Cada verano, mucho antes de que existieran las estaciones de esquí, las alturas de las Snowy Mountains vibraban con uno de los rituales más asombrosos de la Australia aborigen: la peregrinación a las mariposas bogong. Cuando el calor apretaba en las tierras bajas, cientos —y a veces más de mil— personas de distintos pueblos subían a la alta montaña para darse un festín con la mariposa bogong (Agrotis infusa), una pequeña polilla marrón que, huyendo del calor, se refugia por millones apretujada en las grietas y cuevas de los afloramientos rocosos de las cumbres. Tostadas al fuego, las bogong son ricas en grasa y proteínas: un manjar estacional que solo ofrecía la montaña.
El corazón de este territorio era el país ngarigo, cuyo dominio se extendía por buena parte de las Snowy Mountains y la meseta del Monaro, con el monte Kosciuszko marcando su límite occidental. Pero la reunión de verano era mucho más que comida. Los ngarigo enviaban mensajeros con 'palos-mensaje' (message sticks) tallados con muescas para convocar a otros pueblos —como los walgalu y los ngunawal— a encontrarse en las montañas bogong. Allí, mientras duraba el festín, se realizaban corroborees (ceremonias), ritos de iniciación en anillos ceremoniales (bora rings), intercambios, arreglos matrimoniales y alianzas políticas. Era, a la vez, un banquete y una gran asamblea intertribal de las tierras altas.
La alta montaña estaba entretejida de significado sagrado. Para estos pueblos, las cumbres, los ríos y los lagos glaciares no eran un escenario vacío sino Country vivo, con historias del Dreaming y responsabilidades de cuidado. Mientras estaban en las alturas, aprovechaban también para recolectar plantas como el apio de montaña y hierbas medicinales alpinas. Ese conocimiento profundo del ambiente de altura, acumulado durante milenios, precede en muchísimo tiempo a cualquier explorador europeo que 'descubriera' estas montañas.
El nombre de la montaña más alta de Australia guarda una historia curiosamente europea. En marzo de 1840, el explorador y naturalista polaco Paweł Edmund Strzelecki recorría los Alpes Australianos cuando alcanzó, el 12 de marzo, lo que identificó como el punto más alto del continente. Decidió bautizarlo Kosciuszko, en honor a Tadeusz Kościuszko, general polaco y héroe tanto de la insurrección de su país como de la Revolución estadounidense. Según el relato, la forma de la montaña le recordó al Montículo de Kościuszko, el gran túmulo levantado en Cracovia en memoria del prócer.
Ese nombre —difícil de pronunciar para los angloparlantes, que hoy dicen algo así como 'kozzie-osko'— convivió durante décadas con cierta confusión sobre cuál era, exactamente, la cumbre más alta. Los registros muestran que, en un momento, los nombres Kosciuszko y Townsend llegaron a intercambiarse entre los dos picos vecinos, hasta que se fijó definitivamente cuál era el techo del continente: el Kosciuszko, con 2.228 metros. Los pueblos aborígenes, por supuesto, ya conocían y nombraban estas cumbres mucho antes, con topónimos ligados justamente a las mariposas bogong.
La llegada de los colonos europeos a la región, con sus ovejas y ganado en los pastizales del Monaro, tuvo un costo devastador para los pueblos originarios. Al perder sus áreas de caza y recolección, muchos ngarigo terminaron trabajando ocasionalmente en las estancias, mientras las enfermedades traídas por los europeos —viruela, gripe, sarampión, tuberculosis— diezmaban a las comunidades. Las grandes reuniones para el festín de las bogong siguieron celebrándose, con buena concurrencia, hasta las décadas de 1850 y 1860, pero el desmoronamiento social y demográfico fue tal que las últimas cacerías masivas de la polilla se apagaron en ese período. Aun así, como recuerdan hoy las propias comunidades, la conexión con el Country nunca se cortó del todo.
