Antes de que existiera un nombre europeo, esta enorme bahía del extremo occidental de Australia ya tenía uno propio: Gutharraguda, que en lengua malgana significa "dos aguas" o "dos bahías", en referencia a las dos grandes ensenadas que forman su geografía. Y ya tenía dueños: los pueblos aborígenes que habitan esta región desde hace al menos 30.000 años, y muy posiblemente mucho más.
Bahía Shark es el país tradicional de tres grupos lingüísticos aborígenes. Los malgana ocupan las penínsulas centrales y las islas de la bahía; los nhanda, la franja costera al sur, hacia Kalbarri; y los yinggarda (yingkarta), la costa del río Wooramel, al este. Para estos pueblos, la bahía no era un simple paisaje, sino un territorio vivo, cargado de significado espiritual y de un conocimiento profundo del mar, la tierra y sus ciclos, transmitido de generación en generación durante milenios.
La evidencia de esa larga ocupación está por todas partes. En la región de Bahía Shark hay unos 130 sitios patrimoniales aborígenes registrados: canteras de piedra, refugios rocosos, sitios de enterramiento y, sobre todo, enormes concheros (middens) —acumulaciones de conchas, huesos y restos de comida— que hablan de miles de años de aprovechamiento de la riqueza marina. En una cueva de Monkey Mia, las excavaciones revelaron restos de sepias, cangrejos, moluscos, tortugas, peces y hasta dugongos, un menú que muestra cuán generosa era esta bahía para quienes sabían leerla. Ese vínculo no es solo pasado: los malgana siguen presentes y hoy son reconocidos como custodios de gran parte del Área del Patrimonio Mundial.
Bahía Shark tiene un lugar único en la historia de los contactos europeos con Australia. El 25 de octubre de 1616, el capitán holandés Dirk Hartog, al mando del barco Eendracht de la Compañía de las Indias Orientales, desembarcó en una isla en la boca de la bahía —hoy llamada isla Dirk Hartog en su honor— y clavó en un poste una placa de estaño con una inscripción que registraba su llegada. Ese plato de Hartog es el registro europeo más antiguo conocido de un desembarco en Australia Occidental, casi dos siglos antes de la colonización británica.
Hartog no encontró riquezas ni razones para quedarse: la costa era árida, sin agua dulce evidente, y siguió viaje. Ochenta años después, en 1697, otro holandés, Willem de Vlamingh, pasó por la isla, encontró la placa de Hartog (ya deteriorada), la reemplazó por una nueva con su propia inscripción y se llevó la original a Ámsterdam, donde se conserva. Así, dos placas de estaño en una isla remota resumen el paso fugaz de los navegantes holandeses por estas aguas.
El nombre "Shark Bay" llegó un poco después. En 1699, el navegante y bucanero inglés William Dampier exploró la zona a bordo del Roebuck y la bautizó Shark Bay por los muchos tiburones que capturó y observó allí. Para los europeos, la bahía siguió siendo durante más de un siglo un punto en el mapa de una costa temida e inhóspita, sin ningún interés comercial, mientras los pueblos malgana, nhanda y yinggarda continuaban su vida de siempre.
La presencia europea permanente en Bahía Shark llegó recién en el siglo XIX, y estuvo ligada a los recursos del mar y de la tierra. A mediados de ese siglo, la bahía se convirtió en un centro de la industria perlera: sus aguas albergaban bancos de ostras perlíferas, y llegaron buscadores de perlas y de nácar (madreperla), muchos de ellos con mano de obra aborigen y asiática en condiciones a menudo durísimas. El pueblo de Denham, hoy base turística de la región, nació precisamente como asentamiento perlero, y algunos de sus edificios antiguos se construyeron con bloques de coquina —conchas compactadas cortadas en Shell Beach—, un rasgo constructivo único.
Al mismo tiempo, el interior de la península se abrió al pastoreo. Se establecieron grandes estaciones ovinas (sheep stations) que criaban ovejas para lana en un terreno árido y difícil. Una de ellas fue Peron Station, en la punta de la península, cuya antigua casa (el Peron Homestead) hoy se conserva dentro del Parque Nacional Francois Peron y se puede visitar, con sus corrales, su esquiladero y una "bañera" de agua artesiana caliente. Estas estancias moldearon la economía y el paisaje de la región durante más de un siglo, con un costo enorme para los pueblos aborígenes, desplazados de sus tierras y sus fuentes de alimento.
