Hay un misterio en el corazón de la Isla Canguro, y es uno de los más intrigantes de toda Australia. Los pueblos aborígenes del continente la llamaban Karta Pintingga, 'la isla de los muertos', y creían que allí iban los espíritus de los difuntos. Pero, a diferencia de casi cualquier otro lugar de Australia, cuando llegaron los europeos la isla estaba deshabitada. No había un solo ser humano viviendo en ella.
El enigma tiene una explicación que la arqueología fue reconstruyendo. Hace más de 16.000 años, cuando el nivel del mar era mucho más bajo, la isla era parte del continente y estaba conectada a la actual costa de Australia Meridional. Gente de las naciones Ramindjeri, Ngarrindjeri, Kaurna, Narungga y Barngarla habitó o recorrió estas tierras. Pero cuando el mar subió al terminar la última glaciación, hace unos 10.000 años, la isla quedó separada del continente por un estrecho de agua. La población que quedó aislada persistió durante milenios y luego, por razones que aún se debaten, desapareció hace entre 2.000 y 4.000 años.
Cuando los europeos desembarcaron a principios del siglo XIX, encontraron herramientas de piedra y rastros de esa ocupación antigua, pero ningún habitante. Ese vacío -sumado al nombre 'isla de los muertos'- envolvió a Karta en un aura de misterio que perdura. Para los pueblos aborígenes de la región, sin embargo, la isla nunca dejó de tener significado espiritual: sigue siendo Karta, un lugar del Dreaming ligado a los espíritus, aunque nadie viviera en ella.
El nombre europeo de la isla nació de una comida. En marzo de 1802, el navegante británico Matthew Flinders, que estaba cartografiando la costa sur de Australia a bordo del Investigator, desembarcó en una isla grande y deshabitada. Su tripulación, harta de la dieta de a bordo, encontró canguros tan mansos -no conocían al ser humano- que cazaron más de treinta en pocas horas para hacer un festín de carne fresca. Agradecido, Flinders bautizó el lugar 'Kangaroo Island'.
Pocos días después, en uno de los encuentros más caballerescos de la era de la exploración, Flinders se cruzó con la expedición francesa del capitán Nicolas Baudin en un punto de la costa que hoy se llama, por eso, Encounter Bay. Aunque Francia y Gran Bretaña estaban en guerra, los dos capitanes intercambiaron información amistosamente. Baudin circunnavegó y cartografió la isla, dejando nombres franceses en muchos cabos y bahías -Cape du Couedic, Cape Borda, Ravine des Casoars- que todavía figuran en el mapa. Así, la Isla Canguro quedó marcada por esa doble impronta, británica y francesa.
Los informes de ambos exploradores mencionaban algo que cambiaría la historia de la isla: cantidades enormes de focas y lobos marinos en sus costas e islotes. En una época en que las pieles y el aceite valían oro, esa noticia atrajo a un tipo de personaje muy distinto a los científicos: los sealers, los cazadores de focas.
Durante las primeras décadas del siglo XIX, mucho antes de cualquier colonia oficial, la Isla Canguro fue un refugio de sealers, marineros desertores, fugitivos y forajidos que vivían al margen de toda autoridad. Cazaban focas hasta casi exterminarlas, recolectaban sal y pieles para comerciar, y llevaban una vida ruda y violenta en una tierra de nadie.
Este capítulo tiene un costado profundamente oscuro. Muchos de estos hombres secuestraron mujeres aborígenes -sobre todo de Tasmania y de la costa de Australia Meridional- y las llevaron a la isla para trabajar cazando focas, recolectando y como esclavas y compañeras forzadas. Fueron esas mujeres, con su conocimiento de la caza y la supervivencia, las que en muchos casos mantuvieron con vida a los sealers. Una historia trágica de la época cuenta cómo tres mujeres Ngarrindjeri y un bebé intentaron escapar cruzando el estrecho hacia el continente; dos remaron en un botecito y la tercera, sin lugar en la barca, se ató el bebé a la espalda e intentó nadar los 14 kilómetros. Es una de las muchas historias de violencia y resistencia de este período que la memoria aborigen conserva.
Algunos de estos colonos no oficiales precedieron por años a cualquier asentamiento legal: el 'gobernador' Henry Wallen se instaló hacia 1818, George 'Fireball' Bates hacia 1824. Cuando llegó la colonización formal, la isla ya tenía una pequeña población de sealers y sus familias, mestiza y curtida, viviendo en sus caletas.
En 1836, la Isla Canguro tuvo un momento de protagonismo nacional inesperado: fue el sitio elegido para el primer asentamiento oficial de la nueva colonia de Australia Meridional, la primera colonia libre del país. En julio de ese año, los barcos de la South Australian Company llegaron a Nepean Bay y fundaron el pueblo de Kingscote, con la idea de que fuera la capital de la colonia.
El entusiasmo duró poco. La isla resultó tener poca agua dulce confiable y suelos difíciles para la agricultura a gran escala, y en menos de dos años el foco colonial se trasladó al continente, a la recién trazada Adelaida. Kingscote quedó como un pequeño puerto, pero la isla perdió su breve estrellato. Ese 'fracaso' fundacional, paradójicamente, la salvó del desarrollo intensivo: mientras Adelaida y su llanura se llenaban de granjas y ciudades, la Isla Canguro quedó relativamente aislada, con grandes extensiones de monte nativo intactas.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la isla vivió de la agricultura -ovejas, cereales, eucalipto para aceite-, la pesca y, cada vez más, la miel: en 1885 se introdujo la abeja ligur italiana, y el aislamiento de la isla permitió mantener la única población pura de esta abeja en el mundo. La conservación llegó temprano: el Flinders Chase National Park, en el oeste, se protegió ya en 1919, preservando la naturaleza y la fauna que hoy son el gran atractivo de la isla.
El verano de 2019-2020 puso a prueba a la Isla Canguro como nunca. Los devastadores incendios del 'Verano Negro' australiano quemaron casi la mitad de la isla, incluyendo gran parte del Flinders Chase National Park y santuarios como Hanson Bay, arrasado el 3 de enero de 2020. Murieron decenas de miles de animales -koalas, canguros, la fauna que es el alma del lugar-, se perdieron viviendas y negocios, y dos personas fallecieron. Fue una catástrofe ecológica y humana de enormes proporciones.
Pero la recuperación fue notable, y hoy es parte de la historia que la isla cuenta con orgullo. El monte rebrotó, la fauna volvió, y con ayuda de programas de rescate y de todo el país, los santuarios reabrieron. En 2023 se inauguró un nuevo centro de visitantes de Flinders Chase en Karatta, reemplazando al que destruyó el fuego, y reabrió el Kangaroo Island Wilderness Trail. Lugares como Hanson Bay ofrecen ahora tours de 'ecología del fuego' donde se ve, literalmente, cómo el bosque australiano está adaptado para renacer de las llamas.
La Isla Canguro del presente es un destino de vida salvaje de clase mundial que combina naturaleza salvaje, fauna accesible -leones marinos en Seal Bay, lobos marinos en Admirals Arch, koalas en los eucaliptos- y una escena gastronómica local vibrante, de la miel ligur a las ostras, el gin y el aceite de eucalipto. Bajo todo eso late su historia singular: la isla de los muertos que quedó sin habitantes, la frontera de los sealers, la capital que no fue, y el paisaje que una y otra vez demuestra su capacidad de renacer. Karta sigue siendo, después de todo, un lugar aparte.