Antes de que hubiera una sola vid en el Hunter Valley, mucho antes de que llegara el primer colono, este valle de colinas suaves y ríos serpenteantes ya tenía dueños y un relato de origen. Es Country ancestral del pueblo wonnarua, que ha habitado el Alto Hunter durante al menos 30.000 años. Para los wonnarua, la tierra que hoy asociamos con el vino no fue moldeada por el azar geológico, sino por un ser creador.
Según la tradición oral transmitida por los ancianos wonnarua, fue el espíritu Baiame quien dio forma al valle. Baiame emergió de un estado de quietud primordial y, con sus herramientas, talló el paisaje: las colinas, las cordilleras, los ríos y los valles del Hunter son obra suya. Cada accidente del terreno tiene, en la cosmovisión wonnarua, un origen y un significado ligados a este acto de creación del Dreaming. El río Hunter, las montañas de Brokenback que hoy sirven de telón de fondo a los viñedos, las llanuras fértiles: todo forma parte de esa geografía sagrada.
Los wonnarua vivían de la caza, la pesca en el río y la recolección, moviéndose por un territorio que conocían íntimamente, y mantenían lazos con pueblos vecinos como los awabakal de la costa y los darkinjung del sur. Su presencia dejó huellas —sitios ceremoniales, grabados, herramientas de piedra— que la arqueología sigue estudiando. Cuando hoy se levanta una copa de Semillón en el Hunter, se hace sobre Country wonnarua, un detalle que la propia industria vinícola reconoce cada vez más.
El primer contacto europeo con la región fue casi accidental. En 1797, el teniente británico John Shortland, mientras perseguía a un grupo de convictos fugados, descubrió por casualidad la desembocadura de un gran río, que bautizó Hunter en honor al gobernador John Hunter. En esa desembocadura, donde hoy está Newcastle, se encontró algo muy valioso: carbón a flor de tierra.
Esa riqueza selló el destino de la zona. Newcastle se fundó como estación penal para los convictos reincidentes, los considerados más peligrosos, precisamente para explotar el carbón, además de la madera y la cal. Su aislamiento inicial de Sídney y su régimen de trabajo forzado le dieron pronto una fama de brutalidad. El carbón del Hunter se convertiría, con el tiempo, en uno de los pilares económicos de Australia, y sigue siéndolo hoy en el Alto Hunter.
La colonización agrícola del valle propiamente dicha empezó en la década de 1820, cuando se abrieron las tierras a los colonos libres. El valle se cubrió de granjas de ovejas, campos de cultivo y, muy pronto, de viñedos. Pero esa expansión tuvo un costo terrible para los wonnarua: la ocupación de sus tierras de caza, los conflictos violentos en la frontera y las enfermedades diezmaron a la población aborigen. La historia temprana del Hunter, como la de tantas regiones australianas, es también la de una desposesión sangrienta que recién en las últimas décadas empezó a reconocerse abiertamente.
Casi al mismo tiempo que llegaban las ovejas y los cultivos, llegó la vid. Y aquí está la gran distinción histórica del Hunter Valley: fue la cuna del vino australiano. En la década de 1820 se plantaron las primeras vides comerciales de la colonia, y el valle se convirtió en el laboratorio donde nació una industria que hoy es de clase mundial.
La figura clave fue James Busby, considerado el 'padre de la viticultura australiana'. Busby recorrió Europa y Sudáfrica recolectando material vegetal y trajo a la colonia una colección de unas 500 estacas de vid de distintas variedades, muchas de las cuales se plantaron en el Hunter y en los jardines botánicos de Sídney. Fue el punto de partida de casi todos los viñedos australianos. Cerca de Busby, familias pioneras tomaron algunas de las primeras concesiones de tierra: los Kelman se instalaron en Kirkton, sobre el río Hunter, y hacia 1840 la superficie de viñedos registrados en el valle ya superaba las 500 acres.
A lo largo del siglo XIX se sumaron los nombres que todavía definen al Hunter: el doctor Henry Lindeman, y las familias Drayton, Tyrrell y Wilkinson, todas activas en la segunda mitad del siglo. Audrey Wilkinson plantó las primeras vides de Pokolbin en 1866; Edward Tyrrell fundó su bodega en 1858. Esos pioneros perfeccionaron, casi por prueba y error, las variedades que mejor se daban en el clima cálido y húmedo del valle: sobre todo el Semillón y el Shiraz, que se convertirían en la firma del Hunter.
La historia del vino en el Hunter no fue una línea ascendente y sin sobresaltos. A lo largo del siglo XX, la región vivió altibajos profundos. Entre fines de la década de 1930 y los años sesenta, el valle sufrió una fuerte caída en la actividad vitivinícola, golpeado por la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y el cambio en los gustos: los australianos consumían entonces sobre todo vinos fortificados dulces (tipo oporto y jerez) más que vinos de mesa secos, y muchos viñedos históricos se arrancaron o quedaron abandonados.
El renacimiento llegó en los años sesenta, cuando el mercado cambió. Los vinos de mesa finos y secos empezaron a ganar popularidad entre una clase media australiana más próspera y viajada, y la industria pudo florecer de nuevo. Figuras como Murray Tyrrell —de la histórica familia Tyrrell— lideraron ese resurgimiento, y proliferaron las bodegas boutique. En 1970 se fundó Brokenwood, hoy una bodega de culto, como un emprendimiento conjunto de tres socios (entre ellos el célebre crítico James Halliday), símbolo de esa nueva generación de productores apasionados.
Desde entonces, el Hunter no dejó de crecer en prestigio y en oferta turística. A su cercanía con Sídney —apenas dos horas— sumó una escena gastronómica de primer nivel, resorts, spas y actividades como los vuelos en globo, convirtiéndose en el destino de escapada por excelencia de la mayor ciudad del país. El Semillón del Hunter, en particular, se consolidó como uno de los grandes vinos blancos del mundo, capaz de envejecer y transformarse en botella durante décadas.
El Hunter Valley contemporáneo es, a la vez, la región vinícola más antigua de Australia y uno de sus destinos turísticos más pulidos. Más de 150 bodegas —desde casas históricas centenarias hasta pequeñas boutiques— reciben a visitantes de todo el mundo en sus cellar doors, donde se degustan los emblemáticos Semillón y Shiraz de la región. Alrededor del vino floreció todo un ecosistema: restaurantes de alta cocina, queserías y chocolaterías artesanales, olivares, cervecerías, spas de lujo, jardines temáticos y experiencias como el globo aerostático al amanecer.
Es importante recordar que el Hunter es también, todavía, tierra de carbón: el Alto Hunter concentra grandes minas a cielo abierto que conviven, no siempre en armonía, con los viñedos y con las preocupaciones ambientales del presente. Esa tensión entre el vino, la minería y la sostenibilidad forma parte del debate actual de la región.
Y, cada vez más, el Hunter reconoce a sus primeros habitantes. La industria del vino, los organismos culturales y las propias comunidades wonnarua trabajan en visibilizar el 'Country debajo de las vides': el relato de Baiame, los sitios sagrados, la larga historia aborigen que precede en decenas de miles de años a la primera cepa. Levantar una copa de Semillón en el Hunter es, así, brindar sobre varias capas de historia superpuestas: la del Country wonnarua moldeado por Baiame, la del carbón y los convictos, la de los pioneros del vino de la década de 1820 y la del destino gastronómico y turístico que es hoy.