La pesca comercial —de escama, y sobre todo de crustáceos y otros mariscos— completó el cuadro económico. Pescadores y sus familias se instalaron en Denham y en pequeños campamentos costeros. Fue en ese mundo de pescadores donde, a mediados del siglo XX, empezó a gestarse casi por casualidad el fenómeno que haría mundialmente famosa a la bahía.
La historia de los delfines de Monkey Mia es una de esas rarezas que solo la naturaleza escribe. A mediados del siglo XX, en la playa de Monkey Mia, algunos pescadores locales empezaron a compartir parte de su captura con delfines nariz de botella salvajes que se acercaban a sus botes. Con el tiempo, unos pocos delfines —sobre todo hembras— tomaron la costumbre de acercarse a la orilla, donde la gente los alimentaba a mano. La relación se transmitió entre generaciones de delfines: madres que enseñaban a sus crías a visitar la playa.
Lo que comenzó como un intercambio informal se transformó, hacia las décadas de 1980 y 1990, en un fenómeno turístico de fama internacional: gente de todo el mundo llegaba a Monkey Mia para ver a delfines salvajes acercarse a centímetros de la orilla, algo casi imposible en cualquier otro lugar. Pero el éxito trajo problemas: la alimentación descontrolada afectaba la salud y el comportamiento de los delfines, y varias crías murieron.
Por eso, desde hace décadas, la experiencia está estrictamente regulada por los guardaparques del Departamento de Biodiversidad, Conservación y Atracciones (DBCA). Hoy solo se ofrece pescado a unos pocos delfines, en cantidades controladas, en las primeras visitas de la mañana, y bajo estricta supervisión; el resto del tiempo los animales viven libres y cazan por su cuenta. Un programa de investigación de larga data estudia a estos delfines, que son de los más conocidos y estudiados del mundo. Así, un gesto casual de unos pescadores dio origen a un modelo de turismo de fauna responsable y a décadas de ciencia.
El reconocimiento internacional de Bahía Shark como un tesoro natural llegó en 1991, cuando la Unesco la inscribió en la lista del Patrimonio Mundial, convirtiéndola en la primera Área del Patrimonio Mundial de Australia Occidental. Bahía Shark cumple con los cuatro criterios naturales de la Unesco —una hazaña rarísima—, gracias a un conjunto de valores excepcionales: los mayores y más diversos prados de pastos marinos del mundo (más de 4.000 km²), la mayor población de dugongos del planeta (unos 10.000 a 11.000 ejemplares), los estromatolitos vivientes de Hamelin Pool, y una fauna que incluye especies de mamíferos amenazadas que sobreviven aquí.
Esa protección impulsó un cambio de modelo: de la explotación de perlas, lana y pesca a la conservación y el turismo de naturaleza. Se crearon parques nacionales como Francois Peron, se reguló la experiencia de los delfines, y se pusieron en marcha ambiciosos programas de restauración ecológica —como Project Eden y Dirk Hartog Island National Park Ecological Restoration—, que buscan erradicar especies introducidas (gatos, zorros, cabras) y reintroducir mamíferos nativos que habían desaparecido del continente.
Y en las últimas décadas ocurrió algo fundamental: el retorno del reconocimiento a los Primeros Pueblos. El pueblo malgana obtuvo la determinación de Native Title sobre una vasta extensión de la región —del orden de decenas de miles de kilómetros cuadrados, incluida gran parte del Área del Patrimonio Mundial—, un reconocimiento legal de su conexión continua con esta tierra. Nombres aborígenes como Gutharraguda (Bahía Shark) y Wulyibidi (Francois Peron) vuelven a usarse oficialmente, y la interpretación cultural en el Discovery Centre de Denham y en los parques incorpora cada vez más la voz malgana. Hoy, visitar Bahía Shark es asomarse a la vez a la vida más antigua de la Tierra, a una de las mayores concentraciones de fauna marina del planeta y a una cultura viva de decenas de miles de años.