Antes de ser 'Kings Canyon' en los mapas turísticos, este cañón de arenisca era —y sigue siendo— Watarrka, un nombre que en lengua luritja designa al arbusto de acacia (Acacia ligulata) que crece en la zona. Los pueblos luritja y arrernte habitan esta región del desierto central desde hace más de 20.000 años, y el paisaje del cañón, sus pozos de agua permanentes y las cúpulas de piedra están cargados de significado dentro de su ley y sus historias de la creación.
En un desierto donde el agua manda, Watarrka era un lugar clave: los rockholes permanentes del cañón —como el que hoy los visitantes conocen como Jardín del Edén— garantizaban agua durante todo el año, lo que convertía a la zona en un punto de encuentro, refugio y provisión. Alrededor de esas fuentes se tejieron rutas de intercambio, ceremonias y relatos que ordenaban la vida en el territorio. El microclima húmedo del cañón, con sus cícadas antiquísimas y su vegetación relicta, tenía además un valor especial: era un oasis biológico en medio de la aridez.
Como en tantos sitios del interior australiano, buena parte del conocimiento cultural profundo asociado a Watarrka pertenece a sus dueños tradicionales y no se difunde públicamente. Reconocer esa continuidad —más de 20.000 años de presencia humana ininterrumpida— es el primer paso para entender que el cañón no es un paisaje 'virgen' o vacío, sino un territorio habitado y significado desde tiempos remotos.
La región de la George Gill Range, en la que se encaja el cañón, funcionaba como una encrucijada entre los territorios de distintos pueblos del desierto central. Los senderos que unían los pozos de agua permanentes eran también rutas de comercio y de ceremonia, por las que circulaban objetos, cantos e historias a lo largo de enormes distancias. En un continente donde el agua define la vida, controlar y conocer las fuentes seguras de Watarrka otorgaba a la zona una importancia estratégica que trascendía con mucho lo que hoy percibe el visitante que llega en auto por una ruta asfaltada.
El primer europeo en llegar al cañón fue el explorador Ernest Giles, en 1872, durante una de sus expediciones por el centro de Australia patrocinadas por el botánico Ferdinand von Mueller. Giles bautizó el arroyo como King's Creek en honor a Fielder King, a quien describió en su libro de viajes como 'un viejo y amable amigo'. De ese nombre derivó el del cañón: Kings Canyon.
Giles fue el mismo explorador que, ese año, avistó Kata Tjuta y recorrió vastas extensiones del desierto central. Sus diarios reflejan la mirada típica de la exploración colonial: un paisaje monumental que nombrar y cartografiar para el Imperio, sin reconocer que se trataba de un territorio ya habitado, nombrado y significado por sus dueños. El nombre europeo se impuso en los mapas y persiste hasta hoy, aunque el nombre del parque —Watarrka— recuperó la denominación indígena de la región.
Durante casi un siglo después de Giles, la lejanía y la aridez mantuvieron a Kings Canyon prácticamente fuera del alcance del turismo. Llegar implicaba largas travesías por rutas de tierra en un rincón remoto del interior, y el cañón siguió siendo, para el mundo exterior, poco más que un nombre en el mapa.
El desarrollo turístico de Kings Canyon tiene un nombre propio: Jack Cotterill. A comienzos de los años sesenta, este pionero quedó cautivado por la belleza del cañón y decidió abrir camino, literalmente: construyó una pista de acceso y una modesta base cerca del sitio, y empezó a llevar a los primeros visitantes. Su trabajo puso a Kings Canyon en el mapa del turismo del outback y sentó las bases de lo que hoy es un destino consolidado.
A medida que crecía el interés, también crecía la necesidad de proteger el área y de reconocer su valor natural y cultural. En 1989 se declaró oficialmente el Parque Nacional Watarrka, que abarca el cañón, la meseta de arenisca George Gill Range y los ecosistemas relictos que albergan más de 600 especies de plantas y numerosos animales, algunos refugiados en los microclimas húmedos del cañón desde tiempos en que el centro de Australia era mucho más lluvioso.
La creación del parque significó también un marco para la participación de los dueños tradicionales en la gestión del territorio y para el manejo de un turismo creciente. El Kings Canyon Resort y, más lejos, la histórica Kings Creek Station —una estación de ganado y camellos— se convirtieron en la infraestructura que permite hoy pasar la noche en la zona y hacer el Rim Walk al amanecer.
Ese desarrollo llegó en un contexto más amplio de reconocimiento de los derechos aborígenes en el Territorio del Norte. La sanción del Aboriginal Land Rights (Northern Territory) Act en 1976 y los procesos de devolución de tierras que le siguieron cambiaron el marco legal de todo el centro de Australia, del que Watarrka forma parte. La gestión del cañón se inscribe hoy en esa historia de reconocimiento, en la que el turismo, para ser sostenible, debe hacerse con la participación y el consentimiento de los dueños tradicionales del país.
Hoy Kings Canyon es una de las tres grandes paradas del circuito clásico del Red Centre, junto con Uluru y Kata Tjuta, aunque recibe menos visitantes que la roca y por eso conserva un aire más salvaje y personal. Su Rim Walk de 6 km —con la subida inicial de 'Heart Attack Hill', la Ciudad Perdida y el descenso al Jardín del Edén— se ha ganado fama de ser una de las mejores caminatas de un día de toda Australia.
La gestión del Parque Nacional Watarrka busca equilibrar la protección de un ecosistema frágil y de gran valor cultural con un turismo en aumento. El sistema de pases NT Parks Visitor Pass, vigente desde 2023 para visitantes interestatales e internacionales, financia el mantenimiento de los senderos y la conservación. Los cierres del Rim Walk en días de calor extremo —a las 9:00 cuando se pronostican 36 °C o más— reflejan una gestión que prioriza la seguridad tras varios incidentes en el pasado.
Para el viajero, Kings Canyon condensa lo que hace único al centro de Australia: distancias enormes, cielos limpísimos, piedra roja monumental y la presencia constante de una historia humana que se remonta a decenas de miles de años. Quien camina el borde del cañón al amanecer, con el desierto extendiéndose hasta el horizonte, entiende por qué muchos se van diciendo que este fue el momento más impresionante de todo su viaje al outback.