Antes de que fuera una ruta panorámica, esta costa era —y sigue siendo— el Country de varios pueblos aborígenes que la habitan desde hace decenas de miles de años. La Great Ocean Road atraviesa, de este a oeste, tres territorios ancestrales: los Wadawurrung (o Wathaurong), del tramo de Torquay y Aireys Inlet; los Gadubanud (también escrito Katubanut), 'la gente del rey loro', que ocupaban la meseta de selva húmeda y la costa escarpada de las montañas de los Otways, con el centro en la zona de Apollo Bay; y hacia el oeste, los Eastern Maar y Gunditjmara, cuyo Country llega hasta Warrnambool y Port Fairy.
Eran pueblos de una costa generosa pero brava. Vivían de la pesca, de los mariscos, de la caza en los bosques de los Otways y de las plantas de la selva templada, con un profundo conocimiento de las mareas, las estaciones y los ríos. Los Gadubanud, en particular, dominaban uno de los ambientes más difíciles del sureste australiano: la selva fría y lluviosa de los Otways y sus acantilados. Toda la región estaba cruzada por relatos del Dreaming, sitios sagrados y songlines que conectaban la costa con el interior.
La llegada de los europeos, a partir de la década de 1830, fue devastadora. Antes del contacto había más de 200 clanes en la nación Maar; en pocas décadas, las enfermedades, la violencia de la frontera y el despojo de tierras redujeron esa población a una fracción, y muchos grupos se fusionaron para sobrevivir. Pero los pueblos no desaparecieron. En 2011, la Corte Federal reconoció el título nativo de los Gunditjmara y los Eastern Maar sobre tierras del suroeste de Victoria, y determinaciones posteriores ampliaron ese reconocimiento hasta Aireys Inlet, sobre la propia Great Ocean Road. Hoy la Eastern Maar Aboriginal Corporation y otras organizaciones trabajan por la cultura, la lengua y el cuidado del Country. Manejar esta ruta es, sin saberlo muchos, atravesar la tierra viva de estos pueblos.
Mucho antes de que existiera la ruta, esta costa se ganó un apodo temible: la Shipwreck Coast, la 'costa de los naufragios'. Los veleros que traían inmigrantes y mercancías desde Europa a Melbourne, tras tres meses de travesía, debían enfilar por el estrecho de Bass entre nieblas, tormentas y acantilados sin apenas faros. Cientos de barcos se estrellaron contra estas rocas en el siglo XIX. Por eso se encendió, ya en 1848, el faro de Cape Otway, el 'Beacon of Hope' (faro de la esperanza), la primera luz que veían los inmigrantes tras el largo viaje.
El naufragio más famoso, y el que dio nombre a Loch Ard Gorge, ocurrió el 1 de junio de 1878. El clíper Loch Ard, que traía inmigrantes y lujosas mercancías desde Inglaterra, se estrelló de noche contra Muttonbird Island, a apenas unos días de llegar a Melbourne. De las 54 personas a bordo, solo sobrevivieron dos, ambos de 18 años: Tom Pearce, un aprendiz que se aferró al casco dado vuelta de un bote, y Eva Carmichael, una joven irlandesa que pasó horas agarrada a un mástil en el mar helado. Pearce llegó primero a la playa encerrada de la garganta, oyó los gritos de Eva y volvió a lanzarse al agua para rescatarla. Pasaron la noche refugiados en una cueva de la gorge antes de pedir ayuda.
La historia conmovió a toda Australia. Los dos jóvenes se volvieron celebridades, posaron para fotógrafos de Melbourne y Pearce recibió la primera medalla de oro de la Royal Humane Society de Victoria. Eva volvió a Irlanda; Pearce llegó a ser capitán de barco. Del cargamento del Loch Ard se rescataron objetos legendarios, como un piano de cola y el 'Loch Ard Peacock', un pavo real de porcelana de Minton que iba a exhibirse en la Exposición Internacional de Melbourne de 1880 y que hoy se conserva casi intacto. Esa historia de tragedia y coraje sigue latiendo en cada mirador de Loch Ard Gorge.
