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Historia de Parque Nacional Kakadu

Bininj y Mungguy: 65.000 años cuidando el Country

Hay lugares que se miden en siglos y hay lugares que se miden en eras geológicas de la memoria humana. Kakadu pertenece a los segundos. Cuando un visitante se para frente a las pinturas de Ubirr o Burrungkuy y siente el vértigo de estar ante algo antiguo, todavía se queda corto: los pueblos que habitan este territorio llevan aquí más de 65.000 años, una continuidad cultural tan larga que desafía la imaginación. No hay en el planeta muchos lugares donde se pueda decir, con pruebas en la mano, que las mismas familias han caminado el mismo suelo desde antes de que el Homo sapiens llegara a Europa.

Los dueños tradicionales de Kakadu se identifican de forma amplia como Bininj en el norte del parque y Mungguy en el sur, términos que en sus lenguas significan, sencillamente, 'persona' o 'gente'. Bajo esos nombres conviven varios grupos lingüísticos y clanes —Kunwinjku, Gundjeihmi, Jawoyn, Mirarr, Gaagudju y otros—, cada uno con su territorio (su Country), su ley y sus responsabilidades. Para ellos, la tierra no es un escenario ni una propiedad: es un pariente vivo, un tejido de sitios sagrados, historias y obligaciones heredadas del Tiempo de la Creación.

En ese tiempo primordial, cuentan los Bininj, seres ancestrales recorrieron un mundo sin forma y lo modelaron. Warramurrungundji, la Madre Tierra, emergió del mar y creó a las personas, las lenguas y las leyes. Ginga, el cocodrilo gigante, dio forma a las gargantas rocosas. Y Namarrgon, el Hombre Rayo, con hachas de piedra en las rodillas y los codos, gobierna todavía las tormentas violentas del monzón: cada estación húmeda, cuando el cielo se parte en relámpagos sobre la escarpa, es Namarrgon golpeando las nubes. Estas no son 'leyendas' de un pasado muerto, sino un sistema de conocimiento vivo que organiza el calendario, la caza, el fuego y la vida social. Los Bininj reconocen seis estaciones, no dos, leídas en el florecer de las plantas, el viento y el comportamiento de los animales.

El testimonio material de esta antigüedad está en el suelo. En Madjedbebe (antes llamado Malakunanja II), un refugio de arenisca en el borde de Kakadu, las excavaciones dirigidas junto a los dueños tradicionales Mirarr revelaron ocupación humana de al menos 65.000 años, con las hachas de filo pulido más antiguas del mundo y algunas de las primeras herramientas para moler semillas. Es, hasta hoy, el hogar humano más antiguo conocido de Australia. Kakadu no es un parque con historia aborigen: es una civilización que sigue en pie.

El arte rupestre: una galería de la humanidad

Si la tierra guarda la memoria bajo el suelo, las rocas de Kakadu la exhiben a la vista. En la escarpa de Arnhem Land y en miles de refugios rocosos se conserva una de las concentraciones de arte rupestre más importantes y antiguas del mundo: se han registrado unos 5.000 sitios y se estima que existen otros 10.000 aún sin catalogar. En conjunto forman uno de los registros históricos continuos más largos de cualquier pueblo del planeta, un archivo pintado que abarca decenas de miles de años de relación entre los seres humanos y su ambiente.

Las pinturas no son un solo estilo ni una sola época: son capas sobre capas. Las más antiguas incluyen figuras dinámicas de cazadores en movimiento y representaciones de animales hoy extintos o desaparecidos de la región, como el tigre de Tasmania (tilacino), que desapareció del continente hace miles de años y que aparece pintado en la roca, prueba de que el artista lo vio con sus propios ojos. Luego llegó el estilo 'de rayos X', el más famoso de Kakadu, en el que se dibujan los huesos, la columna, el corazón y los órganos internos de barramundis, wallabies, tortugas y peces, un conocimiento anatómico asombroso de los animales que sustentaban a la comunidad.

En Burrungkuy (Nourlangie), la galería Anbangbang muestra a Namarrgon el Hombre Rayo y a figuras ancestrales repintadas por última vez en 1964 por el artista Nayombolmi (también llamado Barramundi Charlie), uno de los grandes maestros del arte de Kakadu. En Ubirr, junto a los animales de rayos X, aparecen las llamadas figuras 'de contacto': barcos europeos, personas con pipas y con las manos en los bolsillos, rifles. Son el registro, desde los ojos aborígenes, de la llegada de los forasteros —primero pescadores macasar del actual Indonesia, que comerciaban trepang (pepino de mar) desde hacía siglos, y luego los europeos—. Pocas veces en la historia del arte se puede leer el momento exacto del choque de dos mundos contado por quienes lo vivieron. Para los Bininj, muchas de estas pinturas siguen siendo activas y sagradas, y su cuidado es una responsabilidad ceremonial, no un trabajo de conservación de museo.

