La historia de Villa Gesell empieza, en rigor, antes de que existiera un solo árbol sobre sus médanos. Carlos Idaho Gesell, su fundador, era hijo de Silvio Gesell, un comerciante y economista autodidacta de origen alemán que llegó a la Argentina a fines del siglo XIX y se hizo conocido tanto por sus negocios como por sus ideas económicas heterodoxas (Silvio Gesell es recordado en la historia del pensamiento económico por su teoría del 'dinero libre' o 'moneda oxidable', elogiada hasta por John Maynard Keynes). La familia se dedicó al comercio de muebles y artículos para bebés, con la firma 'Casa Gesell', muy difundida en Buenos Aires.
Carlos Idaho creció en ese ambiente emprendedor y trotamundos. Conocía el negocio de la madera y los muebles, y de ahí surgió el germen de su proyecto costero: la necesidad de contar con madera propia lo llevó a interesarse por plantar árboles en gran escala. Esa lógica práctica, más que un sueño turístico, fue el punto de partida de lo que terminaría siendo uno de los balnearios más célebres de la Argentina.
En agosto de 1931, Carlos Idaho Gesell adquirió 1.648 hectáreas de médanos vírgenes sobre la costa atlántica bonaerense, al norte de Mar del Plata y al sur de lo que años más tarde sería Pinamar. El terreno era pura duna viva batida por el viento, sin vegetación que fijara la arena. La intención inicial del proyecto estaba ligada a plantar árboles —en parte para obtener madera y en parte para domar las arenas movedizas— y no, al principio, a fundar una villa turística.
Forestar los médanos resultó una empresa difícil y pionera. Los primeros intentos fracasaron una y otra vez: la arena se movía, el viento marino mataba los plantines y el agua escaseaba. Gesell ensayó durante años distintas especies —tamariscos, acacias, pinos, eucaliptos, álamos— hasta dar con combinaciones capaces de prosperar y, sobre todo, de fijar la duna. Ese esfuerzo tenaz de forestación, sostenido a lo largo de la década de 1930, es el origen del carácter verde y arbolado que todavía distingue a Villa Gesell de otros balnearios de la costa.
El 14 de diciembre de 1931 suele tomarse como fecha simbólica del inicio del emprendimiento. Con el tiempo, el lugar empezó a recibir visitantes atraídos por ese bosque insólito junto al mar, y el proyecto forestal fue derivando, casi naturalmente, en un proyecto turístico.
Un detalle poco conocido es que Gesell llegó a vivir literalmente entre las dunas mientras probaba especies: se instaló en una vivienda precaria en medio del médano para supervisar de cerca los ensayos de forestación, controlando personalmente qué plantines sobrevivían al viento salitroso y cuáles no. Esa etapa de prueba y error, que hoy podría sonar a anécdota pintoresca, fue en realidad años de trabajo agrícola casi experimental, sin garantía de éxito, sostenido con recursos de la familia y con una tozudez que sus propios allegados calificaban de obsesiva.
Hacia las décadas de 1940 y 1950, lo que había comenzado como un experimento forestal se transformó en una villa balnearia en plena expansión. Gesell loteó y vendió tierras, trazó calles —con la Avenida 3 como columna vertebral comercial— y fomentó la llegada de pobladores y veraneantes. A diferencia de los balnearios planificados desde un escritorio, Villa Gesell creció de manera orgánica, con calles que serpenteaban entre los médanos forestados y muchas de ellas todavía de arena.
Desde el inicio, el lugar atrajo a un público particular: artistas, artesanos, mochileros y familias de espíritu bohemio que encontraban en la villa un ambiente más libre e informal que en los grandes balnearios. Esa impronta dio origen a una tradición artesanal y cultural —ferias, talleres, música— que se volvería marca registrada de Gesell. El propio Carlos Gesell vivió en el lugar y siguió de cerca su desarrollo hasta su muerte, en 1979.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, Villa Gesell se transformó de villa incipiente en uno de los grandes balnearios de la Argentina. La urbanización avanzó sobre los médanos forestados y se desarrolló toda la infraestructura turística: hoteles, cabañas, campings, comercios y paradores. El crecimiento fue especialmente intenso en las décadas de 1960, 1970 y 1980, al ritmo del auge del turismo de playa en el país.
Gesell se ganó una identidad propia, distinta de la de los balnearios vecinos. Heredó de sus fundadores y primeros pobladores un aire bohemio y artesanal —expresado en su famosa Feria Artesanal— y, sobre todo, se consolidó como destino predilecto de los jóvenes: recitales, música en vivo, una intensa movida nocturna y un ambiente desenfadado pasaron a ser parte de su sello. Durante los veranos, miles de adolescentes y estudiantes eligieron a Gesell para sus primeras vacaciones sin la familia, lo que reforzó su perfil juvenil.
En 1983, Villa Gesell se convirtió en partido autónomo de la provincia de Buenos Aires, separándose del partido de General Madariaga, lo que le dio gestión propia sobre su crecimiento.
El partido de Villa Gesell incorporó hacia el sur los balnearios boscosos de Mar de las Pampas, Las Gaviotas y Mar Azul, de perfil mucho más tranquilo y natural, ampliando y diversificando la oferta de la zona. Mientras la villa cabecera mantiene su carácter animado, comercial y de vida nocturna, estos balnearios ofrecen calles de arena entre pinos, cabañas escondidas y un ambiente de descanso, muy elegidos por parejas y familias.
Así, Villa Gesell terminó de configurar su carácter dual: un balneario vibrante y popular, con la Avenida 3 como corazón comercial y una fuerte vida cultural y nocturna, rodeado a la vez de naturaleza que recuerda sus orígenes. Al sur se extiende la Reserva Natural Faro Querandí, uno de los últimos grandes cordones de médanos vírgenes de la costa bonaerense, coronado por el faro de 1922; y por todas partes persiste el bosque que Carlos Gesell levantó, casi a pulso, sobre la arena. Esa combinación de origen visionario, impronta bohemia, fiesta veraniega y paisaje de médanos y bosque define la identidad única de la villa, y explica por qué, casi un siglo después de que Carlos Gesell empezara a pelearle árboles al viento, su nombre siga siendo sinónimo de verano, música y libertad para generaciones sucesivas de argentinos que hicieron de esas calles de arena su primer recuerdo de vacaciones sin los padres.