Antes de los rascacielos, las montañas rusas y el neón, esta franja de playas doradas y ríos serpenteantes era el Country del pueblo Yugambeh, cuyos clanes habitaban la tierra entre los ríos Logan y Tweed desde hace muchísimos miles de años (las estimaciones varían: algunas fuentes hablan de más de 20.000 años de ocupación arqueológica, y el propio pueblo Yugambeh reivindica una conexión con la tierra, el agua y el cielo de más de 60.000 años). Los Yugambeh hablaban la lengua yugambeh, con varios dialectos, y estaban organizados en clanes, entre ellos el Kombumerri, gente de la costa que vivía junto al río Nerang y las playas de la actual Surfers Paradise.
Esta no era una tierra cualquiera: era un lugar de encuentro. La zona alrededor del actual Bundall, cerca del río Nerang, era un punto de reunión al que llegaban pueblos desde lugares tan lejanos como Grafton, al sur, y Maryborough, al norte, para celebrar grandes 'corroborees' (ceremonias con danza, canto y relatos). Todavía hoy se conservan en la región de la Gold Coast y el río Tweed huellas de campamentos aborígenes y 'bora rings' intactos, los círculos de tierra donde se realizaban ceremonias sagradas.
Los Kombumerri eran, sobre todo, un pueblo del agua: pescaban en los estuarios, recolectaban ostras y mariscos, y conocían al detalle los ciclos de los ríos, las mareas y las playas. El nombre 'Nerang', que hoy lleva un río y un pueblo, viene de una palabra aborigen que se traduce como 'tiburón de nariz de pala'. Cada rincón de esta costa tenía nombre, historia y significado mucho antes de que llegara el primer europeo.
La llegada de los europeos a esta costa siguió el patrón de tantas regiones de Australia: primero el interés económico, después el despojo de los pueblos originarios. Lo que atrajo a los colonos a mediados del siglo XIX fue la madera: las selvas del interior (el hinterland) estaban llenas de cedro rojo (red cedar), un árbol de madera valiosísima muy codiciada. Los 'cedar getters' —los cortadores de cedro— se internaron en los bosques en gran número, y en 1865 se fundó el pueblo de Nerang como base de esa industria maderera. Detrás vinieron las granjas, el ganado y los cultivos de caña de azúcar y arrurruz.
Para los Yugambeh, este avance fue devastador. Perdieron el acceso a sus tierras de caza y a sus lugares sagrados, y sufrieron la violencia y las enfermedades de la frontera. El golpe institucional llegó con la Aborigines Protection Act de 1897, una ley que inauguró una larga era de 'protección' y segregación: bajo su amparo, muchos Yugambeh fueron removidos de sus tierras tradicionales y enviados a misiones y reservas repartidas por todo Queensland, separados de su Country, su lengua y su cultura.
Sin embargo, no todos se fueron. Muchos Kombumerri lograron quedarse en su territorio tradicional, encontrando trabajo con los granjeros, los productores de ostras, los pescadores, los madereros y en los molinos de la zona, mientras mantenían, en la medida de lo posible, sus prácticas culturales, sus leyes y sus costumbres. Esa persistencia es la razón por la que hoy la comunidad Yugambeh sigue viva y activa: el Yugambeh Museum, en Beenleigh, preserva y comparte su lengua e historia, y los dueños tradicionales participan cada vez más en la vida cultural de la ciudad.
El destino turístico empezó a gestarse a comienzos del siglo XX, cuando los habitantes de Brisbane descubrieron estas playas como lugar de veraneo. El punto de inflexión llegó en 1925: se completó el camino costero que conectaba Brisbane con Southport, y ese mismo año un hotelero y emprendedor llamado Jim Cavill compró un terreno en un pueblito llamado Elston y construyó allí el Surfers Paradise Hotel, un hotel de 16 habitaciones con un pequeño zoológico privado que se volvió una atracción. Cavill intuyó lo que valían esas playas vírgenes.
El hotel dio nombre a todo. La marca 'Surfers Paradise' resultó tan atractiva y comercial que, el 1 de diciembre de 1933, el pueblo de Elston fue oficialmente rebautizado Surfers Paradise. Era una jugada de marketing adelantada a su tiempo, y funcionó: el nombre evocaba sol, olas y placer, justo lo que la gente buscaba.
El propio nombre 'Gold Coast' (Costa de Oro) tiene un origen curioso y nada tiene que ver con el oro de verdad. Surgió como un apodo alrededor de 1950: después de la Segunda Guerra Mundial, los soldados que volvían encontraron que la tierra y las propiedades en esta costa se habían puesto carísimas, por lo que empezaron a llamarla, medio en broma, la 'costa de oro' por lo que costaba. Al principio los locales lo tomaron mal, pero el nombre pegó, y la industria turística terminó adoptándolo: en 1958, el consejo municipal de la Costa Sur pasó a llamarse oficialmente 'Gold Coast Town Council'. Así, una ciudad entera terminó bautizada por una queja sobre los precios.
A partir de los años 50 y 60, la Gold Coast explotó. En 1959 se levantó el primer rascacielos, el Kinkabool, en Surfers Paradise, marcando el inicio de la transformación de la línea costera en la 'muralla' de torres que la caracteriza hoy. La ciudad se llenó de hoteles, apartamentos, casinos y vida nocturna, en un boom inmobiliario y turístico que no paró de crecer durante décadas.
Al mismo tiempo, llegó la fiebre del surf. En los años 60, con el auge mundial de la cultura del surf, la Gold Coast se convirtió en sinónimo de esa nueva forma de vida junto al mar. Sus puntos de surf —Burleigh Heads, Kirra, Snapper Rocks con su legendario 'Superbank'— se hicieron mundialmente famosos, atrayendo surfistas y turistas de todo el planeta. La ciudad abrazó una identidad de sol, playa, cuerpos bronceados y diversión sin culpa.
El siguiente gran capítulo fueron los parques temáticos. A partir de los años 80 y 90 abrieron los grandes parques —Sea World, Dreamworld, Warner Bros. Movie World, Wet'n'Wild— que convirtieron a la Gold Coast en la capital del entretenimiento familiar de Australia y le dieron una segunda temporada de atractivo, más allá de la playa. La ciudad se consolidó como el gran destino vacacional del país.
Hoy la Gold Coast es la sexta ciudad más grande de Australia, con más de 600.000 habitantes, un aeropuerto internacional, un tranvía moderno (el G:link) y una economía que combina turismo, construcción y servicios. En 2018 fue sede de los Juegos de la Commonwealth, una vidriera mundial. Pero detrás del glamour de los rascacielos late todavía la otra historia, más antigua: la de los Yugambeh y los Kombumerri, cuya presencia de decenas de miles de años vuelve a reconocerse en los nombres de lugares, en el museo de Beenleigh y en los tours culturales. Y detrás de la playa, a media hora, sobrevive el hinterland de selva subtropical, los Gondwana Rainforests declarados Patrimonio de la Humanidad, un recordatorio de que, antes de ser la costa de oro, este fue siempre un lugar extraordinario.