El lago más grande de Córdoba no existía hace cien años. Donde hoy miles de turistas veranean, navegan y pescan pejerreyes, corría simplemente el río Tercero entre campos de estancia, y nadie hubiera imaginado que una represa iba a inundar el valle para crear, de la nada, uno de los destinos turísticos más visitados del interior argentino. Esa es la primera sorpresa de Villa del Dique y Embalse: literalmente, el paisaje que los define es más joven que muchos de sus propios vecinos.
Antes de que existiera el gran lago, el sur del Valle de Calamuchita era un territorio de sierras, ríos y campos, habitado en tiempos prehispánicos por los comechingones, pueblo originario de las sierras de Córdoba. Como en el resto del valle, estas comunidades vivían de la agricultura, la caza y la recolección, en estrecha relación con el río Tercero (Ctalamochita, en su nombre indígena, que significa aproximadamente 'río salado' o hace referencia a su curso) y su entorno de bosque serrano.
Durante la época colonial y los siglos siguientes, la región se organizó en torno a estancias y actividades rurales, con una población dispersa dedicada al campo, la cría de ganado menor y algo de agricultura de secano. El río Tercero, uno de los principales cursos de agua de la provincia, atravesaba el valle aportando vida y recursos, pero también provocando crecidas periódicas en épocas de lluvias intensas que castigaban a los pobladores ribereños.
La zona donde hoy se encuentran Villa del Dique y Embalse era, entonces, un paisaje de valle rural, salpicado de cascos de estancia y capillas de campo, muy distinto del actual perfil de costa de lago con marinas, balnearios y hoteles. La gran transformación llegaría recién en el siglo XX con una obra de ingeniería colosal para su época que cambiaría para siempre la fisonomía y el destino de toda esta parte del valle: la construcción de la represa sobre el río Tercero.
El hito que dio forma al paisaje y al destino actual de Villa del Dique y Embalse fue la construcción de la represa del río Tercero, una historia que empezó mucho antes de lo que la mayoría imagina: la piedra fundamental de la obra se colocó el 10 de diciembre de 1911. Aquel primer proyecto, de inspiración inglesa, quedó paralizado por la Primera Guerra Mundial, y las obras recién se retomaron en 1927, ya bajo la dirección de los ingenieros argentinos Santiago Enrique Fitz Simon y Juan Carlos Alba Posse, que rediseñaron y agrandaron la presa original. El paredón principal, levantado en roca granítica, alcanzó los 50 metros de altura y los 360 metros de largo, complementado por un vertedero de 300 metros, un dique auxiliar de tierra de 900 metros y una torre-usina hidroeléctrica de 40 metros. Hacia 1936 el conjunto estaba terminado: había nacido el mayor espejo de agua artificial de la provincia de Córdoba.
La represa fue concebida para generar energía hidroeléctrica, regular las crecidas del río Tercero —que castigaban periódicamente a las poblaciones ribereñas aguas abajo— y garantizar agua para el riego y las industrias. Pero su efecto más visible fue paisajístico: las aguas embalsadas inundaron campos y bajos del valle y crearon una extensa superficie lacustre rodeada de sierras, un 'mar interior' donde antes solo había estancias.
El nuevo lago cambió el mapa humano de la zona. La ciudad de Embalse, cuyo nombre alude directamente a la represa, creció ligada a la obra y su mantenimiento. Y sobre la costa norte del lago, el 11 de octubre de 1935, Mateo Osella y Enrique Marandino fundaron una villa veraniega a la que llamaron, con lógica aplastante, Villa del Dique: un pueblo nacido explícitamente para aprovechar el flamante espejo de agua, uno de los pocos casos argentinos de localidad turística creada casi al mismo tiempo que su propio atractivo. La represa no solo cumplió sus funciones energéticas: abrió, sin proponérselo del todo, la vocación que define a toda la zona hasta hoy, la del turismo de lago.
Si la represa creó el lago, fue el primer peronismo el que lo convirtió en un símbolo nacional. Entre 1946 y 1951, en el marco del Primer Plan Quinquenal, el gobierno de Juan Domingo Perón levantó sobre la costa del embalse la Unidad Turística Embalse, un complejo monumental de turismo social pensado para que los trabajadores argentinos —que por primera vez accedían masivamente a las vacaciones pagas— pudieran veranear a precios subsidiados. Los primeros hoteles, el N° 1 y el N° 2, se inauguraron en 1947; para 1951 el conjunto sumaba 7 grandes hoteles, 51 bungalós, capilla, pileta, servicio médico, locales comerciales y un tanque de agua que funcionaba también como mirador, todo en medio de parques frente al lago.
