Imaginá un desierto de arena amarilla, plano y silencioso, y de pronto, clavadas en él, miles de columnas de piedra: unas del tamaño de un dedo, otras tan altas como una persona, algunas de casi cuatro metros. Algunas son agujas afiladas; otras, bloques achatados con forma de hongo o de lápida. Vistas al amanecer, con la luz rasante alargando las sombras, parecen un ejército petrificado o las ruinas de una ciudad olvidada. Ese es el desierto de los Pináculos, dentro del Parque Nacional Nambung, en la Costa de Coral de Australia Occidental.
Lo asombroso es que este paisaje surrealista no es obra humana ni una fantasía: es pura geología. Los Pináculos se formaron a lo largo de decenas de miles de años a partir de la llamada Tamala Limestone, un depósito costero hecho de conchas marinas trituradas y arena de dunas antiguas. El agua de lluvia, al filtrarse por la arena, arrastró carbonato de calcio y, con la ayuda de microorganismos, fue cementando los granos en una roca dura. Donde esa roca resistió, quedaron las columnas; el viento se encargó del resto, barriendo la arena más blanda de alrededor y dejando al descubierto las torres de piedra caliza.
Las dataciones más recientes, basadas en minerales ricos en hierro de las formaciones, sugieren que los pináculos tal como los vemos hoy emergieron hace alrededor de 100.000 años, aunque otras estimaciones hablan de decenas de miles de años desde que el mar se retiró y dejó los depósitos de conchas. Sea cual sea la cifra exacta, se trata de un proceso lentísimo, todavía en marcha: las arenas siguen moviéndose y, con los siglos, unos pináculos quedan enterrados mientras otros nuevos afloran. Es un paisaje vivo, en cambio permanente.
Mucho antes de que los pináculos fueran una atracción turística, esta franja de costa era —y sigue siendo— territorio tradicional del pueblo yued (también escrito yuat), un grupo dialectal de la gran nación noongar, que ocupa todo el suroeste de Australia Occidental. Los yued son reconocidos como los custodios tradicionales del Parque Nacional Nambung, y su vínculo con esta tierra se remonta a miles de años.
La evidencia arqueológica confirma esa antigüedad: en el área de los Pináculos se hallaron herramientas de piedra y otros artefactos que indican un uso indígena de al menos 6.000 años, en un patrón de visitas estacionales para recolectar recursos, pese a lo hostil del ambiente. Los noongar organizaban su vida según seis estaciones (no cuatro), moviéndose por el país al ritmo de la disponibilidad de alimentos, la floración de las plantas y la migración de los animales, un conocimiento ecológico afinado durante innumerables generaciones.
Para los yued, los Pináculos no son un simple accidente geológico, sino un lugar de profundo significado espiritual. El sitio es especialmente reverenciado como un lugar asociado a las mujeres —vinculado a ceremonias, nacimientos y prácticas culturales femeninas— dentro de la tradición noongar. En el relato oral, las formaciones se explican a través de historias del Dreaming (el tiempo de la creación): según distintas versiones, los pináculos serían árboles petrificados, antiguos hormigueros transformados por seres ancestrales, o los restos convertidos en piedra de jóvenes o guerreros. Historias como estas no eran meros cuentos: servían para transmitir las leyes culturales, el sistema de parentesco y el calendario estacional, y para enseñar a leer el paisaje. Por eso, al visitar los Pináculos, conviene recordar que se pisa un lugar sagrado para los Primeros Pueblos y recorrerlo con respeto.
La costa frente a los Pináculos fue de las primeras de Australia que los europeos avistaron, mucho antes de que nadie soñara con colonizar el continente. Ya en el siglo XVII, los barcos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) que navegaban rumbo a las islas de las especias en Asia usaban los vientos del oeste para cruzar el océano Índico y, si calculaban mal la longitud, se topaban con la costa occidental de "Nueva Holanda", como llamaban a Australia.
