Mucho antes de que existiera una ciudad, un telégrafo o siquiera un nombre europeo, este lugar era Mparntwe, y lo sigue siendo para el pueblo arrernte, que habita el desierto central en torno a la actual Alice Springs desde hace más de 50.000 años. Para los arrernte, el paisaje no es telón de fondo sino un texto vivo: los MacDonnell Ranges, las colinas, los cauces del río y los manantiales fueron creados por seres ancestrales durante el Altyerre (el 'tiempo del sueño' o Dreaming arrernte), y cada accidente geográfico corresponde a un episodio de esas historias.
Lo notable de Alice Springs es que muchos de esos sitios sagrados están dentro de la propia trama urbana. Colinas que hoy quedan entre calles y edificios —como la que los visitantes conocen como Anzac Hill, Untyeyetweleye para los arrernte— tienen historias asociadas a la oruga (yeperenye) y a otros seres ancestrales que dieron forma a Mparntwe. Vivir o pasear por Alice es, para quien lo sabe, caminar sobre un paisaje ceremonial.
El río Todd, que la mayor parte del año corre seco, y los pozos de agua permanentes de la zona eran claves para la vida en el desierto: garantizaban agua, atraían fauna y convertían el área en un punto de encuentro e intercambio entre grupos. Esa profundidad temporal —cincuenta milenios de presencia humana continua— es el trasfondo imprescindible para entender la ciudad que vino después.
La Alice Springs europea nació de un cable. En la década de 1860, la colonia de Australia del Sur decidió tender una línea de telégrafo de más de 3.000 kilómetros que uniera Adelaida con Darwin, y desde allí, por cable submarino, con el resto del mundo. La Overland Telegraph Line seguía en buena medida la ruta que había abierto el explorador John McDouall Stuart, que en 1862 logró cruzar el continente de sur a norte —donde otros como Burke y Wills habían muerto— gracias a viajar liviano y a observar cómo hallaban agua y comida los aborígenes.
El proyecto, dirigido por Charles Todd, superintendente de telégrafos de Australia del Sur, dividió la obra en tramos y la completó en 1872, con las secciones norte y central unidas en agosto de ese año. Para operar la línea se instalaron estaciones repetidoras a lo largo de la ruta; una de ellas se estableció junto a un manantial sobre el lecho del río Todd. El manantial recibió el nombre de 'Alice Springs' en honor a Alice Todd, esposa de Charles, y el propio río fue bautizado Todd por él.
La estación de telégrafo se convirtió en el germen del asentamiento. El pueblo que creció cerca se llamó al principio Stuart, en homenaje al explorador, y solo en 1933 adoptó oficialmente el nombre de Alice Springs, que ya era el de uso corriente. Así, una ciudad nació de la necesidad de comunicar dos costas a través del vacío aparente del centro del continente.
La llegada del telégrafo y, poco después, de estaciones ganaderas transformó violentamente la vida de los arrernte. Como en toda la frontera australiana, la ocupación de las mejores tierras y de las fuentes de agua por parte de los colonos desató conflictos, enfermedades y una drástica caída de la población indígena. La zona del telégrafo llegó a funcionar como estación gubernamental que albergaba a niños aborígenes de ascendencia mixta separados de sus familias, uno de los capítulos más dolorosos de la historia australiana, el de las llamadas Generaciones Robadas.
Pese a todo, la cultura arrernte no desapareció: resistió, se adaptó y mantuvo viva su lengua, su conocimiento del país y sus lazos ceremoniales. Alice Springs se fue configurando como una ciudad de fronteras superpuestas —la del desierto, la del pastoreo, la de la minería— y también como un lugar de encuentro y tensión entre la Australia colona y la Australia de los Primeros Pueblos, algo que sigue marcando su presente.
En el siglo XX, la ciudad ganó otras capas: la de los cameleros afganos y sus descendientes, que con sus caravanas de camellos hicieron posible el transporte por el desierto antes del ferrocarril; la del tren, cuya primera versión que llegó a Alice en 1929 tomó de ellos su apodo, The Ghan; y la de instituciones nacidas de la inmensidad del outback, como el Royal Flying Doctor Service y la School of the Air, la escuela por radio.
Si algo distingue hoy a Alice Springs es su papel como epicentro del arte aborigen contemporáneo. La historia moderna de ese arte tiene un punto de partida cercano: en la misión de Hermannsburg, al oeste de la ciudad, el artista arrernte Albert Namatjira desarrolló a partir de los años treinta una obra de acuarelas de los paisajes del desierto que lo convirtió en el primer artista aborigen célebre a nivel nacional, aunque su vida estuvo marcada por las contradicciones de una sociedad que lo aclamaba y a la vez le negaba derechos básicos.
Décadas después, en las comunidades del desierto occidental, floreció el movimiento de la pintura acrílica con puntos (el 'dot painting'), que tradujo a lienzo iconografías ceremoniales milenarias y se transformó en uno de los movimientos artísticos más influyentes surgidos de Australia. Alice Springs, por su ubicación, se volvió el gran centro de exhibición y comercialización de ese arte: en sus galerías se concentra hoy una parte importante del mejor arte indígena del país.
Ese rol convierte a la ciudad en mucho más que una escala de servicios en el camino a Uluru. Instituciones como el Araluen Arts Centre y las galerías de Todd Mall permiten al visitante acceder a un patrimonio vivo y, si compra con criterio ético, apoyar directamente a los artistas y comunidades. Es una de las razones más poderosas para detenerse en Alice y no solo pasar de largo.
Con alrededor de 25.000 habitantes, Alice Springs es la principal ciudad del centro de Australia y la base logística para explorar el Red Centre: los desfiladeros y pozos de agua del West MacDonnell Ranges (Tjoritja), el Larapinta Trail, y las rutas hacia Uluru, Kata Tjuta y Kings Canyon. También es parada del icónico tren The Ghan, que une Adelaida con Darwin atravesando el continente.
Es, a la vez, una ciudad de contrastes marcados. Concentra riqueza cultural y natural extraordinaria y una escena artística de nivel internacional, pero también arrastra los efectos de una larga historia de desposesión, con desigualdades sociales visibles entre la población arrernte y la no indígena. Abordar Alice con curiosidad, respeto y sin prejuicios es la mejor manera de descubrir su valor real.
Sus festivales —el Desert Festival, la disparatada regata Henley-on-Todd sobre un río seco, los eventos de música y arte— muestran el humor y la resiliencia de una comunidad que vive en uno de los entornos más extremos y hermosos del planeta. Para el viajero, entender la historia de Mparntwe, del telégrafo y del arte del desierto es la llave que transforma una simple escala en una de las experiencias más ricas de un viaje por el interior australiano.