Las Montañas Azules no empiezan en 1813, cuando tres colonos europeos las cruzaron por primera vez, ni en la palabra 'descubrimiento' que a veces se usa. Empiezan mucho antes, hace decenas de miles de años, con los pueblos aborígenes que habitan este Country desde tiempos inmemoriales. En las alturas, alrededor de Katoomba y el valle Jamison, viven los gundungurra, hoy representados por la Gundungurra Tribal Council Aboriginal Corporation, con sede en Katoomba. En la parte baja de las montañas, hacia Sídney, el Country es de los darug. Y por sus bordes se movían también otros pueblos: dharawal, wiradjuri, wanaruah y darkinjung.
Para estos pueblos, las montañas nunca fueron una barrera ni un lugar de paso: eran hogar, despensa, mapa espiritual y territorio sagrado. Los gundungurra conocían dos rutas principales para atravesar el macizo, senderos que los europeos, cuando llegaron, veían como un laberinto aterrador de acantilados de arenisca, gargantas profundas y monte impenetrable, pero que para los aborígenes eran caminos conocidos desde hacía generaciones. Vivían de la caza, la pesca en los arroyos y la recolección, y dejaron su huella en grabados rupestres, refugios de piedra y sitios ceremoniales repartidos por toda la meseta.
El paisaje entero está tejido de relatos del Dreaming. La historia de creación gundungurra cuenta que dos criaturas ancestrales, Mirigan y Garangatch —mitad pez, mitad reptil—, libraron una batalla épica que quebró la tierra y talló el valle Jamison. Nada en estas montañas, para sus dueños tradicionales, es 'solo' roca o 'solo' cascada: todo tiene nombre, historia y ley.
Las tres agujas de roca que hoy son la imagen de las Montañas Azules tienen, para el pueblo gundungurra, una historia que va mucho más allá de la geología. Según el relato más difundido, las Tres Hermanas eran tres jóvenes llamadas Meehni, Wimlah y Gunnedoo, que vivían en el valle Jamison. Las tres se enamoraron de tres hermanos de una tribu vecina, pero la ley prohibía el matrimonio entre sus pueblos.
Los hermanos, decididos a tomarlas por la fuerza, desataron una batalla. Para proteger a las jóvenes durante el conflicto, un anciano de la tribu —un hombre sabio con poderes— las convirtió en piedra, con la intención de devolverlas a su forma humana cuando pasara el peligro. Pero el anciano murió en la lucha antes de poder revertir el hechizo, y las tres hermanas quedaron petrificadas para siempre, mirando el valle donde alguna vez vivieron.
Es importante aclarar que existen distintas versiones de este relato y que algunos investigadores señalan que la forma más popularizada fue moldeada también por el turismo del siglo XX; conviene contarlo con respeto y sin presentarlo como 'la' única verdad aborigen. Lo indiscutible es el vínculo profundo entre los gundungurra y este lugar: en enero de 2014, las Tres Hermanas fueron declaradas oficialmente 'Aboriginal Place', un reconocimiento legal de su importancia cultural para los Primeros Pueblos, el sitio número 98 así reconocido en Nueva Gales del Sur.
Durante los primeros 25 años de la colonia de Sídney, las Montañas Azules fueron un muro. Los colonos, hambrientos de nuevas tierras de pastoreo para su ganado, se estrellaban una y otra vez contra el laberinto de acantilados de arenisca y gargantas sin salida. Varias expediciones intentaron cruzarlas siguiendo los ríos y los valles, y todas fracasaron: los cañones terminaban en paredes verticales imposibles.
El 11 de mayo de 1813, tres colonos —Gregory Blaxland, William Lawson y el joven William Charles Wentworth—, junto con cuatro sirvientes convictos, un guía y perros, partieron de Emu Plains con una idea distinta. En lugar de intentar avanzar por el fondo de los valles, decidieron seguir las cordilleras, las líneas de cumbres que separan las cuencas. La intuición era, en buena medida, la misma que usaban los aborígenes en sus rutas tradicionales. Funcionó: en unas tres semanas alcanzaron el borde occidental de las montañas y vieron ante sí las llanuras abiertas que buscaban.
