Cuando el coronel William Light miró por primera vez la llanura donde plantaría Adelaida, en 1836, vio un paisaje que le pareció un parque inglés: pastizales abiertos, salpicados de árboles, atravesados por un río. Lo que no entendió -lo que casi ningún colono entendió- es que ese 'parque' no era natural: era una obra maestra de ingeniería ecológica hecha por el pueblo Kaurna a lo largo de cientos de generaciones, con quemas cuidadosas que mantenían el suelo abierto y fértil.
Esta llanura entre las colinas de Mount Lofty y el golfo de San Vicente es Tarntanya, 'el lugar del canguro rojo', el corazón del Country Kaurna. Los Kaurna, que los colonos llamaron a veces la 'tribu de Adelaida', probablemente rondaban las 300 personas en la zona inmediata, organizados en familias que se movían con las estaciones entre la costa, el río Karrawirra Parri (el actual Torrens) y las colinas. Su vida estaba tejida al Dreaming, a los sitios sagrados, a un conocimiento profundo del agua, las plantas y los animales.
Ese conocimiento incluía el manejo del fuego que dio a la llanura su aspecto de pradera, tan atractivo para los colonos que buscaban tierra fácil de arar. La ironía es amarga: lo que hizo de Adelaida un sitio ideal para una ciudad colonial era precisamente el fruto del cuidado Kaurna del territorio. La ciudad que se levantaría sobre Tarntanya borraría durante más de un siglo a quienes la habían hecho posible.
Adelaida no nació como el resto de la Australia colonial. Mientras Sídney, Hobart o Brisbane empezaron como colonias penales, pobladas por convictos, Australia Meridional fue diseñada como un experimento: la segunda colonia libre del continente y el primer ensayo de las teorías de 'colonización sistemática' de Edward Gibbon Wakefield.
La idea, plasmada en la South Australia Act de 1834 tras la petición de reformistas como Robert Gouger, era vender la tierra a un precio que obligara a los inmigrantes a trabajar antes de poder comprarla, financiando así el pasaje de más colonos libres y creando una sociedad de pequeños propietarios, sin la mancha del convictismo. La colonia se pobló de familias libres, muchas atraídas también por la promesa de libertad religiosa: disidentes, luteranos alemanes huyendo de la persecución, metodistas. De ahí el sobrenombre que Adelaida cargaría por décadas: 'la ciudad de las iglesias'.
El asentamiento físico comenzó con la llegada de los primeros colonos británicos en febrero de 1836, y el gobierno colonial se inauguró formalmente el 28 de diciembre de 1836, fecha que aún se celebra en SA como Proclamation Day. La ciudad se llamó Adelaida en honor a la reina Adelaida, esposa de Guillermo IV. Sobre el papel, era un ideal luminoso de libertad y orden. En la práctica, ese ideal no incluía a los Kaurna, cuyos derechos sobre la tierra -reconocidos en teoría en las Letters Patent fundacionales- nunca se respetaron.
Si algo distingue a Adelaida de cualquier otra ciudad australiana es su plano. El coronel William Light, primer agrimensor general de la colonia, diseñó el centro con una originalidad que hoy figura en el patrimonio nacional: una grilla perfecta de calles anchas y plazas amplias, dividida por el río Torrens en la ciudad y North Adelaide, y -el gran golpe de genio- enteramente rodeada por un anillo continuo de parques, los Park Lands. Es la famosa 'Light's Vision'.
Light eligió el sitio a pesar de las presiones para ubicar la capital en la costa, convencido de que la llanura junto al Torrens ofrecía agua, buen suelo y espacio para crecer. Enfermó y murió pocos años después, en 1839, pero su plano sobrevivió intacto y dio a Adelaida su carácter perdurable: una ciudad compacta, verde, ordenada, donde uno nunca está lejos de un parque. Los adelaidenses todavía honran su figura con un mirador que lleva su nombre en North Adelaide, apuntando hacia la grilla que imaginó.