El esquí llegó a las Snowy Mountains sorprendentemente temprano. Ya a fines del siglo XIX, en el pueblo minero de Kiandra, los buscadores de oro noruegos y suecos introdujeron el esquí como forma de moverse sobre la nieve, y de ahí nació uno de los clubes de esquí más antiguos del mundo. A comienzos del siglo XX, lugares como Charlotte Pass —el asentamiento habitado más alto de Australia— se convirtieron en pioneros del turismo de nieve, con lodges a los que se llegaba en travesías épicas por la montaña.
Con el correr de las décadas, y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, el esquí dejó de ser una rareza para volverse una industria. Se desarrollaron las grandes estaciones que hoy conocemos: Thredbo, con su valle de estilo europeo, y Perisher, que crecería hasta ser el complejo de esquí más grande del hemisferio sur. La construcción de caminos ligada a otras obras abrió el acceso a estas montañas antes remotas.
Para proteger este paisaje único —el único ambiente verdaderamente alpino de Australia continental, con sus lagos glaciares, sus praderas de flores y sus bosques de snow gums— se fue consolidando un régimen de conservación que culminó en el Parque Nacional Kosciuszko, hoy el mayor parque nacional de Nueva Gales del Sur, con más de 690.000 hectáreas. El parque combina, de un modo poco habitual, la conservación de una naturaleza frágil con la actividad de las estaciones de esquí, la generación hidroeléctrica y el turismo de verano, todo bajo la regulación del servicio de parques del estado.
Si hay algo que marcó a las Snowy Mountains en el siglo XX tanto como el esquí, fue una obra de ingeniería descomunal: el Snowy Mountains Scheme. La construcción comenzó oficialmente el 17 de octubre de 1949 y se prolongó durante 25 años, hasta 1974. La idea era tan ambiciosa como audaz: capturar las aguas del río Snowy, que naturalmente corrían hacia el mar por el sur, y desviarlas mediante túneles a través de la cordillera hacia el interior, para generar electricidad en su caída y llevar agua de riego a las cuencas del Murray y el Murrumbidgee, en las tierras agrícolas del interior seco.
Las cifras siguen impresionando. El esquema comprende 16 grandes represas, 9 centrales hidroeléctricas, 2 estaciones de bombeo y unos 225 kilómetros de túneles, acueductos y tuberías perforados a través de la montaña. Costó unos 820 millones de dólares australianos de 1974 y es, hasta hoy, el mayor proyecto de ingeniería jamás emprendido en Australia; la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles lo catalogó como una obra de nivel mundial. Fue también el origen de los grandes lagos artificiales de la región, como el de Jindabyne, que sepultó bajo sus aguas al pueblo original del mismo nombre.
Pero el legado más profundo del Scheme no fue de hormigón, sino humano. Más de 100.000 personas de más de 30 países trabajaron en su construcción, y alrededor de dos tercios de esa fuerza laboral eran inmigrantes recién llegados: italianos, alemanes, griegos, yugoslavos, polacos, holandeses y muchos más, que huían de la Europa arrasada por la guerra. Trabajaron y convivieron durante años en campamentos de montaña, y esa mezcla extraordinaria de nacionalidades es considerada uno de los grandes motores de la Australia multicultural moderna. La obra tuvo un costo trágico: 121 trabajadores murieron oficialmente durante su construcción, en condiciones durísimas de frío, roca y explosivos. A la vez, fue pionera en seguridad, obligando por ejemplo a que todos los vehículos tuvieran cinturones de seguridad funcionando, algo inusual para los años 50 y 60.
Hoy, quien recorre las Snowy Mountains transita sobre las capas de todas estas historias: el país ngarigo y sus mariposas bogong, el explorador polaco que dejó un nombre imposible, los pioneros del esquí, los inmigrantes de posguerra que barrenaron la montaña y, sobre todo, un paisaje alpino que el Parque Nacional Kosciuszko protege como uno de los tesoros naturales más singulares de Australia.