Antes de las perlas, antes de los luggers y de Chinatown, esta costa de manglares y planicies de barro sobre la bahía de Roebuck ya tenía dueños y nombre: era Rubibi, el país del pueblo yawuru. Los yawuru habitaron esta región del Kimberley durante miles de años, con un conocimiento profundo del mar, las mareas, los manglares y las estaciones, y una organización social y espiritual ligada a su Country. La bahía de Roebuck era un lugar importante de encuentro, donde se intercambiaban regalos, se arreglaban matrimonios y se resolvían disputas entre grupos.
Los yawuru vivían de la riqueza del mar y de la tierra, y —dato clave para la historia posterior— usaban la madreperla en su cultura. Las conchas de nácar se tallaban y pulían para hacer adornos, entre ellos los rijis, piezas de concha que se llevaban como cubrición o ornamento y que tenían valor ceremonial y comercial, intercambiándose a lo largo de enormes distancias por todo el continente. Ese uso ancestral de la madreperla casi con seguridad fue lo que llamó la atención de los primeros europeos sobre la abundancia de conchas perlíferas en estas aguas.
Así, la historia perlera de Broome —que suele contarse como una aventura de colonos, buzos japoneses y magnates— tiene en realidad su raíz en el conocimiento y la cultura yawuru. Hoy, tras años de reivindicación, el pueblo yawuru es reconocido como custodio tradicional de Broome (Rubibi), con determinación de Native Title sobre gran parte de la región, y su voz y su lengua vuelven a ocupar un lugar central en la identidad de la ciudad.
La presencia europea permanente en la zona se consolidó a fines del siglo XIX, de la mano de las perlas. Hacia la década de 1880, las costas de la bahía de Roebuck eran poco más que un puñado de colonos blancos y campamentos perleros dispersos entre los manglares, cuando el asentamiento se trazó y declaró oficialmente como pueblo el 27 de noviembre de 1883. Se lo bautizó Broome en honor a Sir Frederick Napier Broome, gobernador de Australia Occidental en ese momento.
Pocos años después ocurrió un hecho que marcaría la geografía simbólica de la ciudad. En 1889 llegó a la costa, en la playa que hoy llamamos Cable Beach, un cable telegráfico submarino que conectaba Broome con Java (en las Indias Orientales Holandesas) y, a través de esa red, con el resto del mundo. Ese cable —de ahí el nombre "Cable Beach"— sacó a Broome de su aislamiento y la conectó con los mercados y las comunicaciones globales, algo vital para una ciudad que estaba a punto de convertirse en un centro económico de importancia mundial.
Broome nació, entonces, como un pueblo de frontera al servicio de una industria muy específica y muy lucrativa: no la perla en sí (que era un premio ocasional), sino la madreperla o nácar de las conchas, materia prima codiciadísima en la era anterior al plástico para fabricar botones, mangos, hebillas e incrustaciones. En las aguas cálidas y turbias del noroeste australiano crecía la ostra Pinctada maxima, la más grande del mundo, con las conchas de nácar más valiosas. Sobre ese recurso se construiría todo lo demás.
A comienzos del siglo XX, Broome se había convertido en el mayor puerto perlero del mundo. En su apogeo, unos 400 barcos (los luggers, veleros pequeños y ágiles) rastreaban el fondo del mar en busca de la valiosa concha de nácar, y la ciudad proveía la mayor parte de la madreperla del planeta. Era una industria enormemente rentable, pero también brutalmente peligrosa.
El trabajo más duro y mortal era el del buceo. En los primeros tiempos se usó mucho a buceadores aborígenes, muchos de ellos forzados o engañados para trabajar lejos de sus tierras, sumergiéndose sin equipo. Con la llegada de las escafandras —pesados trajes de buzo con casco de cobre y botas de plomo que permitían bajar a aguas más profundas—, se reclutó sobre todo a buzos japoneses, que se ganaron fama por su destreza y coraje. Hacia 1900 ya eran un 18% de la fuerza de trabajo perlera de WA; hacia 1920, un tercio; y para la Segunda Guerra Mundial, casi la mitad. Junto a ellos trabajaban malayos, filipinos, chinos, timorenses (de Koepang) y gente de todo el sudeste asiático, en las cubiertas y los talleres.