Búfalos, misioneros y la llegada de los balanda

La llegada permanente de los europeos —los balanda, palabra que los Bininj tomaron del término macasar para 'holandés'— transformó el Top End en pocas generaciones. Antes de los británicos, ya había un contacto antiguo y en gran medida pacífico con los pescadores macasar del archipiélago indonesio, que cada monzón venían a recolectar trepang en las costas y dejaron huellas en la lengua, en las canciones y en el arte. Pero el asentamiento colonial fue otra cosa.

A lo largo del siglo XIX, el gobierno británico intentó varias veces fundar puestos en la costa norte, casi todos fracasos por el clima, las enfermedades y el aislamiento. El impacto más profundo y duradero sobre las tierras de Kakadu llegó de un animal: el búfalo de agua asiático, introducido en esos asentamientos y luego asilvestrado por miles en las llanuras de inundación. Desde la década de 1880 y durante casi un siglo, la caza comercial de cueros de búfalo se volvió una industria en la región de los ríos Mary y Alligator. Cazadores blancos y trabajadores aborígenes recorrían las llanuras en la estación seca; el búfalo pisoteó los humedales y alteró el ambiente, pero también ató a muchas familias Bininj a una nueva economía como rastreadores y peones.

A la caza se sumaron misioneros, buscadores de oro y, en el siglo XX, los campamentos de safari para cazadores deportivos, como el de Nourlangie en los años 50. La política oficial australiana hacia los aborígenes en ese período fue devastadora: desplazamientos, misiones, trabajo mal pagado y, sobre todo, las políticas de asimilación que arrancaron a niños de sangre mixta de sus familias —la tragedia nacional de las Generaciones Robadas—. Muchos Bininj fueron alejados de su Country, y con ellos se puso en riesgo la transmisión de las historias, las lenguas y las ceremonias. Que el conocimiento haya sobrevivido, y que hoy vuelva a enseñarse a los jóvenes en Kakadu, es en sí mismo un acto de resistencia cultural. El nombre 'Kakadu' que hoy usa todo el mundo nació, de hecho, de un malentendido: proviene de 'Gaagudju', una de las lenguas de la zona, que el naturalista Baldwin Spencer a comienzos del siglo XX aplicó de forma imprecisa a toda la región.

El uranio, Ranger y Jabiluka: la gran lucha

En los años 60 y 70, mientras el país empezaba a reconocer los derechos territoriales aborígenes, en el subsuelo de Kakadu se descubrió algo que iba a poner a este territorio en el centro de una batalla de décadas: enormes yacimientos de uranio, en Ranger, Jabiluka y Koongarra. El hallazgo coincidió con dos fuerzas contrapuestas: el auge de la energía nuclear y el naciente movimiento por la tierra de los Primeros Pueblos.

El gobierno encargó una investigación, la llamada Ranger Inquiry (Comisión Fox), que en 1977 recomendó permitir la minería de Ranger bajo estrictas condiciones y, a la vez, crear un gran parque nacional a su alrededor. Así nació una paradoja que definiría a Kakadu: un enclave minero de uranio, Ranger, rodeado por completo por un parque Patrimonio de la Humanidad, pero legalmente separado de él. La mina de Ranger comenzó a operar en 1980 y funcionó cuatro décadas, procesando uranio hasta 2021, cuando cesó definitivamente para entrar en una larga y costosa fase de rehabilitación que busca devolver el sitio a la calidad del parque que lo rodea.

Pero la herida más profunda fue Jabiluka. En los años 90, la empresa Energy Resources of Australia (ERA), del grupo Rio Tinto, quiso abrir una segunda mina en Jabiluka, en territorio del clan Mirarr, contra la voluntad expresa de sus dueños tradicionales, encabezados por la anciana Yvonne Margarula. En 1998 estalló uno de los mayores actos de desobediencia civil ambiental de la historia australiana: el bloqueo de Jabiluka, ocho meses de protesta pacífica en el que participaron más de 5.000 personas, con cientos de arrestos. La causa Mirarr llevó el conflicto a dos investigaciones parlamentarias, a una misión de alto nivel de la UNESCO preocupada por el Patrimonio de la Humanidad, e incluso a resoluciones del Parlamento Europeo y del Congreso de Estados Unidos. Fue un David y Goliat de manual: un clan aborigen frente a una multinacional minera. Y, contra todo pronóstico, ganó el clan: la mina nunca se construyó.

