Hay un pueblo cordobés que le cambió el nombre a su propio santo patrono para llevar, en cambio, el apellido de un cura de sotana raída que llegó a lomo de mula y nunca más se fue. Eso es, en esencia, la historia de Villa Cura Brochero: un caso casi único en la Argentina de una localidad que dejó de lado el nombre de su iglesia fundacional para honrar, en vida y sobre todo después de su muerte, al hombre que la sacó del aislamiento a fuerza de caminos, escuelas y una fe a prueba de sierras.
El pueblo se llamó originalmente Villa del Tránsito, en alusión a su iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora del Tránsito. Surgió como una pequeña población del Valle de Traslasierra, en el oeste cordobés, una región montañosa y, durante el siglo XIX, sumamente aislada del resto de la provincia por el macizo de las Sierras Grandes. Esa lejanía marcó la vida del valle: caminos difíciles, comunidades dispersas y pobres, dependientes de la ganadería de subsistencia y de un contacto esporádico con la capital cordobesa, a la que se llegaba tras varios días de travesía por senderos de cabras.
En ese contexto de aislamiento y carencias llegó, en diciembre de 1869, un joven sacerdote destinado al extenso curato de San Alberto: José Gabriel del Rosario Brochero. Había nacido el 16 de marzo de 1840 en Villa Santa Rosa (Santa Rosa de Río Primero), una zona rural cercana a Córdoba capital, y se había ordenado sacerdote pocos años antes, el 4 de noviembre de 1866, tras pasar por el Seminario de Nuestra Señora de Loreto. Lo que encontró al llegar a Traslasierra fue una feligresía enorme —se calcula que su curato abarcaba unas diez mil almas dispersas en más de cuatro mil kilómetros cuadrados de sierra— con escasa atención religiosa, educativa y sanitaria. Brochero hizo de esa realidad su misión de vida, y desde el primer día entendió que evangelizar sin resolver el hambre, el aislamiento y la falta de agua era una tarea a medias.
Desde entonces, la historia del pueblo quedó inseparablemente ligada a la del cura. En 1916, apenas dos años después de su muerte, las autoridades cambiaron oficialmente el nombre de la localidad: Villa del Tránsito pasó a llamarse Villa Cura Brochero, caso poco común de un pueblo que adopta el nombre de su párroco en lugar de mantener el de su santo fundacional. Ese gesto —rebautizar a todo un pueblo por un hombre y no por un santo del calendario— resume el lugar central que la figura del 'Cura Gaucho' ocupa en la identidad y la memoria de toda Traslasierra, y explica por qué hoy, más de un siglo después de su muerte, sigue siendo el motivo principal por el que miles de personas cruzan las Altas Cumbres para conocer este rincón de Córdoba.
La obra del padre Brochero fue mucho más que pastoral. Convencido de que no podía evangelizar a gente sumida en la pobreza y el aislamiento sin mejorar también sus condiciones de vida, se lanzó a transformar materialmente la región entera. Recorría las sierras a lomo de mula —su montura de toda la vida, bautizada 'la Malacara' según la tradición popular—, vestido de poncho y con el típico aspecto del paisano, lo que le valió el apodo de 'Cura Gaucho'. No predicaba desde un púlpito lejano: bautizaba, casaba y confesaba en los ranchos más perdidos del valle, muchas veces durmiendo a la intemperie o en la primera tapera que encontraba en el camino.
Una de sus iniciativas más célebres fueron las caravanas de ejercicios espirituales: llevaba a cientos de fieles, en largas filas de mulas y carretas, a cruzar las Sierras Grandes para hacer retiros en Córdoba capital, una travesía de tres días por senderos de montaña que él mismo organizaba con minucia militar. Cansado de la distancia, soñaba con tener en el propio valle una casa para esa tarea, y así impulsó la construcción de la Casa de Ejercicios Espirituales de Traslasierra en Villa del Tránsito, inaugurada en 1877: una obra enorme para la época y el lugar, levantada con el trabajo y el aporte de la propia comunidad, por la que pasaron más de cuarenta mil personas durante su ministerio y que sigue en pie, hoy convertida en el Museo Brocheriano. Poco después, en 1880, sumó el Colegio de Niñas, confiado a las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús.
Pero su acción fue mucho más allá de lo religioso. Gestionó ante los gobiernos provincial y nacional la apertura y mejora de decenas de caminos —se le atribuyen más de sesenta, incluido el trazado que precedió al actual Camino de las Altas Cumbres, que por fin unió Traslasierra con la capital cordobesa—, promovió la llegada del correo y del telégrafo, e impulsó acequias y obras de riego como el canal que traía el agua del río Panaholma hacia el propio pueblo. Su gran sueño pendiente fue el ferrocarril: bregó durante décadas por un ramal que cruzara el valle y llegó a gestionarlo personalmente ante las más altas autoridades nacionales hasta el final de su vida, pero el tren nunca llegó a Villa del Tránsito; el proyecto murió con él y quedó como el símbolo de la única batalla que el cura no pudo ganar. Se ocupó también personalmente de los enfermos, incluidos los leprosos a los que nadie quería acercarse, y terminó contagiándose él mismo la lepra que, en sus últimos años, lo dejó prácticamente ciego y sordo.
Brochero murió el 26 de enero de 1914 en Villa del Tránsito, a los 73 años, pobre —había regalado en vida hasta la ropa que no usaba— y enfermo, pero rodeado del cariño de una población entera que ya lo consideraba un santo mucho antes de que Roma lo confirmara. Su entrega total a los más humildes, su sencillez campechana y su capacidad de unir fe y obra concreta lo convirtieron en una figura legendaria del catolicismo popular argentino, recordada con devoción mucho más allá de Traslasierra.
