Los Flinders Ranges son, ante todo, el hogar ancestral del pueblo adnyamathanha, cuyo nombre significa 'gente de las rocas' —de adnya ('roca') y matha ('grupo de personas')—. Los adnyamathanha han vivido en estas montañas rojas y milenarias durante decenas de miles de años; hallazgos arqueológicos como el abrigo rocoso de Warratyi, en el norte de las sierras, muestran presencia humana desde hace unos 49.000 años, una de las ocupaciones más antiguas del interior árido de Australia.
Su cultura, su lengua y sus lazos ancestrales se resumen en un concepto propio: el Yura Muda, el conjunto de relatos, leyes y conocimientos del Dreaming que explican la creación del paisaje y la relación del pueblo con su Country. Para los adnyamathanha, cada garganta, cada monte y cada pozo de agua tiene un significado y una historia. Las montañas no son un decorado, sino un mapa vivo cargado de sentido, tejido con las historias de los seres creadores del Tiempo del Sueño.
El corazón espiritual de las sierras es Wilpena Pound, el gran anfiteatro natural que los adnyamathanha llaman Ikara, palabra que significa 'lugar de encuentro'. Ese nombre no es casual: Ikara fue durante milenios un sitio de reunión, ceremonia y comercio para el pueblo adnyamathanha, un punto central de su territorio. Hoy el parque nacional lleva oficialmente el doble nombre Ikara-Flinders Ranges, en reconocimiento de esa herencia. Entender los Flinders Ranges empieza, necesariamente, por Yura Muda e Ikara.
Ninguna historia explica mejor los Flinders Ranges que la del Akurra, la gran serpiente-arcoíris del Yura Muda adnyamathanha, figura creadora primordial y a la vez temida. Los relatos del pueblo cuentan cómo el paisaje mismo fue moldeado por estos seres ancestrales, y el más célebre da cuenta del origen de Wilpena Pound.
Según esta narración, dos akurras —una serpiente macho y una hembra— llegaron a un gran encuentro ceremonial donde se había reunido mucha gente. Las serpientes rodearon el lugar y devoraron a tantos de los congregados que quedaron demasiado llenas y pesadas para moverse: se enroscaron sobre sí mismas y allí quedaron, transformándose en las montañas. Los cuerpos curvados de las dos akurras formaron las murallas de Wilpena Pound, y sus cabezas se convirtieron en los dos picos más altos: St Mary Peak (la cabeza del macho) y Beatrice Hill (la de la hembra). Por eso el anfiteatro tiene esa forma cerrada y ovalada, como un cuenco rodeado de crestas.
Otros relatos cuentan cómo un akurra, muerto de sed, viajó hasta el lejano lago Frome y se bebió toda su agua, hinchándose enormemente; al regresar arrastrando su vientre henchido por las sierras, fue tallando gargantas profundas y creando los pozos de agua vitales que aún hoy dan vida al paisaje árido. Estas historias no son 'leyendas' pintorescas: son la geografía sagrada del pueblo adnyamathanha, la manera en que se explica y se cuida la tierra. Recorrer Wilpena Pound sabiendo que se camina dentro del cuerpo de dos serpientes creadoras cambia por completo la mirada sobre estas montañas.
La llegada europea a los Flinders Ranges comenzó en la primera mitad del siglo XIX. El explorador Matthew Flinders avistó y cartografió parte de las sierras desde el golfo de Spencer en 1802, y les dio (indirectamente) su nombre. A partir de las décadas de 1840 y 1850, los colonos empezaron a adentrarse en la región con sus rebaños, y se establecieron grandes estancias de ovejas como Wilpena, Arkaba y Aroona, ocupando las mejores tierras y, sobre todo, las fuentes de agua de las que dependía todo en este paisaje árido.
Para los adnyamathanha, esta invasión fue profundamente disruptiva: la expansión pastoril, la minería y la legislación colonial que declaraba 'tierras baldías no ocupadas' los desplazaron de su territorio, les cortaron el acceso a pozos de agua y sitios sagrados, y trajeron enfermedades y violencia. Muchos adnyamathanha terminaron trabajando en las estancias o concentrados en misiones como Nepabunna. Aun así, el pueblo conservó su lengua, sus relatos y su conexión con la tierra, algo decisivo para su futuro.
A fines del siglo XIX, una fiebre optimista llevó a intentar cultivar trigo cada vez más al norte, en las llanuras al pie de las sierras, confiando en una teoría popular de que 'la lluvia sigue al arado'. Se fundaron pueblos y se levantaron granjas, pero la teoría era falsa: llegaron las sequías, las cosechas fracasaron y muchos colonos abandonaron sus tierras. Los pueblos fantasma y las ruinas de piedra que hoy salpican la región —como las de Kanyaka— son el testimonio melancólico de aquel sueño agrícola roto contra la dura realidad del clima del outback.
En el siglo XX, la belleza sobrecogedora de los Flinders Ranges empezó a atraer a viajeros, artistas y naturalistas, y la conservación fue ganando terreno. El área central, en torno a Wilpena Pound, se convirtió en parque nacional, protegiendo el gran anfiteatro, las gargantas, la fauna (canguros, emúes, ualabíes de roca de pies amarillos, aves y equidnas) y algunos de los registros geológicos más antiguos y valiosos del planeta: en estas rocas se hallaron fósiles de la fauna de Ediacara, entre las primeras formas de vida animal compleja de la Tierra, hace más de 550 millones de años.
El gran hito para el pueblo adnyamathanha llegó en 2009, cuando la Justicia federal reconoció su native title (título nativo) sobre buena parte de las sierras, confirmando legalmente su conexión ininterrumpida con la tierra. Hoy el parque se llama oficialmente Ikara-Flinders Ranges National Park y es co-gestionado por una junta que incluye a representantes adnyamathanha junto al Departamento de Medio Ambiente de Australia Meridional. Los nombres tradicionales, las historias del Yura Muda y la voz de los Primeros Pueblos vuelven a ocupar el lugar central que les corresponde.
El visitante actual puede recorrer Wilpena Pound a pie o en vuelo panorámico, dormir en el Wilpena Pound Resort (empresa con participación adnyamathanha), ver arte rupestre milenario en sitios como Arkaroo Rock y Sacred Canyon, hacer tours culturales guiados por adnyamathanha y manejar la espectacular ruta panorámica de las sierras. Es un destino donde el outback rojo, la geología profunda del tiempo y una cultura viva de decenas de miles de años se dan la mano.
Para el viajero, entender que los Flinders Ranges no son solo un paisaje impresionante sino Ikara —un lugar de encuentro sagrado, el cuerpo petrificado de dos serpientes creadoras, y el hogar del 'pueblo de las rocas'— transforma la visita en algo mucho más hondo. Detrás de cada garganta roja hay 49.000 años de historia humana y una nación que, contra todo pronóstico, sigue contando su Yura Muda bajo estas montañas milenarias.