Ese cruce de 1813 es uno de los 'momentos definitorios' de la historia australiana, porque abrió el vasto interior del continente a la expansión colonial: pastoreo, agricultura y, décadas después, la fiebre del oro. Muy pronto se trazó un camino (la Cox's Road, construida en 1814-1815 con trabajo convicto) y las montañas dejaron de ser una barrera para convertirse en una puerta. Pero ese mismo avance, celebrado por la historia colonial, significó para los gundungurra, darug y demás pueblos el comienzo del despojo de su Country.
Una vez abiertas, las Montañas Azules se transformaron rápido. En 1868 llegó el ferrocarril, tendido para conectar Sídney con las tierras del oeste, y con él comenzó la verdadera colonización de la meseta. Pueblos como Katoomba, Leura, Wentworth Falls y Blackheath surgieron a lo largo de la vía. Al principio, buena parte de la economía giró en torno a la minería: bajo los acantilados de Katoomba había vetas de carbón y esquisto (shale), que se explotaron durante décadas. El actual Scenic Railway, hoy una atracción turística, nació precisamente como un ferrocarril minero para subir el carbón desde el valle.
Pero el auge minero fue efímero. Hacia fines del siglo XIX, entre el agotamiento de las vetas rentables y las crisis económicas de la década de 1890, la minería fue decayendo. Y entonces las montañas encontraron su verdadera vocación: el turismo. La belleza del paisaje y la cercanía de Sídney hicieron el resto. A comienzos del siglo XX, Katoomba y los pueblos vecinos se llenaron de grandes 'guesthouses' y hoteles —como el Carrington en Katoomba o el fastuoso Hydro Majestic en Medlow Bath—, donde las familias adineradas de Sídney escapaban del calor del verano y del bullicio de la ciudad.
Se construyeron miradores, escaleras talladas en la roca (como el Giant Stairway), senderos de acantilado como el National Pass y hasta se domesticaron las Jenolan Caves como destino turístico. Nacía así el modelo que perdura: las Montañas Azules como el gran refugio natural de Sídney, a solo dos horas de la ciudad.
A lo largo del siglo XX, la conciencia sobre el valor natural de las Montañas Azules fue creciendo. Se protegieron enormes extensiones como parques nacionales —el Blue Mountains National Park, el Wollemi, el Kanangra-Boyd y otros— que hoy forman un mosaico de casi un millón de hectáreas de bosque de eucaliptos, gargantas y mesetas. En el año 2000, la UNESCO reconoció ese valor al declarar la Greater Blue Mountains Area como Patrimonio de la Humanidad, sobre todo por su extraordinaria diversidad de eucaliptos (más de noventa especies) y por albergar reliquias vivientes como el pino de Wollemi, un árbol que se creía extinguido desde la era de los dinosaurios y que fue hallado en 1994 en un cañón secreto de la zona.
Ese azul característico del que toman su nombre las montañas tiene, de hecho, una explicación en esos mismos bosques: los eucaliptos liberan finísimas gotas de aceite que, al dispersar la luz del sol, tiñen el aire distante de tonos azulados. Ciencia y paisaje se dan la mano.
Hoy las Montañas Azules reciben millones de visitantes al año, entre excursionistas de un día desde Sídney y viajeros que se quedan a caminar sus senderos. Al mismo tiempo, se abre paso un reconocimiento más pleno de sus dueños tradicionales: la declaración de las Tres Hermanas como Aboriginal Place en 2014, los tours guiados por descendientes gundungurra y darug, y la recuperación de relatos y lugares sagrados forman parte de una relación que vuelve, lentamente, a poner en el centro a los pueblos que habitan este Country desde mucho antes de que existiera la palabra 'azul' para nombrarlo.