Antes de que existiera una sola calle, esta franja de trópico entre el mar y la selva ya tenía nombre: Gimuy. Así llaman a Cairns sus dueños tradicionales, el pueblo Gimuy Walubara Yidinji, cuya presencia en esta costa se remonta a miles de años atrás. El nombre 'Gimuy' proviene de la lengua yidiny y, según la tradición local, alude a una planta de la zona (una especie de higo o ciruela azul), un recordatorio de lo profundamente ligada que está la identidad de este pueblo a su Country, la tierra que los sostiene.
La región era, y sigue siendo, territorio de más de un pueblo. Al sur del río Barron predominaban los grupos de lengua yidiny (Gimuy Walubara Yidinji); al norte, en la costa que va del Barron hacia Port Douglas, estaban los Yirrganydji, que hablaban dialectos de la lengua djabugay. Eran pueblos de una tierra extraordinariamente rica: la selva tropical húmeda —hoy Patrimonio de la Humanidad— les proveía frutos, plantas medicinales, fibras y caza, mientras el mar, los manglares y los ríos aportaban peces, moluscos y tortugas.
Esa abundancia sostuvo culturas complejas, con calendarios estacionales finos, un conocimiento botánico enorme y una red de relaciones con los pueblos vecinos de la meseta y la costa. Los Yidinji y Djabugay tenían sus Dreamings —los relatos ancestrales que explican el origen de la tierra, los ríos, las montañas y las leyes— y sitios sagrados a lo largo de toda la región. Nada de eso desapareció con la llegada de los europeos: los descendientes de estos pueblos mantienen hoy reclamaciones de título nativo (native title) sobre sus tierras ancestrales y trabajan por preservar sus lenguas y su cultura, presentes en muchos de los tours que hoy hacen los visitantes.
El primer europeo en dejar un nombre fue, como en tantos puntos de la costa este, James Cook. En 1770, navegando el HMB Endeavour hacia el norte, bautizó la bahía como Trinity Bay porque pasó por allí el domingo de la Trinidad. Cook siguió de largo: apenas más al norte encallaría en la Gran Barrera de Coral. Durante casi un siglo, la costa de Gimuy siguió siendo territorio Yidinji y Djabugay, apenas una línea en los mapas imperiales.
Los primeros europeos que se quedaron llegaron a fines de la década de 1860: eran pescadores de beche-de-mer (pepino de mar), que recolectaban y secaban este producto muy demandado en Asia. Su presencia marcó el inicio del contacto sostenido, y también del conflicto. En 1872 se produjo un enfrentamiento violento entre el pueblo Yidinji y el pescador Phillip Garland por el uso de un gran pozo de agua nativo; el episodio dio nombre al lugar conocido como 'Battle Camp'. Fue apenas uno de tantos choques de la frontera colonial, que en todo el norte de Queensland fue especialmente sangrienta, con matanzas y despojos que diezmaron a los pueblos originarios.
Detrás de la belleza tropical que hoy atrae a los turistas hay, entonces, una historia dura de resistencia y despojo. Los Yidinji y Djabugay perdieron el acceso a gran parte de su Country, fueron desplazados y, en muchos casos, obligados a vivir en misiones y reservas lejos de sus tierras. Que hoy sus nombres y sus relatos vuelvan a escucharse en los teleféricos sobre la selva y en los centros culturales es el resultado de una larga lucha por el reconocimiento.
La ciudad europea nació de golpe, y por el oro. En 1875 se descubrió oro en los yacimientos del río Hodgkinson, en la meseta al oeste. Ese oro necesitaba un puerto en la costa para salir hacia el mundo, y en 1876 se organizaron expediciones para fundarlo. El agrimensor Brinsley G. Sheridan eligió un punto sobre Trinity Bay, y a fines de 1876 el lugar recibió el nombre de Cairns, en honor a William Wellington Cairns, entonces gobernador de Queensland.
Los comienzos fueron durísimos: un caserío embarrado entre manglares, con calor, humedad y competencia de otros puertos rivales como Port Douglas. Lo que salvó a Cairns fue el ferrocarril. A partir de 1886 se empezó a construir una línea hacia la meseta de Atherton (rumbo a Herberton), una obra de ingeniería heroica que trepaba la montaña por túneles y viaductos tallados a mano en plena selva: el tramo hasta Kuranda se inauguró en 1891 y hoy es el célebre Kuranda Scenic Railway, uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad.
Con el tren, Cairns aseguró su futuro. La tierra fértil del trópico se llenó de plantaciones de caña de azúcar, banana y otros cultivos, y la ciudad se consolidó como el centro comercial del extremo norte. En ese desarrollo tuvo un papel enorme —y muchas veces olvidado— la comunidad china, presente desde temprano en la agricultura y el comercio, que dejó una huella profunda en la economía y la vida de la ciudad. La caña, con sus ingenios y su trabajo duro (incluido, en sus inicios, el tráfico de trabajadores de las islas del Pacífico, el llamado 'blackbirding'), moldeó el paisaje y la sociedad del norte durante generaciones.
El siglo XX transformó a Cairns de pueblo azucarero en una ciudad. Durante la Segunda Guerra Mundial, su posición estratégica en el norte la convirtió en una importante base de las fuerzas aliadas: se instalaron aeródromos, cuarteles y depósitos, y por la ciudad pasaron miles de soldados australianos y estadounidenses rumbo al Pacífico. La guerra dejó infraestructura y un impulso que la ciudad aprovecharía después.
En la posguerra, Cairns creció con la caña, la pesca y, cada vez más, el turismo. Pero el gran salto llegó en 1984, con la apertura del Aeropuerto Internacional de Cairns. De pronto, viajeros de Australia, Asia, Europa y América podían llegar directo a las puertas de dos maravillas naturales: la Gran Barrera de Coral, a 40 minutos de barco, y la selva tropical húmeda del Wet Tropics. La ciudad se reinventó como capital del turismo del norte tropical.
Las décadas siguientes trajeron una explosión de operadores de buceo y snorkel, resorts, el Skyrail (el teleférico sobre la selva, inaugurado en 1995), la renovación de la Esplanade con su gran laguna pública, y el reconocimiento internacional de la región: la Gran Barrera de Coral es Patrimonio de la Humanidad desde 1981 y los Trópicos Húmedos de Queensland desde 1988. Cairns pasó a recibir cada año cientos de miles de visitantes de todo el mundo.
Hoy la ciudad vive un doble desafío. Por un lado, cuidar los tesoros que la sostienen: la Gran Barrera de Coral está amenazada por el blanqueamiento de los corales y el cambio climático, y buena parte de la economía y la identidad de Cairns depende de su salud. Por otro, seguir reconociendo y devolviendo protagonismo a los pueblos Yidinji y Djabugay, cuya cultura milenaria es parte esencial de lo que hace único a este rincón del trópico. La historia de Cairns —del oro y la caña al coral y la selva— es, en el fondo, la historia de un lugar que aprendió que su mayor riqueza estaba en su naturaleza.