Pocos lugares del planeta permiten mirar tan hondo en el tiempo como Karijini. Las gargantas del parque están talladas en formaciones de hierro bandeado (banded iron formations) que se depositaron en el fondo de un océano primitivo hace unos 2.500 millones de años, cuando la vida en la Tierra apenas eran bacterias y el oxígeno recién empezaba a acumularse en la atmósfera. Cada franja roja y gris que se ve en las paredes de las gargantas es un registro de aquella época remota, capa sobre capa de óxido de hierro y sílice.
Durante eones, esas rocas se compactaron, se plegaron y se elevaron para formar la cordillera Hamersley. Después, ríos pacientes fueron cortando la piedra a lo largo de millones de años, abriendo las gargantas estrechas y profundas que hoy asombran al visitante. En lugares como Hamersley Gorge, los pliegues de la corteza terrestre quedaron expuestos como olas de piedra, un libro abierto de geología para quien sepa leerlo.
Ese mismo hierro que hace tan antiguo y tan rojo a Karijini es también la razón de la riqueza —y de la transformación— del Pilbara. Bajo esta tierra se esconden algunos de los mayores yacimientos de mineral de hierro del mundo, el motor de la economía de Australia Occidental. Karijini es, así, un lugar donde el tiempo geológico profundo y la industria del presente conviven a pocos kilómetros de distancia.
Karijini es Country vivo de tres pueblos aborígenes: los banyjima (banjima), los kurrama (kurama) y los innawonga (yinhawangka), propietarios tradicionales de esta parte del Pilbara. La palabra misma 'Karijini' proviene de la lengua banyjima y es el nombre que ellos dan a la cordillera Hamersley: significa, aproximadamente, 'lugar de colinas'. La evidencia arqueológica indica que estos pueblos y sus antepasados han habitado la región durante más de 20.000 años, adaptándose a un ambiente de extremos, entre el calor abrasador del verano y el frío de las noches de invierno.
Lejos de ser un desierto vacío, para estos pueblos Karijini es un paisaje profundamente cultural. Las gargantas ofrecían agua permanente, sombra y refugio; las llanuras de espinifex daban caza y plantas; y el manejo tradicional del fuego —quemas controladas a lo largo de generaciones— moldeó la vegetación que hoy vemos, favoreciendo la biodiversidad del parque. Cada garganta, cada poza y cada afloramiento tiene su nombre, su historia y su lugar en la red de conocimientos transmitidos de generación en generación.
Entre los sitios de mayor significado espiritual está Fern Pool, que los banyjima llaman Jubura: una poza serena y sombreada donde, según su tradición, habita la Serpiente Creadora (Warlu o Barrimirndi), el ser ancestral que serpenteó a través de la tierra creando los ríos y las gargantas del Pilbara. Es un lugar de mujeres y un sitio sagrado, por lo que se pide nadar en silencio y con respeto. Reconocer esta dimensión sagrada es parte esencial de visitar Karijini.
El contacto europeo con esta región llegó a mediados del siglo XIX. El explorador Francis Thomas Gregory recorrió el Pilbara en 1861 y bautizó la cordillera 'Hamersley' en honor a uno de los patrocinadores de su expedición. Sus informes sobre pastizales aptos para el ganado abrieron la puerta a la ocupación pastoril: en las décadas siguientes, colonos europeos establecieron enormes estancias de ovejas y ganado (pastoral stations) por todo el Pilbara.
Como en el resto de Australia, la expansión de la frontera pastoril tuvo un costo terrible para los pueblos aborígenes. La ocupación de las tierras y de las fuentes de agua, la introducción de ganado que competía con la fauna nativa, las enfermedades y los episodios de violencia alteraron profundamente la vida de los banyjima, kurrama e innawonga. Muchos aborígenes terminaron trabajando en las estancias —a menudo en condiciones de explotación y con salarios ínfimos o nulos—, lo que a la vez les permitió, en algunos casos, permanecer en su Country y mantener viva su conexión con la tierra.
El Pilbara fue escenario, además, de un hito en la lucha por los derechos aborígenes: en 1946, cientos de trabajadores aborígenes de las estancias de la región protagonizaron una histórica huelga (la Pilbara strike o huelga de 1946), reclamando salarios justos y mejores condiciones. Fue una de las primeras grandes acciones colectivas de trabajadores aborígenes en Australia y un antecedente importante del movimiento por los derechos civiles y territoriales de las décadas siguientes.
El siglo XX transformó el Pilbara para siempre. Aunque se sabía de la existencia de mineral de hierro, durante décadas rigió una prohibición de exportarlo. Cuando esa prohibición se levantó en 1960, se desató una fiebre del hierro: se descubrieron y desarrollaron algunos de los mayores yacimientos del mundo, y surgieron pueblos mineros enteros como Tom Price (1966), Paraburdoo y Newman, junto a puertos, ferrocarriles privados y minas a cielo abierto gigantescas. El Pilbara se convirtió en el motor de la economía exportadora de Australia, con el hierro fluyendo sobre todo hacia Asia.
En medio de ese auge industrial, también creció la conciencia de proteger el extraordinario paisaje de las gargantas. El parque nacional se estableció en 1969 con el nombre de Hamersley Range National Park, para preservar el corazón escénico de la cordillera. En 1991, en un gesto de reconocimiento hacia los propietarios tradicionales, el parque fue rebautizado con su nombre aborigen: Karijini National Park. Con el tiempo se convirtió en el segundo parque nacional más grande de Australia Occidental.
Hoy, minería y conservación conviven, no sin tensiones, en la misma región. Desde la cima del Monte Bruce, por ejemplo, se ven a la vez la inmensidad milenaria de la cordillera y el enorme tajo de una mina de hierro: dos caras del Pilbara. La expansión minera ha generado también conflictos por la protección del patrimonio aborigen, como quedó dramáticamente en evidencia con la destrucción de los refugios sagrados de Juukan Gorge en 2020, un hecho que conmocionó a Australia y reavivó el debate sobre el respeto a los sitios de los Primeros Pueblos.
El Karijini de hoy es a la vez un tesoro natural, un lugar sagrado y un destino de aventura en auge. El parque se gestiona a través de acuerdos que involucran al Departamento de Biodiversidad, Conservación y Atracciones (DBCA) de Australia Occidental y a los propietarios tradicionales, en un modelo que busca combinar la conservación, el respeto por la cultura banyjima, kurrama e innawonga y el desarrollo del turismo. El Karijini Eco Retreat, por ejemplo, ha estado ligado a la participación de la comunidad aborigen local.
Cada año, más viajeros descubren estas gargantas: nadan en Fern Pool y Handrail Pool, se asoman al abismo de Oxer Lookout, ascienden a Punurrunha y duermen bajo uno de los cielos más estrellados del país. El festival anual Karijini Experience celebra la cultura, el arte y la gastronomía aborigen en el propio parque, ofreciendo a los visitantes la oportunidad de conocer el lugar de la mano de sus custodios.
Visitar Karijini con responsabilidad implica entender que no es solo un paisaje espectacular, sino un Country vivo. Significa respetar los sitios sagrados como Jubura, nadar en silencio donde se pide, no dejar rastro, cuidar el agua escasa y reconocer que estas gargantas rojas —talladas por el tiempo y habitadas por la cultura durante milenios— pertenecen, ante todo, a los pueblos que las nombraron. Recorrer Karijini es un privilegio: el de caminar por uno de los rincones más antiguos y sagrados del planeta.