Antes de que nadie hablara de trekking ni de registros provinciales, ya existía una leyenda comechingona sobre una montaña con 'agua en la cabeza': una laguna diminuta escondida cerca de la cima más alta de Córdoba, custodiada según la creencia popular por espíritus de las alturas. Esa montaña es el Champaquí, y a sus pies, en el sur del Valle de Traslasierra, crecieron dos pueblos que hoy viven a la sombra —y gracias— de esa cumbre: Villa de Las Rosas y San Javier.
Ambas localidades están asentadas al pie del imponente cordón de las Sierras Grandes, en el oeste de la provincia de Córdoba. La región estuvo habitada en tiempos prehispánicos por los comechingones, los pueblos serranos de Córdoba, cuya presencia perdura en la toponimia y en la cultura del valle. El propio nombre de Champaquí es de raíz indígena, y suele asociarse a ideas como 'agua en la cabeza' o 'cabeza de agua', en alusión a esa laguna que se encuentra cerca de la cima, a más de 2.700 metros de altura, un fenómeno geográfico poco común que alimentó siglos de relatos entre los antiguos habitantes del valle.
Tras la colonización española, la zona se organizó en torno a la vida rural: estancias, chacras, capillas y pequeñas poblaciones dedicadas a la ganadería y la agricultura de subsistencia. San Javier es uno de los poblados históricos del área, con su iglesia y su entorno serrano, mientras que Villa de Las Rosas creció como localidad vecina en el mismo faldeo de las sierras, a unos 740 metros sobre el nivel del mar. Traslasierra —el valle 'detrás de la sierra', tal como lo bautizaron los primeros pobladores hispanocriollos mirando el mapa desde Córdoba capital— fue durante siglos una región apartada de la ciudad, separada por las cumbres, con una identidad propia y un fuerte arraigo rural que todavía hoy se nota en el ritmo pausado de sus calles.
Esa condición de pueblos serranos, al pie de la montaña más alta de Córdoba y en un valle de tradición rural y aislada, marcó la vida y el carácter de Villa de Las Rosas y San Javier durante buena parte de su historia, mucho antes de que el turismo de naturaleza transformara su perfil hacia fines del siglo XX.
Villa de Las Rosas tiene una particularidad que la distingue de tantos pueblos argentinos: no tiene fundador ni acta de fundación. No hubo un general, un ferrocarril ni una compañía colonizadora que la creara de un plumazo; hubo, en cambio, siglos de vida rural que fueron cuajando lentamente en un pueblo. Sus raíces coloniales se remontan a las viejas estancias del valle: la estancia de Los Molles, del hacendado Bartolomé Olmedo, se repartió entre sus hijos, y de ese reparto nació la estancia de Las Rosas, que tocó a Matías Olmedo, mientras Pedro Nolasco Olmedo se quedaba con Los Molles. Entre ambas propiedades corría el camino real que unía San Javier con Córdoba, la arteria por la que circulaba toda la vida del valle.
El nombre, según la tradición local, no viene de ningún apellido sino de la proliferación de rosas silvestres —parecidas a la rosa mosqueta— que crecían en la zona en tiempos coloniales. Los censos antiguos ya registran el paraje como 'Rosas': en 1779 la campaña de Las Rosas contaba 136 habitantes, y para 1813 la población había subido a 258. Era un caserío disperso de chacras y puestos, organizado en torno a la capilla —la primera fue destruida por un rayo, y tras la construcción de la segunda quedó consagrada la Virgen del Carmen como patrona del pueblo, celebrada cada 16 de julio— y al trabajo de la tierra bajo el riego de los arroyos serranos.
