Bajo la silueta dentada de Cradle Mountain hay una de las historias humanas más antiguas y sorprendentes de Australia. Los pueblos aborígenes de Tasmania (palawa) han vivido en esta región alpina durante más de 35.000 años, lo que significa que estuvieron aquí durante la última Edad de Hielo, cuando gran parte del paisaje estaba cubierto de glaciares y el clima era mucho más frío y duro que hoy. Su presencia en estas altas latitudes australes, en plena glaciación, es un testimonio extraordinario de adaptación y supervivencia.
El área de Cradle Mountain-Lake St Clair se encuentra en el límite entre dos naciones aborígenes tasmanas: la del Big River (Gran Río) y la del norte de Tasmania. Los grupos recorrían estacionalmente este territorio, cazando animales, recolectando plantas y usando herramientas de hueso, piedra y madera. El paisaje está sembrado de numerosos sitios de ocupación —refugios, restos de campamentos, marcas en la tierra— que demuestran esa presencia humana continua a lo largo de milenios, incluso en los rigores del páramo alpino.
Esos pueblos formaban parte de una de las poblaciones humanas más aisladas del planeta: cuando el nivel del mar subió al final de la glaciación y se formó el estrecho de Bass, hace unos 10.000-12.000 años, Tasmania quedó separada del continente y sus habitantes vivieron milenios en un aislamiento casi total. Reconocer que Cradle Mountain no es un 'paraíso virgen' vacío, sino un paisaje cultural aborigen de una antigüedad asombrosa, es el punto de partida imprescindible para contar su historia.
La llegada de los británicos a Tasmania, a comienzos del siglo XIX, desató una de las páginas más oscuras de la historia australiana. La colonización de la isla —como colonia penal y luego pastoril— trajo la ocupación violenta de las tierras aborígenes, las enfermedades, y la llamada 'Guerra Negra' (Black War) de las décadas de 1820 y 1830, un conflicto de frontera devastador. La población aborigen tasmana, que había vivido decenas de miles de años en la isla, fue diezmada por la violencia, las epidemias y el desarraigo, y muchos sobrevivientes fueron trasladados por la fuerza a asentamientos en islas del estrecho de Bass, donde murieron en gran número.
La región montañosa del centro y noroeste, remota y de clima hostil, quedó relativamente al margen de la colonización intensiva, pero no de sus efectos. Según algunos registros, los últimos aborígenes en libertad de la zona fueron avistados justo al sur de Cradle Mountain hacia 1836. Durante décadas, estas montañas quedaron casi despobladas y olvidadas, conocidas solo por algunos buscadores, tramperos y mineros que se aventuraban en el interior salvaje.
Contra el mito, que persistió mucho tiempo, de que los aborígenes tasmanos se habían 'extinguido', hay que subrayar una verdad esencial: los descendientes de los aborígenes tasmanos sobrevivieron y existen hoy, mantienen su identidad, recuperan su lengua (el palawa kani) y reivindican su conexión con esta tierra. La comunidad aborigen tasmana es parte viva del presente de Cradle Mountain y de toda la isla.
El destino turístico y protegido que hoy es Cradle Mountain nació del amor de una pareja por la montaña. Gustav Weindorfer, un naturalista austríaco nacido en 1874, emigró a Australia en 1900 y allí conoció a Kate Cowle, una botánica aficionada tasmana con quien se casó. Ambos compartían la pasión por la naturaleza, y cuando Gustav subió por primera vez a la cima de Cradle Mountain, en enero de 1910, quedó tan sobrecogido por la belleza del lugar que pronunció una frase que se volvería histórica: 'This must be a national park for the people, for all time' ('Esto debe ser un parque nacional para la gente, para siempre').
Decidido a compartir y proteger la montaña, en marzo de 1912 Gustav comenzó a construir, en pleno bosque, un rústico chalet de madera al que llamó Waldheim, 'hogar en el bosque' en alemán. Desde Waldheim, Gustav y Kate recibían a los primeros visitantes —a menudo tras caminatas agotadoras para llegar—, les mostraban la fauna y los paisajes, y difundían la idea de que aquel lugar debía preservarse. Gustav se convirtió en un incansable promotor y guardián de la montaña, un pionero del conservacionismo y del ecoturismo mucho antes de que existieran esas palabras.
Su campaña dio fruto: en 1922, el gobierno tasmano declaró una reserva escénica y santuario de fauna de unas 158.000 acres entre Cradle Mountain y el lago St Clair, la semilla del actual parque nacional. Kate murió en 1916 y Gustav siguió solo en Waldheim, cuidando la montaña, hasta su propia muerte en 1932; está enterrado cerca de su querido chalet. Hoy una réplica fiel de Waldheim, rodeada de bosque de mirtos, permite revivir esa historia de amor y visión que salvó Cradle Mountain para todos.
La reserva impulsada por Weindorfer fue creciendo y consolidándose a lo largo del siglo XX hasta convertirse en el Parque Nacional Cradle Mountain-Lake St Clair, uno de los más importantes de Australia. En 1935 se inauguró el legendario Overland Track, el sendero de varios días que une Cradle Mountain con el lago St Clair y que hoy es una de las grandes caminatas del país. El parque se transformó en el destino natural más emblemático de Tasmania, atrayendo a caminantes y amantes de la naturaleza de todo el mundo.
El reconocimiento internacional llegó en 1982, cuando el parque quedó incluido en la Tasmanian Wilderness World Heritage Area (Área de Patrimonio Mundial de la Naturaleza Salvaje de Tasmania), una de las mayores reservas de naturaleza templada del hemisferio sur, protegida por la UNESCO tanto por sus valores naturales como culturales. Esta área abarca una enorme extensión de bosques templados, páramos alpinos, ríos salvajes y una fauna y flora únicas, entre ellas plantas relictas de la antigua Gondwana como los pinos King Billy y el fagus, el único árbol caducifolio nativo de Australia.
Con el crecimiento del turismo llegaron también los desafíos de gestión: proteger un ecosistema frágil de la presión de cientos de miles de visitantes. Por eso se implementó el sistema actual de shuttle obligatorio hasta el lago Dove (para reducir el tránsito de autos), las pasarelas elevadas que protegen la vegetación y el suelo, los permisos y cupos del Overland Track y las tarifas que financian la conservación. El objetivo es cumplir, más de un siglo después, la visión de Weindorfer: mantener la montaña como un parque para la gente, pero para siempre.
Hoy, además, se avanza en el reconocimiento y la interpretación de la profunda historia aborigen del lugar, integrando la voz y el conocimiento de la comunidad palawa. Para el viajero, saber que bajo estos paisajes de postal hay 35.000 años de presencia humana, una tragedia colonial y la historia de una pareja que soñó con protegerlos, convierte la caminata alrededor del lago Dove en algo mucho más profundo que una simple foto de una montaña hermosa.