En medio de esa grilla, un episodio poco conocido dejó una huella enorme. En octubre de 1838, dos misioneros luteranos alemanes, Christian Teichelmann y Clamor Schürmann, llegaron a la colonia y se dedicaron a aprender y documentar la lengua Kaurna. En diciembre de 1839 abrieron una escuela en Piltawodli, en los Park Lands al oeste, donde los niños Kaurna aprendían a leer y escribir en su propia lengua. Su vocabulario de más de 2.000 palabras -el mayor registrado en la época- se volvería, un siglo y medio después, la llave para revivir el idioma.
Para los Kaurna, la fundación de Adelaida fue una catástrofe. Ya golpeados por una epidemia de viruela que llegó desde el este a comienzos de la década de 1830 -antes incluso de que llegaran los colonos-, vieron cómo la ciudad y las granjas ocupaban sus tierras, cortaban su acceso al agua y a los sitios sagrados, y prohibían sus prácticas. Las políticas de asimilación, la misión de Piltawodli que cerró en 1845, y el desplazamiento fueron desmantelando la vida Kaurna en la llanura. A fines del siglo XIX, la sociedad colonial daba por 'extinguido' a un pueblo que en realidad seguía vivo, disperso pero resistente.
Mientras tanto, la colonia prosperaba. El trigo de la llanura, la lana y, sobre todo, el cobre -con los yacimientos de Kapunda (1842) y Burra (1845), trabajados por mineros de Cornualles- dieron a Australia Meridional una base económica sólida y le valieron el apodo de 'the Copper Kingdom'. Los inmigrantes alemanes plantaron viñedos en el cercano valle de Barossa, sembrando la semilla de lo que sería la gran región vinícola del país. Adelaida se llenó de edificios de arenisca, iglesias, institutos y una cultura cívica orgullosa de ser 'la colonia respetable', sin el pasado penal de sus vecinas.
El siglo XX trajo industria -la automotriz Holden se instaló en la posguerra-, oleadas de inmigración europea (italianos, griegos) que enriquecieron su gastronomía, y una identidad progresista: Australia Meridional fue pionera en dar el voto a las mujeres (1894) y en reformas sociales. Adelaida crecía, pero conservaba su escala humana y su plano de Light.
El Adelaida contemporáneo vive un doble renacimiento. Por un lado, el cultural: desde los años 80, un notable esfuerzo colaborativo entre lingüistas y la comunidad Kaurna reconstruyó la lengua a partir de aquellos vocabularios de Teichelmann y Schürmann. Hoy el Kaurna se enseña, se escucha en ceremonias de bienvenida al Country, aparece en nombres duales de lugares (el río es oficialmente Karrawirra Parri / Torrens) y es fuente de orgullo. El pueblo que la colonia dio por desaparecido volvió a hablar su idioma y a hacerse visible en la ciudad que se levantó sobre su Tarntanya.
Por otro lado, el renacimiento festivalero. Cada verano austral, Adelaida se transforma en el 'Mad March': el Adelaide Fringe -el segundo festival de artes más grande del mundo-, el Adelaide Festival, WOMADelaide y una explosión de música, teatro y comida callejera toman la ciudad. El resto del año, la escena de vinos, cafés y pequeños bares -en Peel Street, Leigh Street, el East End- mantiene viva una reputación gastronómica que sorprende a quien la subestima.
Compacta, verde, culta y sabrosa, Adelaida es además la mejor base para explorar Australia Meridional: a un paso están las bodegas de Barossa, McLaren Vale y Adelaide Hills, la fauna de la Isla Canguro y los paisajes ancestrales de los Flinders Ranges. La ciudad diseñada por Light sigue cumpliendo, casi dos siglos después, la promesa de su plano: un lugar a escala humana, rodeado de parques, donde la historia -Kaurna, colonial y contemporánea- se lee en cada esquina.