El salto de paraje rural a villa llegó recién a fines del siglo XIX. El 4 de agosto de 1884, los vecinos donaron fracciones de terreno para construir la plaza, la iglesia y las viviendas que la rodearían: esa acta de donación es la fecha que el pueblo celebra como su día. En 1897, un decreto del gobierno provincial creó la municipalidad de Las Rosas, y con ella el nombre definitivo de Villa de Las Rosas. Como en tantos pueblos del interior argentino, la iglesia, la escuela y el almacén de ramos generales fueron los núcleos alrededor de los cuales se organizó la comunidad, que creció ligada a la agricultura de regadío, la ganadería menor y los oficios rurales, al ritmo pausado de las estaciones y a la sombra del Champaquí.
El Cerro Champaquí, con sus 2.790 metros, no es solo la cumbre más alta de Córdoba: es un símbolo cargado de mito y de historia. Su nombre, de raíz indígena, suele traducirse como 'agua en la cabeza' o 'cabeza de agua', en alusión a la pequeña laguna que se encuentra cerca de su cima. Para los comechingones, los antiguos pobladores serranos, las cumbres y los manantiales tenían valor sagrado, y esa carga simbólica perdura en las leyendas que rodean al cerro.
A lo largo del siglo XX, el Champaquí se fue consolidando como uno de los grandes objetivos del montañismo y el trekking del centro de la Argentina. Distintas vías de ascenso —desde Villa de Las Rosas, San Javier, Los Hornillos, Los Molles, Villa Alpina o Villa Yacanto— fueron trazando una red de senderos, refugios y puesteros que dan servicio a los caminantes. La actividad creció tanto que la provincia debió regularla: la Ley Provincial N° 9856 estableció la inscripción obligatoria de los visitantes en el Registro de Visitantes en Zonas de Riesgo —que hoy se completa online o escaneando un QR en los accesos—, tras varios episodios de personas extraviadas o sorprendidas por el clima en el macizo.
Hoy el ascenso al Champaquí combina aventura, naturaleza y cultura serrana: el caminante atraviesa pampas de altura y bosques de tabaquillo —una reliquia botánica de montaña—, cruza arroyos, pernocta en puestos serranos y comparte mate con los puesteros que habitan las laderas. Villa de Las Rosas y San Javier, como puertas de acceso del lado oeste, hicieron de esa épica montañesa el eje de su identidad turística, ligando para siempre su nombre al de la montaña más alta de Córdoba.
Con el correr del siglo XX y, sobre todo, en las últimas décadas, Villa de Las Rosas y San Javier fueron transformando su perfil rural en un destino de turismo de naturaleza, montañismo y descanso. El gran motor de ese cambio fue el Cerro Champaquí: la cumbre más alta de Córdoba se consolidó como uno de los grandes objetivos del trekking del centro de la Argentina, y estos pueblos se afianzaron como una de las puertas de acceso clásicas para la ascensión, con guías habilitados, refugios y servicios de mula que hoy forman parte de la economía local.
El atractivo de la montaña, sumado a los ríos serranos de aguas claras, el aire puro y los paisajes del sur de Traslasierra, atrajo a viajeros, montañistas y a quienes buscaban un estilo de vida más tranquilo y ligado a la naturaleza. Desde los años ochenta y noventa, la zona recibió una corriente sostenida de 'neorrurales': artesanos, terapeutas, productores orgánicos y familias de las grandes ciudades que se instalaron al pie de la sierra. La zona desarrolló así una oferta de cabañas, hosterías, refugios de montaña, campings y guías locales, junto con una producción artesanal de dulces, quesos, hierbas y artesanías que se volvió parte de su identidad y de sus ferias.
Esa mezcla dio a Villa de Las Rosas y San Javier un carácter particular dentro de Traslasierra: pueblos serranos tranquilos, sin la masividad de Mina Clavero o Merlo, donde el turismo activo y el descanso conviven con la vida de campo de siempre. El viajero que llega hoy encuentra las dos capas superpuestas: la del pueblo rural que se formó alrededor de una plaza donada por sus propios vecinos en 1884, y la del destino de naturaleza que mira, siempre, hacia la silueta del Champaquí, símbolo y horizonte permanente de la región.