La fama de santidad del Cura Brochero nunca necesitó demasiado impulso oficial: ya en vida, la gente de Traslasierra lo trataba como a un santo, y esa devoción popular se mantuvo viva durante todo el siglo XX, mucho antes de que la Iglesia iniciara el proceso formal de canonización. Ese proceso, sin embargo, llevó décadas: investigación exhaustiva sobre su vida y virtudes, testimonios recogidos en toda la región, y el largo camino canónico que va de venerable a beato y de beato a santo.
Juan Pablo II lo declaró venerable en febrero de 2004, y el 20 de diciembre de 2012 Benedicto XVI aprobó el decreto del milagro que abrió la puerta a los altares: la recuperación médicamente inexplicable de Nicolás Flores, un bebé cordobés que en el año 2000, con apenas once meses, sufrió un gravísimo traumatismo de cráneo con pérdida de masa encefálica en un accidente automovilístico, y cuya familia se encomendó al Cura Gaucho. Brochero fue beatificado el 14 de septiembre de 2013 en una multitudinaria ceremonia celebrada en la propia Villa Cura Brochero, que según las crónicas reunió a entre 150.000 y 200.000 fieles llegados de todo el país, muchos de ellos a pie o a caballo desde distintos puntos de Córdoba en las llamadas peregrinaciones brocherianas.
El segundo milagro llegó pronto: la recuperación de Camila Brusotti, una nena sanjuanina que en octubre de 2013, tras una golpiza brutal, sufrió un ACV masivo y a la que los médicos pronosticaban estado vegetativo; contra todo pronóstico, despertó y se recuperó. Con ese milagro aprobado, el 16 de octubre de 2016 el papa Francisco lo canonizó en una misa en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, convirtiéndolo en San José Gabriel del Rosario Brochero, el primer santo nacido, formado y muerto en la Argentina. La noticia fue motivo de enorme orgullo nacional —se siguió por pantallas gigantes en varias ciudades de Córdoba— y reforzó de inmediato el carácter de Villa Cura Brochero como uno de los grandes centros de peregrinación del país, a la altura de Luján o Salta en el mapa religioso argentino.
Desde entonces, el pueblo recibe de forma constante a peregrinos y visitantes que acuden a venerar sus reliquias en el santuario Nuestra Señora del Tránsito y a recorrer el Museo Brocheriano, instalado en la Casa de Ejercicios que él mismo construyó con las manos de su gente. Dos fechas concentran las multitudes: el 26 de enero, aniversario de su muerte, y el 16 de marzo, día de su nacimiento, que tras la beatificación quedó fijado como su fiesta litúrgica. En esas jornadas llegan caravanas en micro, a caballo y a pie, muchas veces caminando durante días desde otras localidades cordobesas, en una tradición de peregrinación que crece año a año.
La canonización de 2016 cambió para siempre la escala del pueblo. Villa Cura Brochero, que durante décadas fue apenas la vecina tranquila de Mina Clavero, se convirtió en un destino de turismo religioso de alcance nacional e internacional: delegaciones parroquiales, contingentes escolares, familias devotas y curiosos que quieren entender por qué un cura serrano del siglo XIX llegó a los altares. El circuito brocheriano —santuario, tumba con las reliquias, Museo Brocheriano en la vieja Casa de Ejercicios— es hoy el corazón económico y simbólico de la localidad, y convive con la vida clásica de Traslasierra: los balnearios del río Panaholma, las siestas largas y los productos regionales.
El fenómeno tiene incluso su propia ruta de senderismo espiritual: el Camino del Peregrino, un trayecto de 28 kilómetros que baja desde Giulio Cesare, sobre el Camino de las Altas Cumbres, hasta el pueblo, evocando las travesías que Brochero hacía a lomo de mula con sus caravanas de fieles. Son unas seis horas de caminata por la montaña, jalonadas por ocho estaciones señalizadas con tótems de hormigón de seis metros coronados por una cruz —Giulio Cesare, La Lagunita, Puente Arroyo Zárate, La Vertiente, Villa Benegas, Balcón Chico, Puente del Cura y El Carrizal—, pensadas para el descanso y la oración. Cada año, una peregrinación oficial convoca a miles de caminantes a hacerlo en grupo, y el resto del año lo recorren senderistas y devotos por su cuenta, en una de las experiencias que mejor mezclan naturaleza serrana e historia en Córdoba.
El reconocimiento institucional también siguió creciendo: en diciembre de 2023, la Legislatura de Córdoba declaró por unanimidad al santo Cura Brochero patrono de la provincia, sumándolo a Nuestra Señora del Rosario del Milagro y a San Jerónimo. Su nombre bautiza escuelas, hospitales, calles y capillas en todo el país, y su figura —el cura de poncho y mula, mate en mano— se volvió un ícono de la religiosidad popular argentina, citado incluso por el papa Francisco como modelo de 'pastor con olor a oveja'.
Para el viajero, todo esto convive en un pueblo que sigue siendo chico y caminable, donde la fe es el atractivo principal pero no el único: a cinco minutos está Mina Clavero con sus ríos famosos, a veinte el Museo Rocsen de Nono, y hacia el este la Ruta de las Altas Cumbres con el Parque Nacional Quebrada del Condorito. Villa Cura Brochero es, en definitiva, la historia viva de cómo un solo hombre puede transformar una región entera: los caminos que se recorren, el agua que corre por las acequias y hasta el nombre del pueblo en los carteles de ruta son, todavía hoy, obra suya.