Mucho antes de que un capitán inglés la bautizara "Magnética", esta isla de granito frente a Townsville tenía un nombre en la lengua de sus dueños ancestrales: Yunbenun. La isla es territorio del pueblo wulgurukaba, cuyo nombre suele traducirse como "la gente canoa" (canoe people). Y no es casualidad: los wulgurukaba eran expertos navegantes que se desplazaban en canoas de corteza entre la isla y el continente, y entre las distintas islas de la bahía de Cleveland, siguiendo el ritmo de las estaciones y de los recursos del mar.
Los wulgurukaba tenían campamentos estacionales en varias de las bahías de Yunbenun, donde encontraban abundante pesca, marisco, tortugas y dugongos, además de plantas y animales del monte seco tropical del interior. Su relación con la isla era profunda y ceremonial: el paisaje estaba (y sigue estando) cargado de significado en su tradición, y los lugares tenían nombres y relatos propios. La riqueza del mar de coral que rodea la isla hacía de este un territorio generoso.
Como en el resto de Australia, la presencia aborigen en la región es antiquísima, de decenas de miles de años. Cuando los europeos llegaron en el siglo XVIII, encontraron un país habitado y gestionado por pueblos que conocían cada bahía, cada fuente de agua y cada temporada. El nombre Yunbenun y la identidad wulgurukaba sobrevivieron a la colonización, y hoy los wulgurukaba son reconocidos como los propietarios tradicionales de la isla, participando en la gestión del Parque Nacional y en la recuperación de los nombres y relatos originales.
El nombre europeo de la isla nació de un enigma que nunca se resolvió. En junio de 1770, el teniente James Cook navegaba por la costa nordeste de Australia a bordo del Endeavour, cartografiando un litoral desconocido para los europeos. Al pasar frente a esta isla montañosa, Cook notó que la aguja de su compás parecía desviarse, y atribuyó el fenómeno a algún tipo de fuerza magnética que emanaba de la isla. Por eso la llamó "Magnetical Island" (Isla Magnética).
Lo curioso es que, en los siglos siguientes, numerosos exploradores y científicos recorrieron la isla con instrumentos tratando de encontrar el yacimiento de mineral magnético que habría desviado la brújula de Cook, y nunca hallaron nada. No hay ninguna anomalía magnética que explique lo que Cook creyó observar. Lo más probable es que se tratara de un error de lectura, una tormenta eléctrica cercana o alguna interferencia puntual. Pero el nombre quedó, y hoy la isla arrastra para siempre el recuerdo de un fenómeno magnético que, con toda probabilidad, nunca existió.
Cook no desembarcó ni tomó contacto con los wulgurukaba en esa ocasión; siguió su rumbo hacia el norte, apurado por los peligros de la Gran Barrera de Coral. La isla quedó en las cartas con su nuevo nombre, esperando a que la colonización europea del norte de Queensland, casi un siglo después, la incorporara de lleno al mundo de los colonos.
La historia moderna de la Isla Magnética está atada a la de la ciudad que tiene enfrente: Townsville, fundada en 1864 como puerto para servir a la ganadería y, más tarde, a la minería del norte de Queensland. A medida que Townsville crecía, la cercana isla —a solo 8 km de la costa— empezó a poblarse de colonos, pescadores y pequeños emprendedores. En el siglo XIX y comienzos del XX se instalaron granjas, se explotaron sus recursos y, sobre todo, la isla se convirtió en el lugar de veraneo predilecto de los habitantes de Townsville.
El clima soleado, las bahías de agua calma y la cercanía hicieron de "Maggie" un destino de escapada popular. Se construyeron muelles (como el histórico de Picnic Bay, que durante décadas fue la principal puerta de entrada), pensiones, quioscos y las primeras infraestructuras turísticas. Familias enteras cruzaban en barco a pasar el día o el verano en las bahías. Este carácter de balneario relajado, sin grandes rascacielos ni multitudes, se mantiene hasta hoy y es parte del encanto de la isla.
