Antes de que llegara el nombre inglés 'Hobart', esta tierra de agua salada entre el río Derwent y la montaña tenía otro nombre y otros dueños. Se llamaba, y se llama, nipaluna, en la lengua reconstruida palawa kani, y era Country del pueblo muwinina, uno de los clanes de los aborígenes tasmanos (palawa o pakana). La ocupación aborigen de Tasmania es antiquísima: se estima que los Primeros Pueblos habitan la isla desde hace unos 35.000 años, desde cuando Tasmania estaba unida al continente por un puente de tierra que luego el mar cubrió, dejándolos aislados durante milenios.
Esa larga insularidad hizo de la cultura aborigen tasmana una de las más singulares del mundo. Los muwinina y los demás clanes vivían de la caza, la pesca y la recolección, moviéndose con las estaciones por un territorio que incluía la montaña que hoy llamamos kunanyi/Mount Wellington, las orillas del Derwent y la costa. Tenían una relación espiritual profunda con la tierra, el agua y el fuego, y un conocimiento fino del paisaje que les permitió prosperar en el clima frío del extremo sur.
Hoy, el nombre nipaluna se usa cada vez más, a menudo junto al colonial Hobart, en un gesto de reconocimiento a los Primeros Pueblos. Instituciones, universidades y eventos abren sus actos con un 'Acknowledgement of Country' que honra a los muwinina como custodios tradicionales de esta tierra. Reconocer que Hobart se levanta sobre nipaluna, tierra muwinina, es el punto de partida imprescindible para entender su historia con honestidad, incluida la parte más dolorosa que vendría con la colonización.
La colonización europea del sur de Tasmania fue temprana, y su comienzo estuvo marcado por la violencia. El primer asentamiento se estableció en 1803 como un campamento militar en Risdon Cove, en la orilla este del río Derwent. Aquel puesto precario fue escenario, el 3 de mayo de 1804, de la llamada Masacre de Risdon Cove: soldados, colonos y convictos abrieron fuego contra un grupo de entre 100 y 300 aborígenes que cazaban en la zona, en uno de los primeros episodios de derramamiento de sangre de la ocupación británica de la isla.
Ese mismo año de 1804, el capitán David Collins, primer teniente gobernador, decidió que Risdon Cove no era el mejor sitio y trasladó el asentamiento a la orilla oeste, a un lugar de puerto profundo y abrigado llamado Sullivans Cove: el emplazamiento actual del centro de Hobart. Con él llegaron también militares, colonos y convictos del abandonado asentamiento de Port Phillip (en el continente). Collins bautizó el nuevo pueblo 'Hobart Town' (u 'Hobarton') en honor a Lord Hobart, entonces secretario de Estado británico para la guerra y las colonias.
Hobart nació, pues, como colonia penal, la segunda capital más antigua de Australia después de Sídney. Durante décadas fue destino de convictos transportados desde Gran Bretaña, cuya mano de obra forzada levantó buena parte de los edificios de arenisca que hoy admiramos en Salamanca, Battery Point y el waterfront. A la vez, su puerto excepcional la convirtió pronto en el principal puerto ballenero del Océano Austral, con una industria que, brutal con las ballenas, atrajo barcos, dinero y aventureros al joven asentamiento.
La expansión de la colonia trajo consigo uno de los capítulos más oscuros de la historia australiana: la llamada 'Guerra Negra' (Black War), un conflicto violento entre colonos británicos y aborígenes tasmanos que se desató desde mediados de la década de 1820 hasta 1832. A medida que los colonos ocupaban tierras para la ganadería y la agricultura, los aborígenes, despojados de su Country y de sus fuentes de alimento, resistieron. La guerra se libró en gran parte como una guerra de guerrillas por ambos bandos, con emboscadas, represalias y matanzas. Murieron unos 200 colonos y entre 600 y 900 aborígenes, cifras que, sumadas a las enfermedades introducidas y al desarraigo, llevaron a la población aborigen tasmana al borde de la extinción.
En 1830, el gobierno colonial llegó a organizar la 'Black Line', una cadena humana de colonos y soldados que barrió la isla intentando acorralar a los aborígenes restantes. Poco después, el funcionario George Augustus Robinson emprendió expediciones para convencer a los sobrevivientes de rendirse, con la promesa de protección, y terminó exiliándolos a la isla de Flinders, donde muchos murieron. Una figura central y trágica de este proceso fue Truganini (c. 1812-1876), una mujer del pueblo nuenonne de Bruny Island, que de adolescente vio morir y dispersarse a casi todo su pueblo, actuó como guía de Robinson y, con el tiempo, fue descrita (erróneamente) como 'la última aborigen tasmana pura'.