El buceo con escafandra mataba: el mal de descompresión (la "enfermedad de los buzos"), los ahogamientos y los ciclones que sorprendían a las flotas en el mar dejaron cientos de muertos. El cementerio japonés de Broome, con sus casi mil tumbas, es el testimonio conmovedor de ese costo humano. Broome se convirtió así en una de las ciudades más multiculturales de Australia, en pleno auge de la política racista de la "Australia Blanca", precisamente porque la industria perlera no podía funcionar sin esos trabajadores asiáticos, para quienes se hacían excepciones a las leyes de inmigración.
El corazón de esa Broome multicultural y bulliciosa era Chinatown, el barrio comercial y de diversión de la ciudad. De día, sus calles concentraban los negocios de los maestros perleros (pearling masters), los talleres y los almacenes; de noche, era un lugar mucho más áspero, el barrio rojo del pueblo, con burdeles, casas de juego y fumaderos de opio donde los tripulantes de los luggers gastaban su paga cuando bajaban a tierra tras semanas en el mar. Conviviendo en pocas cuadras estaban chinos, japoneses, malayos, filipinos, europeos y aborígenes, cada comunidad con su vida, sus tensiones y sus historias. De aquella época sobrevive Sun Pictures, el cine a cielo abierto en funcionamiento más antiguo del mundo, inaugurado en 1916, que en tiempos de segregación tenía secciones separadas para los distintos grupos.
La era dorada de la perla natural empezó a declinar por varios frentes. La invención del botón de plástico redujo la demanda de nácar. Las guerras mundiales golpearon fuerte: durante la Primera, se cortaron mercados; y durante la Segunda, en 1942, Broome fue atacada por aviones japoneses en un bombardeo que hundió aviones y voladores refugiados en la bahía y causó decenas de muertos, en uno de los ataques aéreos más mortíferos en suelo australiano. La comunidad japonesa, columna vertebral del buceo, fue internada o expulsada. La industria de la perla natural nunca volvió a ser lo que había sido.
Lo que salvó a Broome de desaparecer fue una reinvención: la perla de cultivo. A partir de mediados del siglo XX, con técnicas de cultivo, la región pasó a producir perlas del sur (South Sea pearls) cultivadas, entre las más grandes y finas del mundo, en granjas perleras sobre la costa del Kimberley. La perla siguió, y sigue, siendo parte de la identidad y la economía de Broome, aunque de otra manera.
La Broome de hoy vive sobre todo del turismo y de su condición de capital y puerta de entrada al Kimberley, una de las últimas grandes zonas salvajes del planeta. En la estación seca (mayo a octubre), la ciudad se llena de viajeros que vienen a ver los atardeceres de Cable Beach, a montar un camello sobre la arena, a contemplar la escalera a la luna sobre la bahía de Roebuck, a recorrer Chinatown y a usar Broome como base para excursiones al Kimberley: Cape Leveque, la Gibb River Road, los cruceros de expedición por la costa.
Ese turismo convive con el legado de las tres grandes capas de la historia de Broome: la milenaria cultura yawuru, la epopeya perlera multicultural, y las huellas de dinosaurio de 130 millones de años que se conservan en las rocas rojas de Gantheaume Point, entre los yacimientos paleontológicos más notables del mundo. Broome es, en pocos kilómetros, un cruce único de tiempos y culturas.
En las últimas décadas ha ganado fuerza el reconocimiento del pueblo yawuru. La determinación de Native Title devolvió a los yawuru el reconocimiento legal de su conexión con Rubibi, y hoy participan en la gestión del territorio y en la vida cultural de la ciudad, con nombres, lengua y saberes que vuelven a ocupar el espacio público. Broome se cuenta, cada vez más, no solo como el viejo puerto perlero, sino como Rubibi: una tierra yawuru sobre la que se superpusieron, con sus luces y sombras, la perla, el mundo y el tiempo. Visitarla es asomarse a todas esas historias a la vez, con el telón de fondo del atardecer más famoso de Australia.