La Great Ocean Road no nació como una atracción turística sino como un homenaje y una fuente de trabajo. Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, Australia —que había perdido decenas de miles de jóvenes en Gallipoli y en el frente occidental— enfrentaba el problema de qué hacer con los soldados que volvían, muchos heridos en el cuerpo o en el alma, sin trabajo. La idea fue tan simple como monumental: darles empleo construyendo una ruta espectacular a lo largo de la costa de Victoria, que a la vez sería un memorial vivo a los compañeros caídos.
Las obras arrancaron el 19 de septiembre de 1919. Unos 3.000 ex combatientes trabajaron en el proyecto a lo largo de los años, en condiciones durísimas. La ruta se abrió casi enteramente a mano: pico, pala, carretillas, explosivos y algo de maquinaria pequeña, tallando el camino en acantilados que caían al mar, en medio de la selva y bajo la lluvia y el viento del océano Antártico. Vivían en campamentos precarios a lo largo de la costa. El trabajo era peligroso —hubo obreros muertos en accidentes— y avanzaba lento, tramo a tramo. Fue una hazaña de ingeniería y de resistencia humana.
El camino se fue completando por partes. El tramo final, de Lorne a Apollo Bay, se terminó en noviembre de 1932, y la ruta quedó oficialmente inaugurada por el vicegobernador de Victoria, Sir William Irvine. En 1939 se levantó en Eastern View el Memorial Arch, el arco de madera que hoy es parada de foto obligada, con placas que recuerdan a los soldados-constructores y a W.T.B. McCormick, presidente de la junta de caminos. Así, la Great Ocean Road se convirtió en lo que sigue siendo hoy: el memorial de guerra más grande del mundo, 240 kilómetros de asfalto dedicados a los caídos de la Gran Guerra.
En sus primeras décadas, la Great Ocean Road fue incluso una ruta de peaje: había que pagar para transitarla, en parte para recuperar el costo de la obra. Recién en 1936 el camino pasó a manos del gobierno de Victoria, se eliminó el peaje y quedó abierto y gratuito para todos. A lo largo del siglo XX, con el auge del automóvil y de las vacaciones costeras, los pueblos de Torquay, Lorne y Apollo Bay crecieron como destinos de veraneo, y Torquay se transformó, además, en la capital del surf australiano: allí nacieron marcas como Rip Curl y Quiksilver, y la vecina Bells Beach se volvió sede del torneo de surf en actividad más antiguo del mundo.
El salto a fama mundial llegó con los Doce Apóstoles. Estas columnas de piedra caliza, esculpidas por millones de años de erosión, se convirtieron en una de las postales más reproducidas de Australia y en el imán que hoy atrae a millones de visitantes por año, muchos en excursiones de un día desde Melbourne. Curiosamente, el nombre 'Twelve Apostles' es de mediados del siglo XX, pensado para el turismo: antes se las llamaba 'Sow and Piglets' (la cerda y los lechones). Y nunca fueron doce: el mar sigue derribando columnas (una cayó en 2005) y esculpiendo otras, en un paisaje que cambia constantemente.
Hoy la Great Ocean Road es a la vez un tesoro y un desafío. El turismo masivo presiona sobre pueblos chicos, estacionamientos y ecosistemas frágiles, y el cambio climático y la erosión amenazan las propias formaciones que todos vienen a ver. Al mismo tiempo, crece el reconocimiento de los pueblos aborígenes —Wadawurrung, Gadubanud, Eastern Maar— como Dueños Tradicionales de esta costa, con su cultura y sus relatos volviendo al primer plano. La ruta que empezó como un homenaje a los muertos de una guerra es, un siglo después, uno de los grandes viajes por carretera del mundo, y un lugar donde la memoria de los soldados, los naufragios y los Primeros Pueblos convive con la belleza brutal del océano Antártico.