Es fundamental decirlo con claridad: los aborígenes tasmanos NO desaparecieron. La idea de que Truganini fue 'la última' es un mito colonial. La comunidad palawa/pakana sobrevivió, sobre todo a través de descendientes de mujeres aborígenes y foqueros en las islas del estrecho de Bass, y hoy es una comunidad viva y activa que reclama sus derechos, recupera su lengua (el palawa kani) y honra a sus ancestros. Recordar la Guerra Negra y a Truganini no es regodearse en la tragedia, sino reconocer una historia real que el visitante debe conocer para entender la Tasmania de hoy.
A lo largo del siglo XIX, Hobart Town se consolidó como capital de la colonia de Van Diemen's Land (el antiguo nombre colonial de Tasmania, luego rebautizada Tasmania en 1856 en parte para dejar atrás su sombría fama de tierra de convictos). El transporte de convictos a la isla continuó hasta la década de 1850, y su legado quedó grabado en la piedra: los almacenes de Salamanca, las iglesias, los edificios públicos y las mansiones georgianas que hacen de Hobart una de las ciudades con mejor patrimonio colonial de Australia se construyeron en buena medida con trabajo forzado.
La economía giró en torno al puerto: la caza de ballenas y focas, la exportación de lana, madera, fruta (Tasmania se ganó el apodo de 'Apple Isle' por sus manzanas) y otros productos. Con el fin del transporte de convictos y el agotamiento de las ballenas, Hobart se fue transformando en una capital provinciana tranquila, algo apartada del vértigo de las grandes ciudades continentales. Durante buena parte del siglo XX fue vista, incluso dentro de Australia, como un lugar remoto, hermoso pero adormecido, más conocido por su naturaleza y su patrimonio que por su dinamismo.
Esa tranquilidad tenía su encanto: el waterfront con sus barcos pesqueros, el mercado de Salamanca (que se convirtió en institución), Battery Point con sus cottages, la sombra protectora del monte kunanyi y la llegada, cada fin de año, de la épica regata Sídney-Hobart, cuyos veleros amarran en Constitution Dock entre celebraciones. Pero a Hobart le faltaba algo que la pusiera de nuevo en el mapa del mundo. Ese algo llegaría, de forma totalmente inesperada, en el siglo XXI.
La gran transformación de la Hobart contemporánea tiene fecha y autor: el 21 de enero de 2011 abrió sus puertas el MONA (Museum of Old and New Art), el museo de financiación privada más grande del hemisferio sur, creado por David Walsh, un millonario tasmano y jugador profesional que hizo fortuna con sistemas de apuestas. Walsh construyó, excavado en la roca de la península de Berriedale, junto a su bodega Moorilla, un museo subterráneo y laberíntico para albergar su colección de arte antiguo, moderno y contemporáneo, deliberadamente provocador, que él mismo describió como un 'Disneyland subversivo para adultos'.
El impacto fue tan grande que se acuñó una expresión: el 'efecto MONA'. De la noche a la mañana, la tranquila y remota Hobart se convirtió en un destino artístico internacional, atrayendo a viajeros de todo el mundo que venían específicamente por el museo. MONA no solo cambió la economía turística de la ciudad, sino su autoestima y su energía: sumó festivales como el oscuro y ritual Dark Mofo en pleno invierno (con su famoso baño desnudo al amanecer del solsticio) y el veraniego Mona Foma, y contagió a Hobart una escena creativa, gastronómica y de bares que antes no tenía.
Hoy Hobart, con unos 250.000 habitantes en su área metropolitana (casi la mitad de la población de Tasmania), combina lo mejor de sus dos almas: la histórica —Salamanca, Battery Point, la cervecería Cascade de 1824, el patrimonio colonial— y la vanguardista, encarnada en MONA. A ello suma una gastronomía basada en el producto frío más codiciado del planeta (ostras, salmón, whisky, quesos, vinos fríos, sidra) y una naturaleza salvaje a la vuelta de la esquina. Y, cada vez más, un reconocimiento honesto de su historia: la de una ciudad levantada por convictos sobre nipaluna, tierra muwinina, cuyos Primeros Pueblos, lejos de haber desaparecido, siguen aquí, reclamando su lugar.