Mucho antes de que existiera un solo mapa europeo, la costa de la Gran Barrera de Coral ya tenía dueños. A lo largo de estos 2.300 kilómetros de mar, de Cape York a Bundaberg, viven más de 70 grupos de Dueños Tradicionales aborígenes y de las islas del Estrecho de Torres: los Woppaburra de las islas Keppel, los Gunggandji y Yirrganydji de la zona de Cairns, los Ngaro de las Whitsundays, los Kuku Yalanji de Daintree, y muchísimos más. Para todos ellos el arrecife no es un paisaje ni un recurso turístico: es Sea Country, un territorio marino tan propio y tan cargado de responsabilidad, ley y parentesco como la tierra firme.
Lo más asombroso es la profundidad de esa relación en el tiempo. La Gran Barrera de Coral que hoy vemos es, geológicamente, joven: empezó a formarse hace apenas unos 6.000 a 8.000 años, cuando el nivel del mar subió tras la última glaciación y cubrió la vieja llanura costera. Pero los pueblos aborígenes ya habitaban esta región desde hace decenas de miles de años, es decir, cuando gran parte de lo que hoy es fondo marino era tierra seca donde se cazaba y se vivía. Esa memoria no se perdió: hay relatos del Dreaming que hablan de una época en que la costa estaba mucho más lejos, del avance del mar y de la formación de las islas. La ciencia moderna confirmó que esas historias orales conservan, con notable exactitud, el recuerdo de una línea de costa que existió hace milenios.
Sobre ese Sea Country, los Primeros Pueblos desarrollaron una cultura marina sofisticada: pesca, recolección de moluscos, caza tradicional de tortugas y dugongos con reglas estrictas de sustentabilidad, navegación entre islas y una red de songlines que conectan sitios sagrados a través del mar. Hoy ese conocimiento vuelve al centro: los Dueños Tradicionales firman Acuerdos de Uso Tradicional de Recursos Marinos (TUMRA) con el Reef Authority, trabajan como guardaparques (Sea Country rangers) y son protagonistas del cuidado del arrecife. Respetar quién estuvo primero, y quién nunca se fue, es parte de entender lo que este lugar significa.
El encuentro europeo con la Gran Barrera de Coral fue, literalmente, un choque. La noche del 11 de junio de 1770, el HMB Endeavour, al mando del teniente James Cook, navegaba a oscuras frente a la costa norte de lo que hoy es Queensland cuando embarrancó de lleno contra un arrecife. El barco quedó atrapado, haciendo agua, en peligro de hundirse. La tripulación arrojó al mar cañones y provisiones para aligerarlo, taparon la vía de agua con una vela y a duras penas lograron zafar y arrastrar el Endeavour hasta la desembocadura de un río, donde pasaron siete semanas reparándolo. Ese lugar es hoy la ciudad de Cooktown, y el río se llama Endeavour en recuerdo del episodio.
Cook no tenía idea de la escala de lo que había golpeado. Recién al remontar y mapear la costa comprendió que se trataba de una barrera de arrecifes gigantesca, un laberinto de coral que corría en paralelo al continente y que convertía la navegación en una pesadilla. En sus diarios lo describió con una mezcla de espanto y admiración. La 'gran barrera de arrecifes' entró así en la cartografía imperial británica como un obstáculo temible más que como una maravilla.
Durante el siglo XIX, el reef fue sobre todo un peligro para los barcos y una fuente de recursos. Hubo naufragios célebres, cazadores de beche-de-mer (pepino de mar) que lo recorrían para vender a Asia, recolectores de perlas y de conchas, y las primeras expediciones científicas que empezaron a describir sus corales. La mirada europea tardó más de un siglo en pasar del 'esto es un estorbo mortal para la navegación' al 'esto es uno de los ecosistemas más extraordinarios del planeta'. Ese cambio de mirada, ya en el siglo XX, terminaría salvando al arrecife.
A mediados del siglo XX, la Gran Barrera de Coral seguía siendo vista, en buena medida, como una despensa a explotar. En los años 60 hubo propuestas serias para extraer petróleo del arrecife y para minar sus corales en busca de cal. Fue justamente la amenaza de perforaciones petroleras y de la minería lo que encendió uno de los primeros grandes movimientos conservacionistas de Australia. Científicos, poetas (como Judith Wright), buzos y ciudadanos comunes se unieron en la campaña 'Save the Reef': lo que estaba en juego, argumentaban, no era un banco de piedra sino un ser vivo único e irremplazable.
La presión funcionó. En 1975, el Parlamento australiano sancionó la Great Barrier Reef Marine Park Act y creó la Great Barrier Reef Marine Park Authority (GBRMPA, hoy Reef Authority), el organismo encargado de proteger y administrar el arrecife. Se estableció un enorme Parque Marino con un sistema de zonificación pionero en el mundo: áreas de uso general, áreas de pesca restringida y 'zonas verdes' de santuario total donde no se puede extraer nada. En 1981, la UNESCO coronó ese esfuerzo declarando a la Gran Barrera de Coral Patrimonio de la Humanidad, por su valor universal excepcional: es el mayor sistema de arrecifes del mundo, con una biodiversidad asombrosa.
Esa protección legal convirtió al reef en un modelo global de gestión marina, y también en el corazón de una industria turística que hoy sostiene a Cairns, Port Douglas, Airlie Beach y buena parte de la costa de Queensland. La tasa ambiental que pagan los visitantes (la Environmental Management Charge) nació de esa lógica: quien disfruta del arrecife ayuda a financiar su cuidado. El reef pasó de ser un peligro para los barcos y una cantera potencial a ser, oficialmente, un tesoro de la humanidad.
La historia reciente de la Gran Barrera de Coral es, sin vueltas, una historia de amenaza. El enemigo ya no es la minería sino el calentamiento del agua. Cuando el mar se calienta demasiado, los corales expulsan a las algas microscópicas que viven en ellos y les dan color y alimento: se 'blanquean', quedan de un blanco fantasmal y, si el estrés se prolonga, mueren. La Gran Barrera sufrió blanqueamientos masivos en 1998, 2002, 2016, 2017, 2020 y en años posteriores, cada vez más frecuentes y severos. A eso se suman la acidificación del océano, la contaminación por sedimentos y agroquímicos que bajan de los ríos, los ciclones y las plagas de la estrella de mar corona de espinas, que devora coral.
Frente a esto, el arrecife se convirtió en uno de los laboratorios de conservación marina más activos del planeta. Se cultivan corales resistentes al calor y se trasplantan a zonas dañadas, se controla la estrella corona de espinas, se mejora la calidad del agua de los ríos y se monitorea el reef con drones y satélites. Los Dueños Tradicionales, con sus rangers de Sea Country, son parte central de este trabajo, aportando un conocimiento del mar de miles de años. La UNESCO ha presionado repetidamente para que Australia haga más contra el cambio climático, y la salud del reef es hoy un tema político y económico de primer orden.
Para el viajero, esto no es un motivo para no ir, sino para ir con conciencia. El arrecife sigue siendo mayormente hermoso y lleno de vida —hay tramos espectaculares y años de buena recuperación—, pero es frágil. Elegir operadores certificados como Eco/High Standard, usar protector solar reef-safe, no tocar el coral y pagar la tasa ambiental sin renegar son formas concretas de ayudar. Visitar la Gran Barrera de Coral en el siglo XXI es asomarse a la vez a una de las maravillas de la naturaleza y a una de las grandes batallas ambientales de nuestro tiempo. Su futuro, en buena medida, se está escribiendo ahora.