En 1889, Gustave Eiffel —que acababa de terminar su torre en París— dejó una frase que Córdoba repite con orgullo desde hace más de un siglo: 'Mi torre y el dique San Roque son las obras más importantes del mundo en este momento, pero mi torre no es productiva y el dique sí'. El dique en cuestión se había inaugurado en 1888 en un valle serrano a 36 kilómetros de la ciudad de Córdoba, y era entonces una de las mayores obras hidráulicas del planeta: un paredón que domaba los ríos San Antonio y Cosquín para dar agua potable y riego a la capital provincial. Sus creadores fueron el ingeniero cordobés Carlos Cassaffousth y el médico, abogado y empresario catalán Juan Bialet Massé, que fabricó la cal hidráulica de la obra.
La recompensa que recibieron fue una celda. En 1892, en medio de una feroz interna política, el gobernador Manuel Pizarro los hizo procesar por supuesta defraudación en la calidad de los materiales, acusándolos de haber construido un dique que se iba a derrumbar. Ambos estuvieron presos hasta noviembre de 1893, mientras los diarios anunciaban la catástrofe inminente. El dique jamás se cayó: siguió conteniendo el lago durante medio siglo, hasta que en 1944 fue reemplazado por el paredón actual —más alto, para agrandar el embalse—, y su vieja estructura sigue en pie hasta hoy, reivindicada como monumento a la ingeniería argentina. De aquel escándalo del siglo XIX quedó algo más que una anécdota: quedó el lago San Roque. Y a orillas de ese lago, dos décadas después, nacería la ciudad de vacaciones más famosa del interior del país.
Las tierras donde hoy se levanta la ciudad pertenecían a la estancia Santa Leocadia, comprada en 1869 por don Rudecindo Paz. Su hijo, Carlos Nicandro Paz —nacido en Córdoba en 1866—, heredó aquellos campos serranos justo cuando el flamante lago les cambiaba el destino: lo que había sido tierra de pastoreo se convertía en tierra con vista al agua. Don Carlos entendió el negocio antes que nadie. Mejoró los caminos, gestionó servicios, donó terrenos para la capilla y la escuela, y comenzó a lotear la estancia para veraneantes. El 16 de julio de 1913 quedó formalmente fundada la villa, bautizada con su nombre.
El crecimiento fue constante. Primero llegaron las familias cordobesas de vacaciones en carruajes y primeros automóviles; después, con el ferrocarril en el valle de Punilla y la mejora de la ruta a Córdoba, el goteo se hizo caudal. A la villa le brotaron hoteles, hosterías y casas de fin de semana entre las sierras y el lago. Para mediados del siglo XX, Villa Carlos Paz ya competía con los grandes destinos turísticos del país, y en 1964 fue elevada oficialmente a la categoría de ciudad. El pueblito de la estancia Santa Leocadia se había transformado, en apenas medio siglo, en la capital del turismo serrano argentino.
El emblema de Carlos Paz nació de una de las migraciones más curiosas de la posguerra. Tras la Segunda Guerra Mundial, un grupo de técnicos e ingenieros alemanes —varios de ellos provenientes de la industria aeronáutica— se radicó en la villa serrana, atraído por el paisaje y las oportunidades de la Argentina de entonces. De esa colonia salió la idea de construir un reloj cucú monumental, al estilo de los de la Selva Negra pero a escala gigante: una torre de estilo alpino de unos 7,5 metros de alto, con maquinaria diseñada artesanalmente por técnicos como Carl Hans Plock.
El Reloj Cucú se inauguró el 25 de mayo de 1958 y fue un éxito inmediato: en su momento se lo contó entre los relojes de su tipo más grandes del mundo, y su pájaro mecánico —que asoma de la casita cada media hora— se convirtió en la foto obligada de millones de veraneantes. La 'cucusa' completó la santísima trinidad de los íconos locales junto con el Cerro de la Cruz y la aerosilla, que desde mediados de los años cincuenta —fue una de las primeras de Sudamérica— sube a los turistas hasta el mirador más alto de la ciudad. Pocas ciudades argentinas tienen símbolos tan queribles y tan poco solemnes: en Carlos Paz, la postal fundacional es un reloj de juguete gigante construido por ingenieros de aviones.
La segunda identidad de Carlos Paz se escribió sobre los escenarios. Desde las últimas décadas del siglo XX, la ciudad fue construyendo una temporada teatral de verano que terminó disputándole a Mar del Plata el trono del espectáculo argentino: cada diciembre, las grandes figuras de la televisión y el teatro nacional mudan sus obras a las salas carlospacenses —el Luxor, el Del Lago, el Holiday, el Candilejas, entre otras— y el centro se convierte en un paseo de marquesinas iluminadas, promotores y colas de boletería. Las carteleras recientes superan las 60 obras por temporada, entre comedias, revistas, musicales, humor e infantiles.
El fenómeno transformó la economía y el ritmo de la ciudad. La noche de Carlos Paz se volvió un producto en sí misma: función de teatro, cena en la peatonal y, para los más jóvenes, boliches hasta la madrugada. Los premios Carlos —los galardones de la temporada local, bautizados en honor al fundador— se entregan cada enero y son noticia nacional. Esa convivencia de lago y escenario define al Carlos Paz moderno: playa, catamarán y aerosilla de día; luces, aplausos y trasnoche cuando baja el sol sobre el San Roque.
El Carlos Paz del siglo XXI es una ciudad de más de 71.000 habitantes (censo 2022) —la cuarta de la provincia de Córdoba— que multiplica su población cada verano y figura, temporada tras temporada, entre los destinos más visitados de la Argentina. Su motor sigue siendo el mismo lago que crearon Cassaffousth y Bialet Massé, pero la oferta no dejó de ensancharse: deportes náuticos, parques temáticos y de diversiones, la costanera renovada, la gastronomía con vista al agua y el puente lacustre José Manuel de la Sota (2018), que cruza directamente sobre el embalse y sumó una postal moderna al paisaje. La ciudad es además puerta de entrada al Valle de Punilla, con Cosquín, La Falda y Capilla del Monte a un paso.
Como todo clásico, enfrenta los desafíos de su éxito: la presión inmobiliaria sobre las sierras, la salud del lago San Roque —cuya eutrofización es tema ambiental recurrente— y la necesidad de renovar la propuesta para las nuevas generaciones, que combinan la obra de teatro de los padres con deportes de aventura y festivales. Pero la esencia parece a salvo. Más de un siglo después del loteo de don Carlos, la fórmula sigue intacta y a la vista de cualquiera que camine la costanera al atardecer: un lago entre sierras, un reloj con un pájaro adentro y la certeza, muy argentina, de que las mejores vacaciones de la infancia siempre quedan en Carlos Paz.