Junto con su complejo gemelo de Chapadmalal, en la costa atlántica bonaerense, Embalse se volvió la postal por excelencia del 'turismo para todos': trenes repletos de familias obreras llegadas de todo el país, contingentes sindicales y, décadas más tarde, generaciones enteras de estudiantes que hicieron allí sus viajes de egresados. Por sus habitaciones pasaron cientos de miles de argentinos que, sin la política de turismo social, difícilmente hubieran conocido las sierras de Córdoba. En 2013, ese valor histórico fue reconocido oficialmente: el complejo fue declarado Monumento Histórico Nacional por el decreto 784/2013.
La historia reciente le sumó un capítulo incierto: en 2026 el gobierno nacional desafectó la Unidad Turística del programa de turismo social y habilitó su venta, cerrando —al menos por ahora— una era de casi ochenta años. Los hoteles dejaron de recibir contingentes, aunque el conjunto arquitectónico, con su imponente estilo de los años 40 frente al agua, sigue en pie y puede apreciarse desde el exterior. Para el viajero curioso, caminar por sus alrededores es asomarse a uno de los experimentos sociales más ambiciosos de la historia argentina, congelado a orillas del lago.
Con la creación del gran lago, el sur del Valle de Calamuchita encontró una nueva identidad turística, distinta de la de los pueblos de río del resto del valle. Las localidades de la costa —Villa del Dique, Embalse y otras— se transformaron poco a poco en destinos de costa de lago, aprovechando las playas, las aguas tranquilas y el paisaje serrano que enmarca el embalse.
El lago se convirtió en uno de los principales centros de deportes náuticos del interior del país, con la vela, el windsurf, el kayak y la navegación como protagonistas, y también en un destino de pesca deportiva. Surgieron clubes náuticos, balnearios, hoteles, cabañas y campings, y la zona se integró al circuito turístico del Valle de Calamuchita, uno de los más visitados de Córdoba.
Hoy Villa del Dique y Embalse ofrecen al visitante una experiencia de descanso lacustre: playas y costaneras para el verano, deportes náuticos, pesca, atardeceres sobre el agua y la tranquilidad de los pueblos serranos. Su cercanía con destinos como Santa Rosa de Calamuchita y Villa General Belgrano permite combinar la costa del lago con los ríos, los pueblos y la rica oferta del valle, en una región que supo reinventarse a partir de una gran obra de ingeniería.
El propio trazado de Villa del Dique cuenta esa historia: sus calles bajan hacia la costa organizadas en función de los distintos balnearios y clubes que fueron apareciendo desde mediados del siglo XX, cuando las primeras familias cordobesas empezaron a construir casas de fin de semana frente al agua. Ese crecimiento espontáneo, típico de los pueblos de veraneo argentinos, le dio a la villa un carácter informal y hogareño que todavía conserva, muy distinto de los desarrollos inmobiliarios más planificados de otras costas turísticas del país.
La vocación energética del sur de Calamuchita no se agotó con la represa hidroeléctrica. En la década de 1980, sobre la costa del lago del Embalse de Río Tercero, entró en funcionamiento la Central Nuclear Embalse, la segunda central nucleoeléctrica de la Argentina, inaugurada en 1984. La obra aprovechó el agua del lago para la refrigeración de sus reactores y consolidó a la región como un polo de producción de energía de escala nacional.
La llegada de la central transformó nuevamente la vida de la zona: generó empleo, atrajo población técnica y especializada, y reforzó la fisonomía de la ciudad de Embalse como localidad ligada a las grandes obras energéticas. Décadas más tarde, la central fue sometida a un extenso proceso de reacondicionamiento para extender su vida útil, lo que volvió a movilizar la economía local. Energía hidroeléctrica primero y nuclear después marcaron así la identidad productiva de este rincón del valle.
Para el visitante, esta dimensión energética convive con la turística sin opacarla: el lago sigue siendo, ante todo, un destino de playas, deportes náuticos y descanso. Pero conocer la historia de la represa y de la central ayuda a entender por qué Villa del Dique y Embalse tienen el perfil que tienen, y cómo una sucesión de grandes obras de ingeniería terminó dibujando el paisaje y la economía del sur de Calamuchita.