Antes de que la palabra 'oro' cambiara su destino, la zona de Ballarat era —y sigue siendo— el Country ancestral del pueblo Wadawurrung (también escrito Wathaurong o Wathaurung), uno de los pueblos de la nación Kulin del centro-sur de lo que hoy es Victoria. Su territorio se extendía desde la costa, cerca de Geelong, hasta apenas al norte de Ballarat, e incluía los valles de arroyos como el Yarrowee, que atraviesa la ciudad.
Para los wadawurrung, los cursos de agua eran, literalmente, las venas y arterias de su Country: el eje de la vida, del alimento y de las historias. Durante decenas de miles de años estudiaron las plantas, los animales, el clima y los accidentes del terreno, y ese conocimiento profundo les permitió gestionar la tierra —con fuego, con manejo del agua, con calendarios estacionales— para obtener todo lo que necesitaban para vivir bien: comida, ropa, refugio. No eran nómadas sin rumbo, sino custodios de un territorio que conocían al detalle.
Como el resto de los pueblos Kulin, entendían el paisaje dentro del Dreaming, el orden creado en el Tiempo del Sueño, donde ríos, cerros, animales y personas están entrelazados por la ley y el parentesco. Esa cosmovisión, y la relación con el Yarrowee y con la tierra de Ballarat, no desaparecieron con la colonización: pese a todo lo que vino después, la cultura y la lengua wadawurrung siguen vivas y practicándose hoy, y los wadawurrung siguen siendo los Traditional Owners de esta tierra.
En agosto de 1851, pocos meses después de que Victoria se separara de Nueva Gales del Sur como colonia, se encontró oro en Ballarat. La noticia corrió como pólvora: en cuestión de días, cientos de personas se agolparon a lo largo del arroyo Yarrowee a buscar el metal, y en pocas semanas llegaron miles. Ballarat se convirtió en el epicentro de una de las mayores fiebres del oro de la historia mundial, que atrajo a buscadores de toda Australia, de Europa, de China, de América.
El impacto sobre el paisaje —y sobre los wadawurrung— fue devastador. En pocas semanas, los buscadores desviaron los cursos del Yarrowee y otros arroyos para buscar oro en sus lechos; a medida que los yacimientos crecían, se volvió a desviar el río para hacer sitio a la explosión demográfica. Se talaron enormes extensiones de bosque, se removió y se perdió el suelo fértil, y la tierra quedó horadada por túneles y pozos. La destrucción del entorno arrasó con el modo de vida tradicional wadawurrung, que perdió acceso a sus recursos, a sitios sagrados y a buena parte de su conocimiento cultural y lingüístico.
Ballarat, en cambio, se hizo rica y populosa a una velocidad vertiginosa. Los aluviones superficiales dieron paso a la minería profunda de vetas de cuarzo, que requería capital y compañías, y la ciudad se llenó de bancos, comercios, teatros y hoteles. En apenas una década, un valle habitado por los wadawurrung se transformó en una de las ciudades más prósperas del imperio británico en el hemisferio sur.
La riqueza del oro convivía con un régimen injusto. Para buscar oro, todo minero debía pagar una costosa licencia mensual, la tuviera suerte o no, y la policía la hacía cumplir con redadas humillantes y brutales. A eso se sumaban la falta de derecho al voto y la ausencia de representación de los mineros en el gobierno colonial. El malestar fue creciendo hasta desbordarse en Ballarat.
El 29 de noviembre de 1854, en Bakery Hill, los mineros izaron por primera vez la bandera de la Cruz del Sur —la Eureka Flag— y empezaron a levantar una empalizada (stockade) en el yacimiento de Eureka, en abierto desafío al gobierno. Eligieron como líder a Peter Lalor y juraron defender sus derechos y libertades. Al amanecer del domingo 3 de diciembre de 1854, cuando la empalizada estaba poco custodiada, las tropas del gobierno la asaltaron por sorpresa. El combate fue breve y sangriento: murieron al menos 22 mineros y unos 5 soldados.
Militarmente, Eureka fue una derrota. Pero políticamente, un triunfo. La opinión pública se volcó a favor de los mineros: los detenidos fueron juzgados y absueltos, se abolió la odiada licencia (reemplazada por un modesto 'miner's right' anual y un impuesto a la exportación), se reformó la administración de los campos de oro y se dio representación a los mineros en el Consejo Legislativo de Victoria. Peter Lalor, el líder de la rebelión, terminó siendo elegido parlamentario. Con el tiempo, Eureka se convirtió en un mito fundacional de la democracia, el republicanismo y la lucha por los derechos en Australia, y su bandera, en un símbolo nacional.
Con la riqueza del oro, Ballarat se construyó a lo grande. Durante la segunda mitad del siglo XIX se levantaron los bulevares anchos, los edificios ornamentados, los bancos, teatros y hoteles que hoy hacen de su centro uno de los conjuntos de arquitectura victoriana mejor conservados de Australia. Lydiard Street, con el Her Majesty's Theatre —uno de los teatros en actividad más antiguos del país— y Sturt Street, con sus estatuas y su ancho paseo central, son testimonio de esa 'edad de oro'. Se fundaron instituciones como la Art Gallery of Ballarat (1884), la galería regional más antigua del país, y se crearon los Jardines Botánicos junto al lago Wendouree.
Cuando el oro fácil se agotó, Ballarat supo reinventarse como centro regional, industrial y educativo, sin perder su patrimonio. En el siglo XX, ese patrimonio se convirtió en su gran activo turístico: en 1970 abrió Sovereign Hill, el museo viviente que recrea la vida en los campos de oro y que hoy es una de las atracciones históricas más visitadas de Australia, junto con el Eureka Centre, dedicado a la rebelión.
En las últimas décadas también creció el reconocimiento de la historia wadawurrung. La cultura y la lengua del pueblo, golpeadas por la fiebre del oro, siguen vivas y en proceso de revitalización, y hoy se cuentan en espacios como el Wadawurrung Cultural Precinct de Sovereign Hill y en el trabajo de la corporación de Traditional Owners. Muchos actos en la ciudad comienzan con un Welcome to Country o un Acknowledgement of Country.
Hoy Ballarat combina, en un mismo lugar, tres capas de historia: el Country milenario de los wadawurrung, la fiebre del oro que la hizo rica y devastó el paisaje, y la rebelión de Eureka que la volvió símbolo de la democracia australiana. Recorrerla —de Sovereign Hill a la bandera de Eureka, de Lydiard Street al lago Wendouree— es leer esa historia a cielo abierto.