Esa costa tenía mala fama: baja, arenosa, sin agua dulce evidente y bordeada de arrecifes traicioneros, fue escenario de varios naufragios famosos, como el del Batavia (1629) más al norte. Los holandeses cartografiaron tramos de este litoral pero lo consideraron inhóspito y sin valor comercial, por lo que no se establecieron. Es probable que algunos marinos hayan divisado o incluso pisado esta zona, pero no dejaron asentamientos ni registros detallados de los pináculos.
Curiosamente, el nombre del pueblo base, Cervantes, no viene de exploradores holandeses sino de un barco: el ballenero estadounidense Cervantes, que naufragó frente a esta costa en 1844. Así, en la toponimia de la región conviven ecos de balleneros, navegantes y colonos, superpuestos sobre una tierra que ya tenía nombres y dueños noongar desde hacía milenios. Durante siglos, mientras el interior de la piedra caliza guardaba sus columnas, esta costa siguió siendo un lugar de paso peligroso más que un destino.
Aunque los yued conocían los pináculos desde siempre y algunos colonos y pescadores de la zona sabían de su existencia, el paisaje permaneció prácticamente ignorado por el gran público durante buena parte de los siglos XIX y XX. Estaba lejos, en medio de dunas de difícil acceso, sin caminos ni servicios, y no figuraba en los mapas turísticos.
El "redescubrimiento" moderno llegó recién en la segunda mitad del siglo XX, cuando mejoraron los accesos y la fotografía empezó a difundir las imágenes de este bosque de piedra surrealista. El área quedó protegida y, en 1994, el conjunto pasó a integrar oficialmente el Parque Nacional Nambung, cuyo nombre deriva de una palabra noongar (asociada a un curso de agua o a la sinuosidad del terreno). El parque protege no solo los pináculos, sino también dunas, matorral costero, playas y el cercano lago Thetis con sus trombolitos, estructuras construidas por microorganismos emparentadas con las formas de vida más antiguas de la Tierra.
Con la protección llegó la infraestructura: el Pinnacles Desert Drive (el circuito en auto entre las columnas), senderos, y el Pinnacles Desert Discovery Centre, un centro de interpretación que explica la geología y, cada vez más, el patrimonio cultural indígena del lugar. En las últimas décadas, el Departamento de Biodiversidad, Conservación y Atracciones de WA (DBCA) trabaja en colaboración con la corporación aborigen yued, incorporando la voz y el conocimiento de los custodios tradicionales a la gestión del parque y a la interpretación cultural.
Hoy los Pináculos son uno de los paisajes más reconocibles y fotografiados de Australia Occidental, y una de las excursiones más populares desde Perth. Cada año atraen a cientos de miles de visitantes, muchos de ellos en tours de día completo que combinan los pináculos con el parque de fauna de Yanchep (koalas), las dunas blancas de Lancelin (sandboarding) y el almuerzo de langosta en Cervantes, en un circuito clásico por la Costa de Coral a lo largo de la escénica Indian Ocean Drive.
Ese éxito trae desafíos de conservación. El paisaje es frágil: las columnas pueden dañarse si se las toca o se trepa a ellas, y el ecosistema de dunas es sensible al pisoteo y al cambio climático. Por eso el parque canaliza a los visitantes por el circuito en auto y los senderos señalizados, y pide no salirse de las áreas habilitadas. También se cuida el cielo nocturno: lejos de las luces de la ciudad, el desierto de los Pináculos es un lugar magnífico para observar las estrellas y la Vía Láctea, y hay tours astronómicos que aprovechan esa oscuridad.
Pero quizás el cambio más importante de las últimas décadas sea el reconocimiento creciente de la dimensión cultural del sitio. La historia de los Pináculos ya no se cuenta solo como una curiosidad geológica, sino incorporando la voz del pueblo yued, sus historias del Dreaming y el respeto por un lugar sagrado. Visitar los Pináculos hoy, en el mejor de los casos, es una experiencia doble: asombrarse ante un capricho de la naturaleza de decenas de miles de años, y a la vez reconocer que estas tierras tienen dueños tradicionales cuya relación con ellas es mucho más antigua que cualquier mapa europeo.