El parque, el Patrimonio Mundial y la gestión conjunta

En paralelo a las luchas por el uranio, Kakadu se fue convirtiendo en el parque nacional que hoy conocemos, pero de una manera muy particular para Australia: reconociendo que la tierra pertenecía a sus dueños aborígenes. Buena parte del parque fue devuelta a los Primeros Pueblos bajo la Ley de Derechos Territoriales Aborígenes del Territorio del Norte (1976), y luego arrendada por ellos al Estado para su gestión como parque nacional. Es un modelo de 'devolver y arrendar' que cambió la relación entre conservación y pueblos originarios.

Kakadu se declaró parque nacional por etapas: la Etapa 1 se proclamó en 1979-1981, y las siguientes se sumaron en 1987 y 1991, hasta abarcar los casi 20.000 km² actuales. En 1981 la UNESCO lo inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial, una de las primeras incorporaciones de Australia, y con una distinción rarísima: fue reconocido a la vez por sus valores naturales (los humedales, la biodiversidad, la geología) y culturales (el arte rupestre y la cultura viva Bininj/Mungguy). Kakadu es uno de los poquísimos sitios mixtos del planeta, y las ampliaciones posteriores de su reconocimiento confirmaron su valor universal excepcional.

Hoy Kakadu se administra de forma conjunta. Desde fines de los años 80 funciona la Junta de Gestión de Kakadu (Kakadu Board of Management), con mayoría de dueños tradicionales, que decide junto a Parks Australia cómo se cuida el parque: dónde se puede acceder, cómo se hace el 'fuego cultural' (las quemas controladas que los Bininj usan desde hace milenios para regenerar la tierra), qué sitios sagrados quedan cerrados y cómo se cuentan las historias. No siempre es un equilibrio fácil —hubo tensiones por cierres de sitios como Gunlom, que reabrió recién alrededor de 2026 tras años de disputa por daños a un lugar sagrado—, pero es un modelo pionero de que un Patrimonio de la Humanidad puede gestionarse desde el conocimiento indígena, y no a pesar de él.

Kakadu hoy: Jabiluka a salvo para siempre

La historia contemporánea de Kakadu tuvo un final que pocos se atrevían a imaginar. En julio de 2024, tras casi tres décadas de resistencia del pueblo Mirarr, el arriendo minero de Jabiluka no fue renovado: la tierra que ERA y Rio Tinto habían querido perforar quedó liberada de todo derecho minero y comenzó el proceso para incorporarla, de forma permanente, al Parque Nacional Kakadu. El yacimiento de uranio de Jabiluka —uno de los más ricos sin explotar del mundo— no será minado jamás. Rio Tinto reconoció que no lo desarrollaría sin el consentimiento de los Mirarr, y los Mirarr dijeron que no, como habían dicho siempre. 'Siempre dijimos no a esta mina', declaró Yvonne Margarula; 'hoy me siento muy feliz de que Jabiluka esté a salvo para siempre'.

El gesto tiene un peso enorme: dentro del territorio de Jabiluka está Madjedbebe, el hogar humano más antiguo de Australia, junto a cientos de galerías de arte rupestre y sitios sagrados. Protegerlo es proteger la evidencia misma de esos 65.000 años. Fue una victoria conseguida con paciencia, ley aborigen, campañas internacionales y una obstinación pacífica que resistió a gobiernos y multinacionales. Mientras tanto, la rehabilitación de la vieja mina de Ranger sigue su curso, con la meta de que ese enclave vuelva algún día a fundirse en el paisaje del parque que lo rodea.

El Kakadu de hoy es, entonces, muchas cosas a la vez: uno de los grandes destinos naturales del mundo, con sus cascadas, sus humedales y sus cocodrilos; un archivo de arte de decenas de miles de años; y, sobre todo, un Country vivo, cuidado por sus dueños. Para el viajero, la mejor manera de honrar todo esto es simple: ir con tiempo, escuchar a los guías Bininj, respetar los sitios sagrados y los carteles que a veces prohíben nadar o fotografiar, y entender que no se está visitando un paisaje vacío, sino la casa de las culturas vivas más antiguas del planeta. Kakadu no se recorre: se lo escucha.

📚 Bibliografía

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