Este desarrollo, sin embargo, tuvo el costo habitual para los wulgurukaba, cuya forma de vida tradicional se vio profundamente alterada por la ocupación europea de su territorio y sus recursos. La isla que había sido un país habitado y gestionado por la "gente canoa" pasó a ser un anexo recreativo de la ciudad continental. La memoria de esa presencia aborigen milenaria, sin embargo, nunca se borró del todo, y en las últimas décadas ha vuelto a ocupar el lugar central que le corresponde.
El capítulo más dramático de la historia moderna de la Isla Magnética se escribió durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando el avance japonés por el Pacífico convirtió al norte de Australia en un frente amenazado —Darwin fue bombardeada en 1942—, Townsville pasó a ser un puerto y una base aérea de importancia estratégica clave, hogar de miles de soldados australianos y estadounidenses. Y la Isla Magnética, con sus alturas dominando la aproximación por mar al puerto, se convirtió en una pieza de su defensa.
En lo alto de la isla, en la zona que hoy recorre el Forts Walk, el ejército construyó un complejo de fortificaciones: puestos de observación, una torre de mando, cuarteles y emplazamientos de artillería con cañones capaces de batir los accesos marítimos a Townsville. Desde estas posiciones, los soldados vigilaban el horizonte por si aparecían buques o submarinos enemigos. Afortunadamente, los cañones nunca tuvieron que disparar en combate: el ataque a Townsville que se temía no llegó a producirse a gran escala.
Hoy, aquellas ruinas de hormigón medio devoradas por el monte seco tropical son una de las grandes atracciones de la isla. El Forts Walk lleva a los visitantes por el antiguo puesto de comando y la torre de observación, con vistas espectaculares de la costa, mientras los koalas dormitan en los eucaliptos que crecieron alrededor de las instalaciones militares. Las fortificaciones están inscritas en el Registro del Patrimonio de Queensland y son de los mejores ejemplos de este tipo de defensas costeras en la costa este del estado. Es un lugar donde la historia militar y la naturaleza conviven de una forma insólita y memorable.
En la segunda mitad del siglo XX, la Isla Magnética encontró su vocación definitiva: la de refugio de naturaleza a las puertas de una ciudad. Más de la mitad de la isla fue protegida como Parque Nacional, salvaguardando su monte seco tropical, sus bahías, su fauna y sus icónicas rocas de granito redondeadas (hoodoos). Esa protección resultó clave para uno de sus mayores tesoros: su población de koalas. Curiosamente, los koalas no son originarios de la isla; fueron introducidos en el siglo XX, y encontraron en Yunbenun un hábitat tan favorable que hoy la isla alberga más de 800 ejemplares, una de las mayores poblaciones salvajes del norte de Australia y un imán para los visitantes.
La isla mantuvo su carácter de balneario relajado y bohemio, con una comunidad de unos 2.500 residentes permanentes repartida en las cuatro bahías principales, y una cultura isleña de ritmo lento, pubs con carreras de sapos, artistas, deportes acuáticos y respeto por la naturaleza. El SS Yongala, un pecio hundido cerca en 1911, convirtió las aguas de la región en uno de los mejores destinos de buceo del mundo. La Gran Barrera de Coral, que rodea la isla, sumó snorkel y buceo de clase mundial a metros de la orilla.
En el presente, la Isla Magnética vive un reencuentro con su historia más antigua. Los wulgurukaba, reconocidos como dueños tradicionales, participan cada vez más en la gestión del parque y en compartir su cultura, y el nombre Yunbenun vuelve a aparecer junto al de "Magnetic Island". Así, la isla que Cook creyó magnética, que fue balneario de Townsville y bastión de guerra, es hoy un lugar donde conviven el koala salvaje, el arrecife de coral, las ruinas militares y la memoria viva de la gente canoa. Una pequeña isla que condensa, en 52 kilómetros cuadrados, buena parte de la historia natural y humana del norte tropical de Australia.