Pocos pueblos argentinos pueden contar que su nombre nació de un acto de hospitalidad y que en su patio trasero quedaron las huellas de los primeros dinosaurios del planeta. Villa Unión, en el valle del río Bermejo, en el oeste de La Rioja, reúne esas dos rarezas: se llama así desde 1881, cuando sus vecinos acogieron a tres familias expulsadas de un pueblo cercano, y es la puerta de entrada a Talampaya, el cañón de paredones rojos declarado Patrimonio de la Humanidad. La región, árida pero surcada por cursos de agua, permitió el asentamiento humano desde tiempos antiguos: pueblos originarios habitaron y transitaron estos valles, aprovechando el agua, la caza y los recursos del monte, y dejaron huellas en sitios arqueológicos de la zona, incluidos los petroglifos que se conservan en el cercano Talampaya.
En época colonial y poscolonial, el oeste riojano fue tierra de oasis agrícolas y de paso de arrieros. Por estos parajes y por los pasos cordilleranos cercanos transitaban quienes llevaban ganado hacia Chile, en un comercio que conectaba ambos lados de los Andes. La región, de difícil geografía y clima exigente, mantuvo durante mucho tiempo una vida rural y apartada, dedicada a la agricultura de oasis y la ganadería.
Villa Unión creció como localidad de servicios y centro del departamento, en el cruce de caminos que llevan a Talampaya, a la cordillera (Laguna Brava) y, por la Cuesta de Miranda, a Chilecito y el Famatina. Esa posición estratégica, en el corazón del oeste riojano, sería con el tiempo la clave de su desarrollo como base turística de la región, cuando los espectaculares paisajes del entorno empezaron a atraer visitantes de todo el país y del mundo.
El gran tesoro del entorno de Villa Unión es el Parque Nacional Talampaya, uno de los paisajes más impresionantes de la Argentina. Su rasgo más célebre es el Cañón de Talampaya, un desfiladero de paredones rojizos verticales que alcanzan hasta unos 150 metros de altura, esculpidos por la erosión del agua y el viento a lo largo de millones de años. Recorrer el cañón, entre esas murallas de roca colorada, es una experiencia sobrecogedora.
Pero Talampaya no es solo geología espectacular: encierra también un enorme valor científico y cultural. En sus rocas, que comparten formación con las del vecino Ischigualasto, se hallaron fósiles del período Triásico, de la época de los primeros dinosaurios. Y en sus paredes y aleros se conservan petroglifos —grabados rupestres— de los pueblos originarios que habitaron la región, testimonio de una presencia humana antigua en estos parajes.
La protección del área fue escalonada: Talampaya fue declarado parque provincial en 1975, se convirtió en Parque Nacional en 1997 (por la Ley 24.846) y, en el año 2000, la conjunción de su valor geológico, paleontológico y arqueológico llevó a que, junto con el sanjuanino Ischigualasto, fuera inscripto como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Esta distinción consagró a la región como uno de los grandes sitios naturales del país. Villa Unión, como base de acceso al parque, quedó así ligada a este tesoro, y el turismo hacia Talampaya se convirtió en motor de su desarrollo.
La Villa Unión actual es la principal localidad y base turística del oeste de La Rioja, un pueblo tranquilo del valle del Bermejo que vive en buena medida del turismo que atraen los grandes atractivos de su entorno. Su ubicación la convierte en un nudo estratégico: desde aquí se accede al Parque Nacional Talampaya, salen las excursiones 4x4 a la altoandina Laguna Brava y se inicia el espectacular camino de la Cuesta de Miranda hacia Chilecito y los viñedos del Famatina.
Esa concentración de atractivos hizo que Villa Unión desarrollara una oferta de alojamiento, gastronomía y servicios pensada para el visitante, sin perder su carácter de pueblo del oeste riojano. Es un punto de la mítica Ruta 40, en una región de paisajes áridos, cerros de colores y oasis agrícolas, donde el contraste entre la roca desnuda y el verde de los cultivos define el panorama.
Más allá de su función de base, Villa Unión y su entorno ofrecen el encanto de la La Rioja profunda: la calma de los pueblos, la cordialidad de su gente, la cocina regional y la inmensidad de los paisajes. Para el viajero que quiere descubrir algunos de los lugares más espectaculares de la Argentina —Talampaya, Laguna Brava, la Cuesta de Miranda—, Villa Unión es el punto de partida ideal en el corazón del oeste riojano.
Las rocas rojizas de Talampaya y de la cuenca de Ischigualasto-Villa Unión guardan uno de los registros fósiles más importantes del mundo del período Triásico, hace entre 251 y 201 millones de años. En esa era, mucho antes del apogeo de los grandes dinosaurios del Jurásico y el Cretácico, la región era una llanura cálida y húmeda surcada por ríos, donde habitaron algunos de los primeros dinosaurios y antecesores de los mamíferos.
En estos estratos se hallaron especies emblemáticas para la paleontología, como dinosaurios primitivos y reptiles mamiferoides, que ayudaron a los científicos a entender el origen y la diversificación de los dinosaurios. La continuidad de las capas geológicas entre Talampaya (La Rioja) e Ischigualasto (San Juan) ofrece una secuencia casi completa del Triásico, algo excepcional a nivel mundial, y fue uno de los argumentos centrales para la declaración del sitio como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000.
Este valor científico, sumado a la espectacularidad del paisaje, hace que la visita a Talampaya desde Villa Unión sea también un viaje al pasado profundo de la Tierra.
Mucho antes de llamarse Villa Unión, el actual pueblo cabecera del departamento Coronel Felipe Varela se conocía como Los Hornillos. La región no era nueva para la ocupación humana: hacia el año 850, pueblos originarios paziocas o cacanos ya se habían establecido en el Valle del Bermejo, y más tarde, hacia 1634, los diaguitas-chapayanes que habitaban la zona resistieron activamente el avance de la colonización española, en uno de los tantos episodios de resistencia indígena que jalonaron la conquista del actual noroeste argentino.
El episodio que dio origen al nombre actual ocurrió en 1880, cuando tres familias fueron expulsadas de la vecina localidad de Guandacol. La comunidad de Los Hornillos las recibió y les facilitó tierras e instalación en el paraje, en un gesto de hospitalidad que quedó grabado en la memoria colectiva del pueblo. En homenaje a esa unión entre los antiguos pobladores y los recién llegados, desde 1881 Los Hornillos pasó a llamarse Villa Unión, consolidándose como cabecera del entonces flamante departamento de Coronel Felipe Varela.
Asentada en el Valle del Bermejo a 1.153 metros sobre el nivel del mar, Villa Unión creció lentamente como pueblo agrícola de oasis, rodeado de la aridez característica del oeste riojano, hasta que el desarrollo del turismo hacia el cercano Parque Nacional Talampaya —sumado a la Reserva Laguna Brava y la Cuesta de Miranda— la convirtió en la localidad de referencia de toda la comarca, sin perder jamás ese nombre que recuerda un acto de solidaridad entre vecinos.