Bajo las aguas azul profundo del lago Traful hay un bosque entero todavía en pie, con sus cipreses erguidos a varios metros de profundidad; sobre la superficie, una aldea de apenas unos cientos de habitantes que los viajeros describen como 'el pueblo donde se detuvo el tiempo'. Villa Traful debe su nombre al lago a cuyas orillas se asienta: el topónimo Traful es de origen mapuche y suele asociarse a la idea de 'confluencia' o 'unión de aguas', en referencia a la conexión hídrica de la zona, donde el lago Traful forma parte del sistema de cuencas que vierten hacia el río Limay y la red de lagos del Nahuel Huapi.
La región fue, antes de la llegada de los colonos, territorio de pueblos originarios de raíz mapuche-tehuelche, que recorrían estos valles y bosques aprovechando sus recursos. Tras las campañas militares de fines del siglo XIX y la incorporación de la Patagonia al Estado argentino, las tierras quedaron abiertas a la ocupación, y comenzaron a instalarse pobladores dedicados a la ganadería, la explotación del bosque y luego al incipiente turismo.
El poblamiento de Villa Traful fue lento y de pequeña escala, marcado por la lejanía y la dificultad de acceso. Se fue conformando como un caserío disperso de pobladores y pioneros a orillas del lago, en un entorno de montaña y bosque, que con el tiempo daría lugar a la pequeña villa de cabañas de madera que se conoce hoy.
El destino de Villa Traful quedó ligado a la creación del Parque Nacional Nahuel Huapi, el primero de la Argentina, cuyos orígenes se remontan a la donación de tierras del perito Francisco P. Moreno y a su consolidación en la primera mitad del siglo XX. El vasto territorio del parque, que abarca lagos, bosques y montañas a ambos lados del límite entre Río Negro y Neuquén, incluyó la zona del lago Traful.
La pertenencia al parque nacional condicionó el desarrollo de la villa, que creció de manera regulada y conservó un carácter de bajo impacto, con construcciones de madera, calles de tierra y una fuerte presencia de la naturaleza. La Administración de Parques Nacionales y los guardaparques regularon las actividades, el uso del lago y los senderos, preservando el entorno natural.
Esta protección contribuyó a que Villa Traful mantuviera su atmósfera apacible y poco masificada, en contraste con los grandes centros turísticos vecinos como Bariloche o Villa La Angostura. El lago Traful, con su famosa pesca y sus aguas cristalinas, y los bosques circundantes se conservaron como uno de los grandes atractivos del parque, integrados al circuito de la Ruta de los Siete Lagos a través de un desvío.
Una de las páginas más curiosas de la historia natural del lago Traful es la del Bosque Sumergido. Bajo las aguas del lago, en posición vertical, se conservan los troncos de un bosque de cipreses que quedó hundido como consecuencia de un movimiento de tierra. Se atribuye a un deslizamiento o desprendimiento de la ladera —vinculado, según las interpretaciones, a la actividad sísmica de la región andina— que arrastró parte del bosque hacia el lago, donde las bajas temperaturas y la profundidad ayudaron a preservar la madera.
El resultado es un fenómeno poco habitual: árboles enteros, todavía erguidos, sumergidos a varios metros de profundidad, que hoy se pueden observar mediante buceo. Más allá de su atractivo turístico, el Bosque Sumergido es un testimonio de la dinámica geológica de los Andes patagónicos, una región joven y activa donde sismos, glaciaciones y deslizamientos han modelado constantemente el paisaje de lagos y montañas.
Este rasgo singular convirtió al lago Traful en un sitio de interés tanto para los amantes de las rarezas naturales como para quienes buscan entender la historia profunda del territorio.
Durante buena parte del siglo XX, Villa Traful permaneció como un rincón aislado y de difícil acceso, habitado por unas pocas familias de pobladores dedicados a la ganadería y la vida rural de montaña. La mejora gradual de los caminos —en particular la consolidación del corredor de la Ruta de los Siete Lagos y su desvío hacia el lago Traful— fue acercando al pueblo a los circuitos turísticos de la región de los lagos.
A diferencia de Bariloche o Villa La Angostura, que crecieron como centros turísticos masivos, Villa Traful conservó deliberadamente su escala mínima y su carácter apacible, en parte por su ubicación dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, que limita el desarrollo, y en parte por la voluntad de mantener un perfil de bajo impacto. Sus cabañas de madera, sus calles de tierra y su pequeña población dan al lugar un aire de pueblo detenido en el tiempo.
Hoy Villa Traful se ha consolidado como un destino para quienes buscan justamente eso: desconexión, naturaleza y silencio. Famosa por la pesca deportiva, el kayak, el trekking, los atardeceres sobre el lago y curiosidades como el Bosque Sumergido, es una escapada que contrasta con el bullicio de los grandes centros, fiel a su identidad de refugio sereno en el corazón de la Patagonia de los lagos.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX llegaron a las costas del lago Traful los primeros pobladores estables de la zona: familias de raíz mapuche, como los Paichil, y colonos de otros orígenes, entre ellos los Livio, reconocidos como pioneros fundacionales de la villa. Se dedicaban a la cría de ganado y a cultivar pequeñas chacras en un territorio tan hermoso como aislado, donde el invierno cortaba los caminos y cada viaje a Bariloche o San Martín de los Andes podía llevar días.
En esos primeros años, algunos de los propietarios de tierras alrededor del lago fueron colonos de origen alemán, atraídos por la calidad de la pesca de truchas y salmones y por la idea de una segunda residencia en contacto pleno con la naturaleza, lejos del bullicio. Esa combinación de pobladores rurales y de pioneros de fin de semana marcó el carácter mixto que Villa Traful conservaría durante décadas.
El hito fundacional llegó el 30 de noviembre de 1936, cuando una resolución de la Administración de Parques Nacionales autorizó formalmente la subdivisión de tierras y la creación de la villa: se ofrecieron a la venta 144 hectáreas divididas en 40 lotes, rápidamente adquiridos por pioneros argentinos y, en gran medida, por inmigrantes europeos que ya intuían el futuro turístico del lugar. Dos años antes, en 1934, gracias al esfuerzo de los propios pobladores y al apoyo del Consejo Nacional de Educación, se había levantado la primera escuela del paraje, construida enteramente en troncos, cuyas instalaciones todavía pueden apreciarse hoy como testimonio de aquellos primeros tiempos.