodios —los barkandji/paakantyi, los mutthi mutthi y los ngiyampaa—, esos eran sus ancestros, y su remoción fue vivida como una herida profunda.
Durante décadas, las comunidades reclamaron el regreso de sus antepasados. Ese reclamo se enmarcó en un movimiento más amplio de repatriación de restos aborígenes y de reconocimiento de los derechos y la voz de los Primeros Pueblos sobre su patrimonio. Tras largas negociaciones con los ancianos de los tres grupos tradicionales, Mungo Lady fue devuelta a Lake Mungo en 1992, y finalmente, el 24 de mayo de 2022, Mungo Lady y Mungo Man fueron reenterrados en su Country. El proceso no estuvo exento de tensiones y desacuerdos dentro de las propias comunidades sobre la mejor forma de honrar a los ancestros, un debate legítimo y complejo que continúa.
Hoy, la gestión de Mungo refleja ese aprendizaje: los tres pueblos custodios participan activamente del cuidado del parque junto al servicio de parques del estado, y son ellos quienes guían a los visitantes por la lúnula sagrada de la Walls of China. Esa presencia viva es la mayor riqueza de una visita a Mungo: no es un museo de un pasado extinto, sino un Country vivo cuyos dueños tradicionales siguen conectados con él.
Recorrer Mungo es, así, transitar una de las historias humanas más largas de la Tierra: desde los lagos rebosantes de vida y los primeros pobladores de hace 50.000 años, pasando por Mungo Lady y Mungo Man y las huellas en el barro, hasta la repatriación de los ancestros y el rol de sus descendientes como custodios del presente. Pocos lugares del mundo condensan tanto tiempo, tanta ciencia y tanta cultura viva en un puñado de dunas doradas del outback australiano.